El rock underground y el hip hop se consolidan como el cincel que talla la realidad de miles de jóvenes de El Alto. La primera generación nacida a 4.000 metros reivindica su identidad en aymara y castellano y, orgullosa, se declara contestataria al sistema.
Texto: Liliana Carrillo Valenzuela • Fotos: Miguel Carrasco
Qué ondas, qué putas/ somos hijos de cholas/ tenemos bien puestas las bolas./ Rompiendo el esquema/ de este monstruo sistema/ ya aparecieron las mujeres Bartolinas/ con pura ira/ firmes campesinas...”. Escribió este verso de un tirón; después puso la música —tonada potosina— y el milenario nombre de Túpac Katari bautizó la canción. “Traté de responderme con rap a quién soy yo, como joven y como alteño”, explica.
Le pasa lo mismo desde hace 15 años: cuando Abraham Bojorquez busca respuestas, éstas le vienen rimadas y en ritmo de hip hop. “Me siento aymara y también occidental; soy una amenaza para el sistema porque lo critico, pero trato de respetar al otro y que me respete”, resume el joven de 25 años.
Pantalones anchos, mochila llena de discos compactos, lluch’u por si hace frío y gorra por si hay sol; Abraham es “casi famoso” desde que lidera Ukamaú y ké (Así es y qué), uno de los grupos de jóvenes que han hecho del hip hop el pincel para pintar la realidad de la urbe más alta del país. Antes, hace unos 15 años, fue el rock underground el llamado a canalizar la expresión juvenil alteña. Hoy, ambos géneros conviven y comparten el mensaje contestatario y de reafirmación de identidad. “Tenemos que resaltar lo nuestro, lo boliviano, el rojo, amarillo y verde, la wiphala, la coca. Estar orgullosos de ser hijos de mujer de pollera, de mineros, de campesinos, de fabriles. Soy un indio, ¡qué putas!”, reza, a modo de manifiesto, la introducción del disco “Para la raza” de Ukamaú y ké.
Sonidos de identidad
“El underground tiene más de una década y le ha costado ganar aceptación; en cambio, en sólo cuatro años, el hip hop ha de pegar y creo en El Alto”, evalúa Santos Callejas, coordinador de la casa juvenil de las culturas Wayna Tambo.
Hace 13 años, Santos fue parte del equipo que abrió en Villa Dolores el centro cultural que, teniendo una radioemisora como punta de lanza, buscaba cambiar los prejuicios sobre los jóvenes alteños. “Había un estereotipo negativo en el imaginario social sobre la juventud de El Alto, relacionándola con droga, alcohol y crónica roja. El joven estaba descalificado y por eso no se reconocía como ciudadano alteño, menos como aymara. En carne propia, vivía una triple discriminación”, comenta.
Hijos de migrantes, los jóvenes alteños encontraron en la música una vía para su propia expresión. “Aún continúan muy vivas dos tendencias: una tradicional, de música autóctona que está presente en las fiestas, prestes y entradas, donde ya se incorporan instrumentos metálicos de bandas de guerra; y otra, folklórica, con quena y charango. Y a ellas se suman, con fuerza el under y el hip hop”. En el proceso alteño de apropiaciones culturales, estos dos últimos géneros ganan adeptos. “Estas expresiones son parte de una recreación que confirma que las culturas no son estáticas; están en constante proceso de cambio. Hay readecuaciones sin que ello signifique pérdida sino reafirmación de identidad”, asegura Callejas y a ello añade (casi reta) Guzmán Apaza, de los Rimadores Locos: “Yo vivo en El Alto, hablo aymara y hago hip hop... ¿acaso no puedo?”.
Scoria en la 16
“En la riel, en pleno corazón de la Feria 16 de Julio, comenzamos con el punk. Éramos los únicos que lo hacíamos, por eso nos sentíamos como basurita. Así nació Scoria”. Édgar Mendieta, con 30 años encima, recuerda el inicio de la más importante banda underground alteña. Aquel 4 de junio de 1992, él, Ernesto Durán, Sergio Mendieta y Elías Alconz iniciaron un proyecto que buscaba “luchar por un espacio para la juventud con respeto y sin discriminaciones”; luego sus preocupaciones se extendieron a la injusticia y la identidad en discos como “Anti-Bolivia”, “La otra vereda”, “Sol” y “Resistencia”, este último reeditado en Europa.
“Cantarle al amor, al paisaje, no trasciende; entonces denunciamos la corrupción, defendemos la coca y eso ha tenido impacto en los jóvenes. Ahora hay hartas bandas”, añade el guitarrista.
La rebeldía de Scoria llevó a la banda a fusionar ritmos nacionales con acordes de rock y a mezclar líricas en castellano y aymara en temas como Amuxim nunca mas y Seremos millones, cuyo estribillo recrea en aymara las palabras de Túpac Katari: “Yo moriré, pero detrás mío millones se levantarán, el padre sol brillará y su luz jamás será apagada”.
La responsabilidad de ser la primera banda alteña fue arma de doble filo: “Al principio fue difícil, pero luego nos llamaban por ser alteños; nosotros somos autodidactas pero igual gustábamos en conciertos donde no había discriminaciones. Ahí estaba el muchacho alteño y el hijo del ministro”, comparte el músico, orureño de nacimiento y alteño de corazón. “El Alto ha sido mi escuela y mi parámetro de vida”, dice orgulloso de que las nuevas bandas interpreten los temas compuestos por Scoria.
Menos subterránea que antes, la banda hoy reconstituida —con Sergio Larrazábal (batería), Sergio Mendieta (bajo), Diego Calderón (guitarra) y Édgar Mendieta (guitarra y voz)— está a punto de sacar un nuevo disco “más humanista y ecologista”, pero no por ello menos político.
“Hay que seguir luchando contra la injusticia; para eso está el punk”, opina Mendieta y admite que la experiencia de la banda la coloca hoy en una suerte de limbo: “No pertenecemos ya del todo al underground pero tampoco accedemos a la categoría de los rock stars... felizmente somos alteños”.
Duelos de rima contra rima
Ante una audiencia de jóvenes, Problemas boy y Renz one se enfrentan rima a rima: “Esto es estilo duro, para que sepa/ Hip hop alteño, boliviano, vamos hermano/ mirando a adelante/ simplemente soltando las palabras en tu maldita cara./Así yo voy avanzando/ paso a paso/ avanzar no significa escapar del fracaso”, improvisa Héctor Calana, de Rimadores locos, y Renzo Alípaz, de Sol andino, responde: “Soy boliviano de corazón/ con razón y sentimiento tengo./ Me presento como el viento, soy violento/de El Alto vengo/ con bandera sin condición/ wiphala sin humillación”.
El duelo puede durar hasta una hora, hasta que el público defina al ganador. “Se trata de mostrar más chispa, hay que ser más vivo para ganar con las mejores rimas”, asegura Renzo, quien está en el hip hop desde cinco de sus 20 años. “Hay que hacer reír pero también hacer pensar a la gente”, añade Héctor (20), que rapea cuando su trabajo de hojalatero se lo permite.
Como ellos, son muchos los grupos de rap de jóvenes en El Alto. “El movimiento como hip hop, desde el underground ha crecido e influyó en muchos jóvenes para que puedan salir a la calle y mostrar su realidad; que es también un rescate del idioma y de los modismos como ch\'aki o warak’aso”, reconoce Sdenka Suxo, del grupo Arma Letral, una de las pocas mujeres del movimiento. Su compañero Roberto Castañón añade: “La crítica en el hip hop ahora es más constructiva; ya no es un desahogo. Ahora da opciones para mejorar a la sociedad y al individuo”. Y prueba de ello es el tema Talento plasmado de Aldo Espejo: “...Las cosas empeoran cuando escuchas las palabras: por borracho y peleonero en la calle vivirás/ Respiras, te callas y a la calle a beber./ Te sientes tan solo/ el vicio te amarra, por eso te amparas en tu sombra de desgracia, en el hurto, la vagancia./Qué fácil es hablar, criticar a distancia...”. “Hay males como el alcoholismo que no podemos olvidar”, expresa el compositor.
Hay posiciones más radicales. Para Abraham Bojorquez, el hip hop es un arma de lucha: “Hoy en día nos balean por la Tv y el internet te ponen un modelito ajeno; pero en El Alto la realidad es otra, por eso yo he querido agarrar el estilo hip hop pero dándole la vuelta con su propio juego y cantando en aymara contra el sistema”.
La consigna es dejar salir una voz muchas veces ignorada: “Hay corrientes, pero en general las canciones de los alteños jóvenes refieren a una reivindicación indígena, de denuncia y de identidad, a partir de la lengua. Algunos ponen énfasis en la reivindicación política y otros en la social y en la discriminación que sienten”, analiza Santos Callejas y asegura que el movimiento halla sus propios circuitos de difusión. “Antes sólo estaba la Wayna Tambo para grabar; ahora los chicos hacen sus “demos y organizan conciertos”.
“Si hay una inspiración es la vida misma. Yo he tenido que irme al extranjero; he trabajado desde chiquito; he dormido a la calle. No me quejo, pero esto no está bien”. Otra vez, la certeza le llega a Abraham con rima y ritmo de altísimo hip hop: Nosotros, los alteños, tenemos orgullo. “Chekea, mirame: rayate con mi raza y vas a ver”.
OCTUBRE
“Cuando ha caído el Goni, salíamos a bloquear con nuestros viejos; nos han gasificado harto; ahí me he dicho: cómo pues”, opina Guzmán Apaza (20) de los Rimadores. “Entonces he cambiado mis letras; porque los alteños vamos a estar siempre de pie”.
“Después de octubre, hay un cambio en El Alto y en Bolivia: hay una valoración y un orgullo de ser aymara y ser alteños, asegura Santos Callejas.