De lunes a viernes son madres de familia y estudiantes, pero los fines de semana son arqueras y goleadoras en El Alto.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Nicolás Quinteros
Martha Quispe Gómez frena el a- vance de una delantera y sale dominando el balón entre sus polleras. En las graderías, su hincha más fiel es su esposo, Víctor Ochoa Condori, que lleva en los brazos a la hija de ambos: Marlene, de nueve meses.
Martha es un muro en la defensa. Pasa el rival, pero el balón jamás; le dijeron más de una vez y ella despliega técnica y destreza.
La jugadora de futsal pertenece al club América de la Liga Zona Illimani de Villa Adela en El Alto, una de las más competitivas de esa urbe, donde el fútbol femenino le pelea popularidad a los varones todos los fines de semana.
En ese momento, las mujeres alteñas alternan el rol de madres, estudiantes y trabajadoras, por el de arqueras, defensoras y goleadoras en las canchas de futsal y también en el fútbol de campo.
En la joven ciudad, cerca de 200 mujeres practican el balompié de campo en sus diferentes ligas zonales, mientras que unas 300 están en la asociación y los torneos barriales de futsal de manera oficial. Sin embargo, estas cifras se multiplican cada semana cuando la actividad deportiva femenil es febril.
Madre impasable en la cancha
El último hombre. Así conocen al jugador que se desempeña como zaguero central en el fútbol. Martha se sonroja cuando le preguntan si es la última mujer. Ella responde, con una visión de juego, que levantaría la envidia del mejor cancerbero. Luego, en una jugada dividida, se anticipa ágil al contrario, le roba el balón y envía el esférico hacia la compañera más cercana para iniciar un ataque. Y en el juego aéreo, ella se impone en el cabezazo, pese a su mediana estatura.
Martha amarra sus dos negras trenzas largas, habla poco, sin embargo, es de esas futbolistas que tiene tres pulmones: incansable y aguerrida, de un gran despliegue físico y poseedora de un temple que labró en su natal San Andrés de Machaca, en la provincia Ingavi de La Paz. Fue en las canchas de esa población donde conoció a Víctor (25) con quien luego se casó. Martha ya jugaba en su colegio Primero de Mayo y él en Sombra Pata. El balón tendió el primer puente entre los intercolegiales y, después, los campeonatos relámpagos realizados en la población terminaron por entrelazarlos.
Hace un año que viven en El Alto. Él es sombrerero y ella ama de casa; pero en la cancha, ambos son defensores. El fin de semana, Martha apela por unas horas a sus manos para hacer el almuerzo, luego sus pies hablan por ella.
“Siempre nos acompañamos para ir a la cancha. Yo veo a la wawa, mientras él juega y cuando a mí me toca entrar en la cancha, él se encarga de Marlene”, dice Martha, de 20 años. Fue vista en Villa Pacajes y de ahí saltó al club América.
“Nati, vos deberías ser varón”
En más de una oportunidad, doña Justina Condori le espetó a su hija, en ese momento una niña: “Nati, vos deberías ser varón”. Natividad Álvarez Condori (28) recuerda con picardía aquella frase, porque desde que tiene memoria, siempre le gustó el fútbol. “Jugaba en mi colegio y como era la única a la que le encantaba esto, entonces practicaba con los varones”.
Por el rey de los deportes, Natividad llegó hasta a mentir. En la época colegial, salía de casa con el pretexto de ir a estudiar, pero era falso, pues se iba a jugar a la cancha de la zona. Hasta que un día de 1996, “mi mamá me pescó y me castigó. Aún así, seguí saliendo, así sea sin buzo deportivo”. A doña Justina sólo le quedó aceptar que Nati siente más pasión por el balón que cualquier hombre.
Los domingos son un día especial. Para los quehaceres de la casa están los viernes y los sábados, pero el último día está consagrado a la redonda. Natividad prepara el almuerzo desde las seis de la mañana y a las ocho, junto a su esposo Isaac y su hijo Estévez, caminan al campo de juego del barrio.
“Mi esposo es igual de canchero como yo. Ellos hacen de nuestros directores técnicos cuando jugamos las damas y nosotras hacemos casi lo mismo cuando ellos están en la cancha”, comenta.
“Doña Nati”, como los muchachos futbolistas conocen a Natividad, es presidenta y jugadora de la plantilla desde su fundación, el 12 de noviembre de 2004. No se le va ningún detalle desde las tarjetas, pasando por las camisetas, hasta al balón. Ella siempre está cuidando la imagen del equipo, pero aun así, una vez tuvo que soportar la humillación del walk over.
Ella y las otras nueve salonistas se alternan para asistir a las reuniones y ahora se preparan para competir en el torneo del Multifuncional, donde el nivel es uno de los mejores en El Alto. América juega en Segunda de Ascenso, pero la meta es ascender a Primera.
Incombustible a los 48 años
Hace tres años Wilma Montoya Ayza dejó el fútbol femenino. Ahora, al ver jugar a las goleadoras Silvia Álvarez Condori (18) y Juana Tarqui (18), y a la arquera Lidia Tarqui (15) le brotan las ganas de volver al campo de juego.
En su mejor momento fue presidenta de la Liga Zona Illimani, manejaba los equipos masculinos y femeninos, tenía su propio equipo llamado Galena, pero, además, era salonista. Nunca tuvo un puesto fijo, se desempeñaba en cualquier posición. Llegaba a la cancha a las ocho de la mañana y retornaba a su casa a las seis de la tarde. Con un aire de nostalgia, la mujer de pollera y dueña de una librería suelta: “Cuando las veo, quisiera volver a jugar como ellas”.
Cambió los domingos de fútbol por la iglesia, pero cuando se pone los zapatos deportivos y se enfunda la casaca, destila juventud y entusiasmo en el rectángulo.
A media hora de las siete de la noche, en El Alto el termómetro puede bajar hasta los cuatro grados centígrados, el viento sopla fuerte, pero con algo de suerte, uno puede encontrar a las chicas del equipo de futsal América en Villa Adela. Entre ellas, las cholitas Martha y Wilma, además de su presidenta, Natividad, unas con polleras otras con pantalones cortos, pero todas desafiando al frío y afinando la técnica para el domingo, día en que estas mujeres alteñas reservan para la pelota de fútbol.