No deja de asombrarme la ligereza y la fatuidad con las que se comenta el alejamiento de Fidel Castro de la presidencia de Cuba. Qué lamentable espectáculo ofrecido por periodistas, columnistas, analistas, opinadores, políticos, gobiernos y organismos internacionales, que se permiten el lujo de insinuar juicios de valor acerca de la Revolución Cubana, desde la superfi- cialidad de un análisis circunstancial, vacío de razones.
Ya lo sé: Debería ya estar acostumbrado al consumo masivo y automático del superfluo debate globalizado, que repara en las formas y no en los fondos, que inmediatiza y reduce todo a la pequeña coyuntura, y que casi nos ha convencido de que el espectáculo del día es lo esencial. La enfermedad de Fidel y su relevo del mando, después de casi cincuenta años, supuestamente generaba las condiciones para una discusión seria acerca del proceso revolucionario cubano, desde todo ámbito y toda latitud. Lejos de aquello, lo que más he visto, y lo que más he leído, han sido seudos análisis y crónicas más bien orientadas a particularidades y anécdotas. Que si Fidel controla a su hermano Raúl… Que si su estado de salud es secreto de Estado o no… Que si la reacción de los cubanos en Miami es tal o cual… Que si se levantarán las restricciones económicas a los ciudadanos cubanos… En fin, ingentes cantidades de información en un contexto ahistórico.
Parece que a nadie le interesara por lo menos aprovechar la oportunidad para echar un vistazo hacia atrás, y comprender un poco más las razones y las circunstancias en que se desarrolló el proceso cubano. Qué fácil resulta simplemente mirar y calificar resultados sin ponerlos en el contexto adecuado. Si se trata de sacar conclusiones apresuradas, al igual que otros, también veo luces y sombras; pero eso no me es suficiente, pues detrás de cualquier tipo de conjetura, me asalta la certeza de que nunca podré saber cual hubiera sido el verdadero destino de la Revolución en otras circunstancias. No intento hacer ciencia ficción, solamente creo firmemente que sin el bloqueo y el embargo estadounidense, la historia hubiese sido diferente.
El indolente y sistemático asedio con el que EEUU se ha ensañado con Cuba ha sido, y es, una vergüenza para el mundo: un acto de barbarie aún impune, que jamás será absuelto por la historia. Cuba ha soportado un estado de virtual guerra con el estado más poderoso del mundo, cuyas consecuencias internas han podido ser tan inmensas, que no me atrevo a especular. Que si esto determinó las alianzas estratégicas de la isla a lo largo de los años, no lo sé. Que si esto fortaleció y apuntaló ese espíritu combativo y de resistencia del régimen, no lo sé. Que si esto asfixió poco a poco los reales anhelos y proyectos de la Revolución, no lo sé. Que sin esto Fidel se hubiera caído solito, no lo sé. Que sin esto no se hubiera insuflado el carácter represivo del régimen, tampoco lo sé.
Sé, si embargo, que sin este abusivo acto de injerencia apañado por una comunidad internacional mojigata y temerosa, la historia no hubiese sido la misma. Sé que, pese a ello, el defectuoso sistema cubano muestra en lo social frutos que son motivo de envidia. Y también sé que, a la hora de animarse a juzgar nada menos que a Fidel Castro y a la Revolución Cubana, debemos ser menos cínicos y más prudentes. Sobre todo los bolivianos, que en condiciones de adversidad, somos actualmente sujeto de solidaridad y empatía a través de la ayuda de médicos cubanos.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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