Las malas señales de la política son los dobles discursos, la violación de la ética, el empeñar la palabra y no cumplirla, el ofrecer algo y no hacer nada por cumplir la oferta, el hablar de democracia y no practicarla, el afirmar la necesidad del diálogo pero tratar de imponer la hegemonía. Mucho de eso es lo que hoy estamos viviendo como norma de la política estatal y es obvio que todo eso es violatorio de la ética, además, significa el hundimiento de los valores.
En el pasado se decía que había muchos políticos que prendían el guiñador o el señalizador a la izquierda, pero que en la práctica giraban a la derecha. Eso no es sólo parte del pasado, es también la conducta cotidiana del presente, pues los dobles discursos son la norma de la política estatal y del comportamiento de la máximas autoridades de gobierno. Se postula que se respeta la democracia, pero se toma decisiones en recintos militares como en la Glorieta para aprobar en grande el Proyecto de Constitución. Se discursa que se respeta las opiniones de todos, pero se cierran las puertas en Oruro a los que discrepan, para aprobar un proyecto constitucional a su medida. Se insulta a la embajada norteamericana en la mañana, pero en la tarde se le pide a Estados Unidos que amplíe el ATPDEA. El Presidente convoca a diálogo, pero a la media hora emite decretos en contra del diálogo. Un día, el Presidente llama a las armas, pero al día siguiente expresa que, en realidad, llamaba a las urnas. El Gobierno convoca a dialogar en el Parlamento, pero a los dos días lo cerca con sus movimientos sociales para aprobar lo que desea sin pasar por el diálogo. Se plantea que, como nunca, se respetan las políticas de género y que se respeta a las mujeres, pero se las azota en plena plaza pública ante la mirada impasible de la Policía. A mediodía se convoca a la oposición a dialogar, pero en la tarde no se la deja entrar a Congreso.
Los dobles discursos no mueven a sonrisa, sino que tienen un resultado negativo: se duda y se desconfía de quien los emite. Se piensa que si la palabra va por un lado, hay que cuidarse, pues los hechos irán por otro. Por eso, cuando el Gobierno dice que respeta la democracia, ya muchos bolivianos piensan que sucede todo lo contrario.
La cultura de los dobles discursos no le hace bien a nadie, menos aún a nuestros hijos, pues se los puede acostumbrar a malas conductas, a entender que es normal que la palabra va por un lado y los hechos van por otro. No es eso lo que deben legar el Estado y los políticos a nuestros hijos y a las próximas generaciones. El actuar con dobles discursos está destruyendo la ética, está minando los valores. Es hora de recuperar la ética en la política y hablar claramente sobre lo que se quiere hacer y sobre lo que no se va a hacer.
Como nunca, la palabra está muy lejos de los hechos.
*Carlos Toranzo R. es economista y analista político.
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