La tasa de inflación en el mes de febrero fue de 2,62 por ciento. En los dos primeros meses del año casi estamos en 3,71 por ciento. Este valor es muy próximo a la inflación de todo el año de 1999. Dos productos son responsables de la alza de precios de febrero, los tomates que subieron en un 50 por ciento y los pollos, más del 18 por ciento. El Gobierno insiste en que esta elevación de precios es una conspiración de las oligarquías, los especuladores y otras alimañas entre las que se encuentran los analistas, por supuesto. Puede que tenga razón en el caso de aves y el arroz; pero ¿alguien me podría decir quiénes son los oligarcas del tomate? ¿O cuánta influencia tiene su humilde comunista a quien lo lee su mamá y usted, amable lector? Al final, el hecho concreto es que la inflación seguirá elevada en los próximos meses. Lamentablemente, ni las causas que crearon el fuego de la inflación ni los elementos que ayudaron a su propagación fueron atacados con eficacia por las autoridades gubernamentales. Y las perspectivas no son muy alentadoras.
A estas alturas del campeonato sabemos que los saltos de algunos precios se originan en los desastres naturales, plantaciones enteras de arroz están bajo el agua, han muerto miles de pollitos y muchas de nuestras carreteras fueron seriamente afectadas. La oferta de varios productos está restringida estructuralmente, esto se traduce en elevación de precios. También es correcto el diagnóstico de que los precios de los alimentos en el mundo aumentaron, estamos importando inflación. Se registra inflación en varias partes del globo. Mal de muchos, consuelo de tontos, diría mi tía Katita, con toda razón frente a esta desusada explicación.
Concentrémonos ahora en los mecanismos de propagación del fuego inflacionario. Uno de los más conocidos es el conflicto o pugna distributiva, el cual, fue activado por el gobierno, estableciendo un incremento de salarios del 10 por ciento. Este notable acto de piromanía populista generará más inflación. ¡Elemental mi querido Watson! Frente a un desajuste de un precio relativo tan importante, como el salario, no hay que ser cate de economía, para saber que otros actores socioeconómicos afectados por este cambio reajustarán costos y precios de manera defensiva. Al día siguiente del anuncio, los sectores afectados elevarán sus precios para crear un colchoncito financiero y poder pagar salarios más altos. Así, cuando el ilusionado trabajador reciba su aumento, descubrirá que en términos de su ingreso real se lo han fumado en kullo pipa, él seguirá ganando lo mismo que antes del reajuste e inclusive menos: las llamas de la inflación se devorarán el aumento salarial antes de ni siquiera disfrutarlo. Se inicia el espejismo monetario-populista de la socialización de la pobreza. La subida unilateral de salarios en un autogol de media cancha.
¿Qué se puede hacer frente a esto? Primero, establecer un liderazgo en el manejo de la política macroeconómica para restaurar credibilidad. Segundo, intercambiar números de teléfonos del equipo económico; los espasmos de políticas públicas del gobierno no pueden continuar, debe haber algo de coordinación en las acciones anti-inflacionarias. Tercero, dar coherencia a las medidas; no puede ser que se junten políticas neoliberales (libre importación y políticas monetarias contractivas a ultranza) con un populismo mal hecho (aumento del gasto público, incremento salarial), pues esto es explosivo. Cuarta, conectado con lo anterior, optar por un paquete consistente; si van a seguir un programa de estabilización de corte ortodoxo (administración de la demanda), tienen que poner un freno brusco al gasto, sacar más circulante de la economía y producir una recesión, para así quitarle el oxígeno al fuego de la inflación.
Esto es volver al pasado del 21060, que nadie quiere; eso creo. Otra opción son las políticas de ingreso concertadas. Esta aproximación, por la cual me inclino, parte de la idea de que la inflación es resultado de un juego no cooperativo (pugna distributiva) entre los diversos agentes económicos, que luchan por apropiarse de una mayor parte del producto. Bajo estas condiciones, políticas de estabilización podrían ser implementadas coordinando las acciones estratégicas de los agentes formadores de precios y fijadores de salarios. Esto significa que la reducción de la inflación debe ser percibida, por la medida de agentes económicos, como dando origen a un bien público. La inflación es una situación de pérdida (vía impuesto inflación) para todos los agentes económicos y si así es percibida, todos desearán salir de esta circunstancia pagando el menor costo posible; sin embargo, nadie lo hará temiendo que los demás no lo hagan. Si la mayoría de los agentes económicos optan por la actitud de esperar, el clima inflacionario se acelerará. En general, las políticas de concertación de ingresos se viabilizan a través de pactos sociales amplios entre los sindicatos, los empresarios, otros grupos sociales y el Estado, donde éste último desempeña el papel de subastador, socializando la información y coordinando la balanza de pérdidas y ganancias, no actuando como gallina sin wato. En la actual coyuntura política ambas salidas parecen muy difíciles, así que este domingo no hay espacio para el optimismo. Tal vez resta preguntarse. ¿Queste el cambio, compañero? Se lo comió el fuego de la inflación.
*Gonzalo Chávez es economista.
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