Tres generaciones de fotógrafos paceños registraron en blanco y negro la historia del país durante el siglo XX. El archivo de los tres “Julios” Cordero es un patrimonio que debe ser conservado.
Texto: Liliana Carrillo V. Fotos: Ángel Illanes y Archivo Cordero
Julio Cordero Castillo registró minuciosamente los personajes, lugares, fiestas y todo acontecimiento que sacudió a La Paz en los albores del siglo XX. Julio Cordero Ordóñez hizo del retrato un arte y de su reinvención una constante a mediados de 1900. Habiendo bebido los secretos de su abuelo y de su padre, Julio Cordero Benavidez es hoy el último de la casta y el heredero de un archivo que guarda la memoria vieja de una ciudad que se desvanece en el tiempo, como el propio oficio de la fotografía.
Está rodeado de miles de fotos ordenadas en cajas, desparramadas en gavetas, pegadas en paredes. Son tantas que apenas permiten a don Julio, el nieto, moverse en el laboratorio que instaló su abuelo y donde su padre reveló la primera fotografía a colores, allá por 1954. Al fondo, el cuarto oscuro guarda máquinas ampliadoras de raras formas, focos centenarios que dan luces de colores, un farol con vela y decenas de botellas gordas o largas con químicos para el revelado. “Todo funciona y tiene más de 100 años”, comenta el retratista que ha hecho una pausa en su labor de retocar el retrato de un joven Marcelo Quiroga Santa Cruz.
Cazador de la historia
De dos cosas se enorgullecía Julio Cordero Castillo: de pertenecer al partido Liberal y de haber nacido en Pucarani. De este pueblo paceño, donde vio la luz en 1879, salió siendo aún un niño, de mano de su padre, para trabajar en el estudio de los hermanos Valdez, unos fotógrafos peruanos que se habían establecido con éxito en La Paz.
De mensajero a aprendiz y de aprendiz a ayudante; Julio, el primero, aprendió la técnica de la fotografía y pudo independizarse de sus maestros en 1898. Dos años después, en una casona de la calle Recreo, abrió su primer estudio.
“Cuando se hizo conocido en la sociedad paceña y no había evento que no fotografiara o retrato que no tomara”, recuerda su nieto. Pero, además de registrar galas y lentejuelas, Cordero llevaba su instinto de hacer historia a todos los estratos sociales, capturando revoluciones, fiestas y hasta incendios. “Nunca salía a la calle sin una cámara y siempre encontraba algo interesante que fotografiar”.
Cuando fue contratado en la flamante oficina de Identificación de la Policía; Cordero Castillo ya contaba con una bien ganada reputación. “Entonces, fotografió a todos los habitantes de La Paz para que obtengan su carnet y se volvió un gran retratista”, dice don Julio, el tercero. Esos años, el director del Estudio Cordero también fue convocado para trabajar en el Departamento de Criminalística.
No hubo, entonces, hecho delincuencial, ni protagonista del mismo, que no quede registrado por su lente y las evidencias de ello se conservan aún en extensos archivos fotográficos de reconstrucciones de robos y asesinatos; y prontuarios de criminales y prostitutas. Todo está registrado.
Cuando no estaba en el lugar del crimen; Cordero Castillo atendía su estudio, que se había convertido también en distribuidor de materiales fotográficos importados. Fue también subalcalde zonal y, más tarde, ganó un curul de diputado en el Congreso. Liberal convencido, fue el fotógrafo oficial de los presidentes Ismael Montes, José Gutiérrez Guerra, Eliodoro Villazón, Juan Bautista Saavedra y Hernando Siles, entre otros.
Julio Cordero Castillo trabajó hasta los 82 años dirigiendo su Estudio, que a estas alturas se había trasladado varias veces: de la calle Recreo a la Ayacucho; de ésta a la Potosí y después a la Comercio.
El pionero falleció el 27 de octubre de 1961 habiendo fotografiado La Paz de la primera mitad del siglo XX en todas sus facetas. “Pudo abarcar todos los aspectos: militar, policial, religioso, arquitectónico, educativo, científico —evalúa su nieto— No sé por qué, ni cómo, pero él sabía que ese era su deber”. Y lo cumplió a cabalidad antes de pasar la posta a su hijo, el segundo, el que heredó su nombre.
El artista de la fotografía
Sólo con una caja, unos lentes viejos y los secretos mamados desde la infancia, Julio Cordero Ordóñez construyó una máquina fotográfica. Corría el año 1934, plena Guerra del Chaco, y el joven era uno de los prisioneros bolivianos del campo paraguayo de Paraguarí.
Al menos una decena de fotos sacó con su rudimentario aparato. Grupos de jóvenes, flacos hasta los huesos, vestidos con harapos, descalzos pero sonrientes han quedado en las tres instantáneas que quedan. “Así era él —Cordero Benavidez recuerda a su padre— Nunca se rendía y se las ingeniaba para hacer sus inventos”.
Nacido el 22 de febrero de 1906 en la casa de la zona de Belén que aún alberga a su familia, el segundo hijo de Eustaquia Ordóñez y Julio Cordero Castillo brilló por su creatividad y su audacia. “Fue expulsado de un prestigioso colegio de curas por hacer una caricatura del director”, relata su hijo.
Gran dibujante, el segundo Julio estudiaba arquitectura cuando tuvo que partir a la guerra. “En la prisión paraguaya se hizo gran amigo del pintor Miguel Alandia Pantoja y del ceramista Primitivo Chuquimia. Los tres tenían un negocio para mandar recuerdos a las novias de los prisioneros: mi padre escribía poemas de amor, Alandia Pantoja les hacía dibujos y Chuquimia les añadía esculturas de yeso”. Don Julio atesora uno esos recuerdos que su padre trajo cuando escapó de Paraguarí.
Pero la guerra todo lo cambia y a su regreso, Julio Cordero Ordóñez dejó la universidad y se dedicó a trabajar en el negocio fotográfico de su padre. “Era artista por vocación y bohemio por convicción”.
Su ímpetu creativo no sólo innovó con osadas publicidades, sino que expandió el negocio con “giras” por los pueblos. “Foto Cordero. El prestigioso estudio paceño ofrece sus servicios para matrimonios, bautizos, defunciones y todo acontecimiento. Vecino coroiqueño, aproveche, Julio Cordero e hijo sólo estarán unos días”, reza un volante de los 40.
Cordero Ordóñez se especializó en el retrato. “Fue él quien sacó la más famosa fotografía de Franz Tamayo —relata su hijo—Era sabido que al escritor no le gustaban los retratos por eso apenas accedió a que mi abuelo y mi padre llevaran sus equipos hasta su casa para sacar su foto de carnet. En esa, mi padre aprovechó un descuido y disparó. Cuando don Franz vio el segundo retrato los sacó a los dos: “¡Carajo, ¿quién le ha dicho que me fotografíe?!”. Luego, cuando ya vio la foto, le gustó”.
Julio Cordero Ordóñez murió en 1963 dejando una extensa colección de retratos que alimentó el archivo de su padre. El tercer Julio tuvo entonces que tomar la posta.
El heredero del tesoro
El primer recuerdo de Julio Cordero Benavidez se remonta a los primeros años de la década del 40. Tendría tres años y llegaba por primera vez a la casa de la zona Belén de donde nunca más habría de irse. “Nunca voy a olvidar del cariño que me profesaba mi abuelo”, dice.
El tercero de los Julios nació el 27 de mayo de 1938 en una casa de la plaza Alonso de Mendoza que era famosa por la pensión de su abuela: doña Fortunata Jaén de Benavidez. “Era una señora peruana conocida por sus caldos para recuperar a los mareaditos. Eran sus clientes Borda, Churata”.
Después, los recuerdos de Cordero Benavidez giran alrededor de la fotografía. “Desde chico acompañaba a mi abuelo al estudio y ahí aprendí”. Como a su padre, lo sedujo el retrato. “Hay que saber capturar el carácter de la persona, ahí sale un buen retrato”, asegura el fotógrafo que sólo lamenta no haber tenido el espíritu de su abuelo: “Tantas cosas he visto, revoluciones, y no las he registrado”.
Junto a su tío, Gregorio, don Julio mantuvo el Estudio Cordero hasta 1992. “Después no se podía por la competencia de revelado rápido y malo”. Desde entonces asumió la tarea, difícil, de ordenar el archivo Cordero. “Ojalá con el tiempo las autoridades reconozcan la labor de mi abuelo, mi padre y mi tío”, espera aún a sus 70 años.
ARCHIVO
El 2002, la muestra Fotofest exhibió parte del archivo Cordero en Houston (EEUU). “Por primera vez en el mundo se conoció la fotografía histórica de Bolivia”, comenta Julio Cordero Benavidez, quien colaboró activamente con los curadores en el proceso de digitalización de cientos de negativos y opacos. El 2004, Rafael Doctor, director del Museo Reina Sofía de Madrid, editó un libro y armó una exposición del archivo Cordero en el más importante repositorio de España. “La muestra de Europa debía presentarse en el Museo Nacional de Arte de La Paz el año pasado; pero no pudo llegar”, comenta el heredero, cuyo mayor sueño es digitalizar todo el archivo para mostrarlo al país y al mundo en un museo. “Hay mucho que hacer todavía; hay fotos de personajes como aparapitas, curas, de lugares, de eventos. Ojalá las autoridades se den cuenta y ayuden a su conservación. Me han ofrecido comprarme el archivo, pero no lo voy a hacer porque es patrimonio del país”.