Ni políticos ni militares; son algodoneros, maiceras, fotógrafos y vendedoras de juguetes inflables, quienes hoy escriben sus propias memorias en la histórica plaza Murillo de la ciudad de La Paz.
Texto: Jorge Quispe • Fotos: Miguel Carrasco
Pedro Domingo Murillo pareciera saludar en silencio a todos los visitantes de la plaza. Impertérrito y con la mirada clavada en el Palacio de Gobierno, espera cada mañana a cuatro compañeros.
8.10. Los rayos solares doran el piso, espantando el frío. Buen augurio para quienes viven del comercio en la antigua Plaza Mayor o Plaza de Armas. Diseñada en 1558, fue testigo de revoluciones desde antes de la República hasta nuestros días. Por ella pasaron —con muy distintas suertes— desde Simón Bolívar hasta Evo Morales. Hoy, una maicera, un fotógrafo, una vendedora de inflables y un vendedor de algodón de dulce escriben nuevas historias.
La madre de las palomas
El campanario anuncia las 8.30. A un metro de la musa que representa al Invierno se ubica Viviana Condori Colque (45), que instala su anaquel. Dentro de él están cerca de 50 pequeñas bolsas de maíz entero y machucado, además de sorgo para vender a los visitantes.
9.10. Una niña compra dos bolsas de maíz a Viviana, abre una y las palomas se arremolinan en torno a ella. La escena se repite todo el día. “Los enamorados y los niños son los que más nos compran; a los turistas no les interesa”, explica la vendedora que usa un sombrero verde para protegerse del sol.
Ella es una de las siete maiceras en la plaza Murillo. Vende allí desde hace 20 años y es cabeza de familia tras el accidente que tuvo su esposo Leonel Ramírez al caerse desde un quinto piso.
Viviana se lleva bien con todos. Un heladero se le acerca con un billete de 20 bolivianos en busca de cambio y ella no se hace problema. Luego, una de sus compañeras le pide prestadas 10 bolsitas.
Pero la crisis también la golpea. El maíz ha subido, la arroba costaba antes 18 bolivianos y ahora está en 30. Cada bolsa que vende cuesta un boliviano. Con suerte, al final del día puede sumar 30, pero hay ocasiones en que sólo reúne diez, todo según el ánimo de los clientes y el pedir de las palomas.
Una fotografía a señas
9.40. Detrás de unas gafas negras y una gorra blanca llega el beniano Edmundo Melgarejo Calatayud, de 54 años, uno de los tres fotógrafos ambulantes de la plaza. Hombre ocupado, está al frente de Fotos Edmelca, es miembro de la Federación Nacional de Fotógrafos e integrante de la Asociación de Sordomudos de La Paz. A la izquierda de su cintura cuelga un letrero: ´Foto Color al Estudio. Dos fotos Bs 15, una foto Bs 10. Tiempo de entrega en una hora o para mañana. Soy fotógrafo sordo le pido su ayuda. Dénme una oportunidad´. A la derecha, su maletín con una cámara Fuji Film. No pronuncia palabra, pero contagia vida con sus señas. Para poder comunicarse con sus clientes cuenta con la ayuda de un cuaderno.
Realizado el acuerdo, Edmundo saca la cámara, levanta la mano, da la señal y deja escuchar el sonido del obturador. Pasan unos minutos y la instantánea está lista.
Todo pasa ante los ojos del fotógrafo. Llega a la plaza una comitiva de la cooperativa El Ceibo para una audiencia con el presidente Evo Morales. Chocolates en tabletas son sus credenciales.
Hombre Araña a la venta
Las campanas repican las 11.00. Dinosaurios, Hombre Araña, Pantera Rosa, perros dálmata, conejos, osos sujetando un pescado, caballos y un gigante Power Ranger toman en pleno la plaza Murillo.
Agustina Huanca (42) lleva el peculiar desfile de plástico: es vendedora de inflables desde hace 27 años. ´Mi esposo, que murió hace siete años, vendía globos; ahora yo traigo inflables. La gente los prefiere porque duran más´.
11.15. “¿Cuánto cuesta la pelotita?”, pregunta un papá ante el ruego de su pequeño hijo. “Cinco bolivianos”, responde Agustina.
Su trabajo no se limita a la plaza, pues debe buscar lugares y ocasiones que atrapen a los niños. Pero por ir tras esos eventos es que no tiene celular, pues se lo robaron de casa junto a su manta, su pollera nueva y su garrafa mientras vendía en Oruro. Una buena venta para ella significa reunir 120 bolivianos al día y una mala 50.
Cristian es el dulce de los niños
11.30. Como un abanderado, Cristian Acero Aruquipa (13) entra orgulloso a la plaza portando un listón de dos metros y medio del que cuelgan 40 algodones de azúcar rosados y amarillos. Es inevitable: por un boliviano, los niños corren hacia él. El recorrido empezó en Alto Tacagua, donde su familia hace algodones en la madrugada. Luego continuó por la avenida Buenos Aires para conectar con la Tumusla, Pérez Velasco, San Francisco, San Pedro, El Prado y así llegar a la plaza Murillo.
´Mis padres y mis hermanos siempre han hecho algodones. Somos una familia de algodoneros´, suelta con una sonrisa franca.
Hay días en que Cristian sale con un listón de tres metros y con 100 algodones y, por estar expuesto al sol durante todo el día, su ropa luce desteñida y una gorra protege su moreno rostro. ´Al día camino unas seis horas. Almuerzo en los mercados y por la tarde me voy con mi palito en un colectivo´.
Cristian espera convertirse en abogado, pero para lograrlo emprende el camino a Miraflores. Debe seguir con la venta y ahorrar dinero ahora que es verano, pues con el inicio de clases, sólo vendrá los fines de semana. De seguro “su amigo” Pedro Domingo Murillo, al igual que a sus otros compañeros de venta, le estará esperando.