El último informe del INE a febrero dio cuenta de que el Índice de Precios al Consumidor (IPC) en Bolivia llegó al 3,74% (casi la mitad del pronóstico para todo el 2008). Semejante subida en sólo dos meses “se comió” la inflación de enero a junio del 2007, duplicando además la acumulada a 12 meses: 6,57% a febrero del 2007 y 13,32% a febrero del 2008.
El INE destacó entre los productos más inflacionarios al tomate, las arvejas y la zanahoria. ¡Con razón el fricasé subió en Santa Cruz ya que además subieron la tunta y el maíz blanco, demostrando que la inflación no obedece a alguna conspiración productiva oriental, siendo que esos productos son originarios de los valles y el altiplano, donde también había habido inflación! O, que alguien diga si el tarwi, la kañahua, la oca, la papa imilla, el locoto, los productos orgánicos y hasta la hoja de coca no han incrementado su precio. Mi esposa me lo ha hecho notar: “Todo está por las nubes”, dijo; y mis hijos —sin ser economistas como ella— han reclamado que “no les alcanza su recreo”.
“Es la inflación, y es mundial”, les dije, pero, no se inmutaron. Tampoco funcionó el señalarles sus causales en el país: el desmesurado gasto fiscal, el incrementado narcotráfico, las generosas dádivas externas, el sinvergüenzudo contrabando y las sacrificadas remesas de los bolivianos en el exterior- frente a una menor oferta interna de alimentos por los desastres climáticos, con el contagio a otros sectores de la economía.
Se quejaron también que los dólares de hoy no valen como antes: en enero del 2006, cien dólares al tipo de cambio significaban Bs 808 y Bs 800 en el mercado paralelo. Esos mismos 100 dólares valen hoy Bs 758 pero con suerte compran Bs 745 ¡y en el mercado de abasto ya ni los reciben! Además, los precios en bolivianos han subido tanto, que el poder de compra de los 100 dólares de hoy, equivalen a unos 70 dólares del 2006. Esto me recordó de inmediato el justo y desatendido reclamo de los exportadores bolivianos.
En cierto momento me preguntaron también —bajo la mirada cómplice de mi esposa— “¿de qué vale entonces la bolivianización de la economía?”. No me atreví a decirles que “nuestra moneda era más fuerte que el dólar”, porque seguramente habrían advertido mi sonrojo.
Me preguntaron finalmente qué era el “agio” que varias autoridades denunciaban, y les informé que la Real Academia Española lo define como el “beneficio que se obtiene del cambio de la moneda (...)”, algo que efectivamente pasó en la época de la UDP pero que, al no estar pasando hoy aún, podía tratarse de un mal uso del término o de una profecía…
¿Cómo acabó la improvisada “cátedra de economía”? (eso sí, sin culpar al capitalismo, a la especulación, al calentamiento global, etc.) Me rendí ante la evidencia y, a regañadientes, procedí a “reajustar” la mesada a mis hijos, y la asignación mensual a mi amada esposa.
*Gary A. Rodríguez A. es economista y gerente general del IBCE.
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