La excursión de una patrulla colombiana al sur de su frontera para matar a Raúl Reyes ha tenido un efecto paradójico: significó la mudanza de Bogotá hacia América Central. Colombia ya forma parte del grupo de países de ese subcontinente que, gracias a acuerdos comerciales y afinidades políticas, prolongan el territorio de los Estados Unidos al sur del río Bravo. Así se explica que El Salvador haya enviado soldados a la guerra de Irak, que Honduras tenga preferencias para colocar sus productos en el mercado norteamericano o que George Bush, en su última visita por la región, haya hecho escalas en México, Guatemala y Colombia (además de Brasil y Uruguay).
Al romper relaciones diplomáticas, Rafael Correa centroamericanizó a Álvaro Uribe. El Presidente de Ecuador había tomado dos decisiones centrales de su política exterior cuando asumió la presidencia en enero de 2007: anunció que el 2009 no renovará el contrato de la base estadounidense de Manta y puso cierta distancia de Hugo Chávez, quien en la campaña presidencial lo había respaldado públicamente.
´Chávez es mi amigo, pero no es el único que tengo. Para que sepas, vine hasta aquí en el avión de Lula y me gustaría irme en el de Kirchner´, me dijo Correa en Cochabamba a un mes de asumir el poder. Después fue un equilibrista: mantuvo la dolarización a su pesar, consiguió un gran respaldo a su convocatoria a la Asamblea Constituyente con la que pretende refundar su país y sigue buscando constituir una organización política que le brinde base social y gestión de gobierno. Su decisión de romper con Bogotá no es un exabrupto, ni puede ser atribuida a la cada vez menor influencia del venezolano.
Correa no es el primero que rediseña las fronteras de Colombia. Los Estados Unidos lo hicieron de manera práctica. En 1903 tomaron una porción de su territorio para fundar Panamá, luego construyeron el canal que lleva ese nombre y que viabilizó su expansión económica y en 1989 invadieron el país. En los últimos veinte años, y lejos de un afán compensatorio, Washington ha contribuido como nadie a la centroamericanización de Colombia. Como parte de la llamada guerra contra las drogas y contra el terrorismo, financia el Plan Colombia, una significativa asistencia económica y militar, y encontró en Uribe su mayor referente en América Latina.
Por eso, el Departamento de Estado lo respalda con tanta firmeza en esta crisis, a pesar del repudio de la mayoría de los pares (de Uribe) en América del Sur. Los candidatos del Partido Demócrata no se diferenciaron de Washington. En realidad, Hillary Clinton y Barack Obama
—más dialoguistas que los republicanos— repitieron el discurso gubernamental: las FARC son un grupo de terroristas que ponen en peligro a la democracia. Ignoraron el espacio de negociación que se abrió cuando ya estaban en la carrera por la Presidencia.
Para ellos, Colombia también queda en América Central, lejos de Río de Janeiro.
*Martín Sivak es periodista y escribe desde Nueva York.
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Iniciativa diplomática boliviana
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Segunda oportunidad
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Bogotá y el realismo mágico
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