Si usted es invitado a Bogotá, puede estar seguro de que le tratarán a cuerpo de rey. Le llevarán a pasear por hermosos parques, praderas y montañas, le alojarán en bellos hoteles y le invitarán a comer en restaurantes franceses que no tienen nada que ver con la vulgaridad de sus similares americanos y sus copias en otros países de América Latina.
Al llegar, le prevendrán de los peligros que le acechan si usted se lanza temerariamente a visitar algunos barrios de esa hermosa ciudad, y peor aún si va a algunas regiones ocupadas por la guerrilla.
Acostumbrado como estoy a hacer lo que me desaconsejan y me prohíben, varias veces me aventuré a pasear por esos barrios peligrosos cuya visita era absolutamente desaconsejada pues, se me decía, podrían robarme, asaltarme e incluso darme muerte.
¡Nada de ello! Simplemente eran barrios pobres, extremadamente pobres, donde los niños se pasean desnudos porque no tienen nada que ponerse sobre el cuerpo, las casas tienen paredes de cartones y techos de latas viejas, las mujeres pierden su garbo natural por el exceso de trabajo y la falta de alimentos. ¡Cómo será el resto del país que no conozco!
Mis amigos hablan varios idiomas, se pasean por el mundo como Pedro en su casa, algunos tienen más de un doctorado, pero lo único que no conocen o fingen no conocer es su propio país, incluso su propia ciudad. Por ello hay malestar social, guerrillas de todo tipo, de marxistas, de narcotraficantes, de paras, de delincuentes, etc., que se explican por la pobreza y la desigualdad y el discurso oficialista tendente a negar su existencia.
Hace pocos días, el presidente colombiano Álvaro Uribe fue tratado de todos los nombres por sus homólogos de otros países latinoamericanos por haber perpetrado un ataque a la guerrilla colombiana en territorio ecuatoriano. Las críticas que recibió, sin duda, eran bien merecidas, pues su gobierno actúa en América Latina como el de Israel en el Medio Oriente, ignorando su realidad local y obedeciendo las órdenes del coloso del norte. Mas, lo que sin duda sorprendió fueron los besitos que se dieron entre todos en la recientemente celebrada cumbre del Grupo de Río. Uribe se acercó al presidente Correa para pedirle perdón por el ataque a su país y éste le lanzó una mirada horrible, pero accedió al pedido del colombiano. Chávez, al acercársele Uribe, hizo como de costumbre, el doble juego, el del malo y el del bueno. A pesar de que muchos nos sentimos lastimados por todo esto, cabe reconocer que era lo mejor que podía ocurrir a fin de evitar una guerra.
Me parece que es muy latinoamericano el darse besitos para superar disputas; pero, es necesario pensar también en disminuir las desigualdades y recordar el discurso de Correa sobre la hipocresía latinoamericana, pues besitos sólo se dan entre algunos grupos sociales, los que dan la espalda a la pobreza y la desigualdad social como en Colombia y en la mayor parte de los países latinoamericanos.
*Rolando Morales Anaya es analista.
Colombia se muda hacia América Central
La excursión de una patrulla colombiana al sur de su frontera para matar a Raúl Reyes ha tenido un efecto paradójico: significó la mudanza de Bogotá hacia América Central. Colombia ya forma parte del grupo de países de ese subcontinente que, gracias a acuerdos comerciales y afinidades políticas, prolongan el territorio de los Estados Unidos al sur del río Bravo.
Corte Nacional Electoral
No podemos seguir en este camino de locura, división y enfrentamiento. La reciente decisión de la Corte Nacional Electoral (CNE), de suspender los procesos referendarios, constituye una de las últimas oportunidades para la redención política del Presidente y del Vicepresidente de la República,
Iniciativa diplomática boliviana
En una nota aparecida ayer en este medio informativo, nos hemos enterado de que el canciller, David Choquehuanca, está convocando a sus colegas sudamericanos para que asistan a la anunciada reunión del 28 y 29 de marzo, en Cartagena de Indias, Colombia, para el nacimiento oficial de la Organización de Naciones Sudamericanas (Onasur).
Segunda oportunidad
No fue un accidente o un paréntesis, ni tampoco un efecto de los atentados del 11 de marzo, como han venido repitiendo insidiosamente durante cuatro años los sectores más radicales de la derecha política y mediática.
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