Vemos a Venezuela debatirse en una inflación galopante; añora unos alimentos que no es capaz de producir y a veces ni siquiera de importar. Con un presidente populista cuya ‘popularidad’ cae día a día y sin una inversión extranjera que vaya más allá de la reparación precaria de los equipos petroleros, se concentra en el bombeo de crudo. Ante la mayor riqueza del continente, con un ingreso cada año equivalente al del gas boliviano por los próximos cuarenta… ¿cómo es que está en una situación en que sólo una guerra estabilizaría el gobierno? El dichoso desarrollo no cae del cielo como una dádiva de Dios, de Keynes o de Marx; menos todavía, demuestra ser el resultado de abundantes recursos naturales.
Cuando examinamos a países como Suiza, Japón o Dinamarca, encontramos precisamente lo contrario. La ausencia de recursos naturales y los gobiernos profesionales que trabajan mucho y bien y que no necesitan hacer bulla. ¿Puede el lector identificar al presidente del primero, al primer ministro del segundo, a la reina del tercero? El último ‘desorden’ equivalente al nuestro de la semana pasada ocurrió hace siete siglos en la tierra de mi abuelo suizo.
El desarrollo que tanto envidiamos es el fruto de una ética ciudadana férrea construida entre todos; de una educación relevante y que apunta a cómo será el mundo y de un Estado y empresas profesionales (que saben lo que hacen), eficaces (que logran lo que quieren) y eficientes (que lo hacen con el menor gasto posible).
Cuando pasamos por este cedazo a nuestros países —hagamos el ejercicio con nuestra querida Bolivia— realmente nos aplazamos en todas las asignaturas. Le echamos la culpa a la pobreza o a la colonización imperial, sin reconocer que la causa está en nosotros mismos, en la envoltura del caramelo que tiramos desde el auto, en la copia del examen del compañero, en el trabajo improductivo y en la comedia de cada gobierno de turno. La ética ciudadana, más allá de algunos ayllus aislados, simplemente no existe. La formación relevante (sólo para Estados Unidos), la encontramos apenas en algunos colegios privados inalcanzables; nuestra educación, más bien, camina de lado como los cangrejos. El profesionalismo de cada funcionario del Estado se ahoga en la corrupción, la incompetencia y el nepotismo que anotan los medios y los indicadores internacionales. La ‘eficacia’ sólo se manifiesta en el reparto del poder político a los distintos niveles y la eficiencia —el hacer mucho con poco— se transforma en hacer poco o nada con mucho.
Tuve la ilusión de que un gobierno mayoritario, popular y autóctono, que por primera vez traía un mandato que lo liberaba del reparto de prebendas, intentaría corregir esta situación endémica; sin embargo, sólo cambió los énfasis del chenk\'o en cada una de las irreversibilidades anteriores. ¡Qué pena!
*Jorge Zapp es consultor internacional.
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