En el país se cometió un grave error al convocar a una Asamblea Constituyente sin saber cómo debía funcionar ni quiénes debían ser sus protagonistas. Todo esto porque el presidente Evo Morales y su partido, el Movimiento al Socialismo, con una gran mayoría de asambleístas, pensaron, ingenuamente, que iban a borrar de un plumazo a la oposición y que iban a imponer sus criterios a su propio saber y entender.
Y conocemos todos que el criterio masista era implantar, bajo la presidencia de la ´cruceña´ Silvia Lazarte, una nueva Constitución con la visión andina del país, que contenía algunos elementos fundamentales que era muy difícil que se pudieran digerir: La supremacía del indigenismo en la dirección de Bolivia —el indigenismo aymara sobre todo—, la burla a las autonomías departamentales desvirtuándolas hasta casi hacerlas desaparecer, y la perduración, dentro de todos los márgenes posibles, de Evo Morales a la cabeza del Gobierno.
Fue un grave error estratégico (¿o táctico?), además, pretender redactar una nueva Constitución con personajes ajenos a todo conocimiento del Estado. Porque, fuera de algunos asambleístas que sabían cómo debía funcionar un Estado moderno, el resto totalmente mayoritario deseaba —y aún desea— un Estado retrógrado, reivindicativo, revanchista; un Estado, en suma, a la medida de sus propias mentalidades indígenas y campesinas. Eso era, francamente, inaceptable. Y que no vengan con que porque Bolivia es una nación indígena la Constitución debía ser, asimismo, indígena. Eso, ya lo sabemos todos, son cuentos que se derivan del último censo, porque es conocido que nuestro país es mayoritariamente mestizo, con amplia ventaja sobre lo indio.
En pleno jolgorio populista y democrático no había forma de hacer entender que una Constituyente no es lo mismo que un ´ampliado´ de los sindicatos, donde todos hablan a la vez —algunos con verdadera pasión y convencimiento—, pero donde en la testera no se oye a nadie, porque el pliego de peticiones ya está redactado. Eso sucedió con la Constituyente cuando se instituyó un conglomerado de pastores de ovejas, cocaleros, mineros, políticos masistas, y algunas personalidades de otros partidos, estos últimos claramente minoritarios. Nos han criticado porque, desde el primer día, afirmamos que de toda esa muchedumbre aleccionada lo que saldría sería un mamotreto. Así fue en efecto. Se parió un bodrio. Un mamarracho al que le metieron mano los palaciegos y los politólogos del MAS, sin poderlo salvar. Doña Silvia no sabía qué explicar, porque no entendía por qué estaba encabezando la testera, y algunos militantes izquierdistas empujaban un texto absurdo que convenía a sus intereses. El resultado es el que tenemos.
Hemos entrado en un período de diálogos frustrados —plagados de trampas y mentiras— y, por la tozudez del Gobierno, las regiones autonomistas han desconocido, conjuntamente, la validez de una Carta Magna redactada bajo presiones populares y hasta tiros. Por lo menos, el MAS ha tenido que reconocer que la Constitución aprobada a la mala no sirve y que habrá que volver a discutir con urgencia algunos temas que son fundamentales para que Bolivia pueda marchar en paz y se aparte la espiral de violencia que la amenaza.
No ha existido, en muchos años de historia republicana, un desacierto más grande que tratar de imponer una Constitución a palos. No se recuerda una actitud de violencia y arbitrariedad como ha sido esta Constituyente, mal parida de entrada, que en el Teatro Gran Mariscal sólo masticó coca, que tuvo que ampararse en La Glorieta para fabricar a las volandas una Constitución que S.E. exigía, y que, corridos de todas partes sus asambleístas, hubieran tenido que irse con papeles y petacas hasta Oruro, para aprobar una bazofia.
La Constituyente no ha servido sino para exacerbar ánimos. Fue un fracaso. La prueba está en que la Constitución que se apruebe será la que redacten algunos políticos y tal vez cívicos, que no fueron elegidos por el pueblo para legislar.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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