La economía es una ciencia social tremendamente intuitiva. Toda persona a diario aplica conceptos que los economistas nos empeñamos en complicar. Elaboramos sofisticados modelos matemáticos y hablamos en latín; es la forma que tenemos de ganarnos la vida. Pero, en momentos de crisis inflacionaria como los que vive Bolivia, es la dimensión sicológica y política de la economía la que toma fuerza y derrumba las fórmulas que están detrás de los instrumentos económicos. Conceptos como confianza, credibilidad, pesimismo, reputación y expectativas se convierten en elementos centrales para quienes hacen negocios, consumen, trabajan y aplican políticas públicas. Así, la dimensión sicológica es clave para combatir efectivamente la inflación.
¿Cómo se forman las expectativas sobre el manejo económico? Éstas son resultado de un juego que se establece entre el Gobierno y los agentes económicos (empresas, trabajadores y consumidores). El Gobierno busca construir una reputación sobre el manejo de sus políticas públicas y las personas evalúan la consistencia y sostenibilidad de las acciones de los ministros o presidente del Banco Central. A partir de esta relación, que tiene mucho de tira y afloja, se forman las expectativas inflacionarias, por ejemplo. Éstas se construyen mirando al pasado reciente, que es lo que el equipo económico está haciendo para resolver el problema del aumento de precios. También la gente tiene una memoria larga: a aquellos que vivieron el trauma de la hiperinflación se les pone la carne de gallina porque ven filas, especulación, escasez y al Ministerio de Interior persiguiendo garrafas y quintales de harina. Al mismo tiempo, los agentes económicos saben leer la macroeconomía y en base a estas percepciones adoptan una posición pesimista u optimista sobre el futuro de los precios y otras variables. Además, los actores económicos no siguen la música de Julio Iglesias, no tropiezan con la misma piedra dos veces, aprenden de sus errores y no se dejan engañar por las acciones del Gobierno o su propaganda. El deterioro del contexto institucional y político también afecta a las expectativas.
No cabe duda de que estamos frente a una creciente erosión de la credibilidad de la actual administración en el manejo económico, en general, y del combate de la inflación, en particular. Este debilitamiento tiene múltiples causas: La falta de liderazgo en el equipo económico; la carencia de un programa anti-inflacionario coherente; la lenta reacción frente a la bonanza internacional; el desencuentro entre la política monetaria y fiscal; la hambruna de inversiones en sectores clave como hidrocarburos o electricidad; la falta de previsión del impacto económico y social de los desastres naturales que atacan al país por tercer año consecutivo; el resurgimiento de hechos de corrupción; y otros problemas más. Pero no todo es responsabilidad del Gobierno. El clima de enfrentamiento sin cuartel creado por la oposición y la sobrepolitización de los temas económicos, también, contribuyen a la incertidumbre. Un último ejemplo de esto es la competencia de neopopulismo en que están el Poder Ejecutivo y el Senado Nacional respecto a los aumentos salariales. Yo doy 10%. Yo lo gano, ofrezco del 15%. Todos echándole gasolina al fuego de la inflación en una ch’ampa guerra que parece no tener fin.
Con esta avalancha de contradicciones, errores y zancadillas entre Gobierno y oposición no hay credibilidad que aguante, y por supuesto se produce una crisis de confianza. Inclusive, las políticas económicas que van en dirección correcta no son percibidas como tales.
La credibilidad es, por lo tanto, un delicado agregado sicológico que se forma a través de las expectativas de empresarios, medios de comunicación, trabajadores, amas de casa que viven y perciben de diferentes maneras tanto la administración económica como política. Para influir sobre la credibilidad no bastan las frases de efecto. “Bolivia cambia”, “Evo Cumple”, “Bolivia autonómica”, “Revolución democrática”. Estos son eslóganes vacíos, que puede llevar al Gobierno, nacional o regional, a pasar del sano consejo de: \'debo creer en todo lo que es verdad\', al delirio de: \'en todo lo que creo es verdad\'.
En la década de los ochenta, y con más dramatismo que en la actualidad, el gobierno de la UDP también sufrió un déficit de credibilidad, que se tradujo en la pérdida de eficacia de las políticas macroeconómicas. El gobierno de Siles intentó seis paquetes de estabilización para controlar la hiperinflación. El quinto y sexto programas eran muy parecidos al D.S. 21060, pero no funcionaron, básicamente por un problema de credibilidad. Cuando Paz Estenssoro recupera esta dimensión sicológica de la política es cuando los instrumentos económicos recuperan su potencia y eficacia. Esperemos que la administración actual no tenga que esperar la debacle para dar un golpe de timón en la administración de su credibilidad. El Gobierno necesita un shock de credibilidad, una inyección de confianza que revierta las expectativas negativas, especialmente en el tema del combate a la inflación. Las causas justas, como inclusión social y étnica, que el presidente Morales representa y defiende, merecen mejores ideas y propuestas y, sobre todo, se requiere una mejor administración de lo que otrora fue un inmenso capital político. No vale rifarse, sin medida ni clemencia, la credibilidad en 24 meses, pues?!
*Gonzalo Chávez es economista.
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