En la hora de la tribulación, todos debiéramos darnos cuenta de que el sentido de lo humano debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración. Lo humano es esencialmente entendernos como parte de una misma comunidad.
No tiene sustento la idea de que en el naufragio ellos se ahogarán y nosotros nos salvaremos. Primero, porque el naufragio implica la pérdida del barco que ocupamos, el que construimos en el puerto de partida y el que nos conduce hacia el horizonte. Segundo, porque nadie puede garantizar que sea uno y no el otro el que aborde un bote salvavidas y menos que el bote no sea tragado por la turbulencia producida por el barco al hundirse. Pensado así, lo lógico sería hacer el máximo esfuerzo para evitar que la nave se vaya a pique, y por tanto no barrenarla cada uno silenciosa o estridentemente.
La política, descarnada como es, parece tratar de materias muy concretas, la toma del poder, el manejo del poder, la permanencia en el poder. Se supone que para aplicar las ideas que permitieron la llegada al poder.
Pero el drama de hoy es de otra naturaleza. No se trata ya de debatir si el programa de gobierno es bueno, regular o malo y confrontar en el contexto de la democracia sus virtudes o defectos, se trata de preguntarnos por el destino último de nuestra Nación, por la simple razón de que ese destino está en juego, de que nos inunda la desesperanza y el miedo, no a los cambios, por el contrario, el miedo a que no haya espacio para los cambios en medio de la batalla fratricida.
Esta realidad demanda algo elemental que hace mucho que no aplicamos, serenidad, racionalidad, pero sobre todo buena fe. El fin de las “barrabasadas” (expresión usada por un alto funcionario del Gobierno para referirse a la vergonzosa sesión de Congreso de hace un par de semanas) y el comienzo de un diálogo que sólo merecerá esa palabra si las partes deciden acordar más allá de sus cálculos de fuerzas. Hasta ahora el diálogo ha sido el producto de la imposibilidad de resolver por las malas el famoso empate (cada vez más catastrófico) que nos tiene atorados tantos años. La ecuación se planteaba en función de poder concreto, del tamaño del garrote para ser gráfico. Por primera vez en mucho tiempo la oposición piensa (y se equivoca igual que se equivocó el Gobierno), que ahora tiene un garrote del mismo tamaño o quizás un poco más grande que el del oficialismo y que por tanto el diálogo puede condicionarse a esa realidad. Nada que el Gobierno no hubiese hecho antes. Y así nos va.
Los políticos no alcanzan a diferenciar crisis de hecatombe, problema de situación límite, confrontación de guerra y tienden a reaccionar de igual modo frente a una cuestión táctica que a una cuestión estratégica.
No habrá diálogo posible si no hay buena fe. Buena fe es un concepto que parece contradictorio con la política. Pero si no hay buena fe, y es lo que no hemos tenido en años de años en la mayoría de nuestros políticos, tardaremos diez veces más en llegar a buen puerto, si no nos hundimos antes en el intento. Buena fe quiere decir algo muy sencillo y muy complicado a la vez, entender lo grave del momento y ser capaz de ceder, aceptando que en democracia, tolerancia y convivencia son indispensables.
La receta la sabemos todos y se resume en pocas líneas:
1. Elegir en el Congreso, por consenso y sin cuoteo (MAS-Podemos) todos los titulares y suplentes del Tribunal Constitucional y los dos miembros que faltan de la Corte Nacional Electoral, de cara al país, sobre la base de una lista de notables de verdad en los que todos creamos, que sean posesionados antes de los próximos quince días.
2. Que Gobierno, oposición y regiones acepten que Constitución y Estatutos nacieron vulnerando gravemente la ley y que acepten a la vez, que ambos documentos tienen elementos positivos que hay que rescatar.
3. Que ambas partes nombren un equipo de profesionales de la mayor idoneidad en temas constitucionales para compatibilizar textos y filosofía (sin traicionar el espíritu esencial de ambos y la verdadera alma del mandato popular) y que estas personalidades tengan un plazo razonable (un mínimo de tres meses) para presentar el texto a consideración de la Asamblea.
4. Que la Asamblea, previa discusión de detalle en términos racionales de participaciones y tiempo, refrende ese texto que garantice el objetivo de una Constitución con autonomías e inclusión de todos.
5. Que entonces y sólo entonces se convoque a un solo y definitivo referéndum para aprobar o rechazar ese texto.
6. Esa Constitución que incluya las autonomías, debe aplicarse al día siguiente de la promulgación (si el voto mayoritario es sí).
No tiene caso imponer los referendos que con buen tino la Corte objetó por la naturaleza claramente ilegal de su origen o procesos, según el caso. No tiene caso pretender doblar el brazo del rival, porque es herir la entraña de Bolivia como Nación. Si no somos capaces de ese gesto ahora, seguiremos desangrando a la anémica sociedad boliviana que necesita desesperadamente reaprender algo tan básico e imprescindible como el sometimiento ciego a la ley, la ley de todos, escrita y aprobada por todos, con el aval de representar los principios en los que creemos, el futuro que queremos y sobre todo con la prueba de fuego de la buena fe. No es una ingenuidad, es algo más dramático, un sentido básico de sobrevivencia.
Buena fe quiere decir algo muy sencillo y muy complicado a la vez, entender lo grave del momento y ser capaz de ceder.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
Una rendición dolorosa
Las oficinas de las petroleras están alfombradas con pieles de tigres, de todos los tigres que se atreven a desafiarlas. Al final, las petroleras imponen sus condiciones, como está ocurriendo en Argentina, donde la señora Cristina de Kirchner está corrigiendo la política de su esposo y dando a las empresas los márgenes de utilidades que ellas quieren.
Obispos vuelven a la carga pacífica
Los obispos han vuelto a la palestra con un texto titulado “Orientaciones Pastorales sobre el proyecto de Constitución Política del Estado”. Por su parte, el Presidente de la República y el Prefecto cruceño aceptaron hablar con el Cardenal, en busca de un posible diálogo, hasta ahora, de sordos.
Chávez de terror
Que Chávez le diga demonio a Bush, que declare que éste huele a azufre, es hasta folklórico, e inclusive se le puede acompañar con una sonrisa, sobre todo porque como los gringos lo ven con una condescendencia que hasta insulta, las consecuencias de esos exabruptos son irrelevantes.
Rifándose la credibilidad
La economía es una ciencia social tremendamente intuitiva. Toda persona a diario aplica conceptos que los economistas nos empeñamos en complicar. Elaboramos sofisticados modelos matemáticos y hablamos en latín; es la forma que tenemos de ganarnos la vida.
Procesión de Semana Santa
Se dice que el Director General de Ceremonial del Estado, vestido con el atuendo de jilakata y el chicote con el que acostumbra recibir a los jefes de las delegaciones extranjeras —que francamente nadie sabe para qué sirve— estaría organizando la próxima participación de los funcionarios del Gobierno en la procesión anual de la Semana Santa.
Separatismo o unidad
Nadie vio con indiferencia el conflicto Colombia-Ecuador, los argumentos de censura o justificación brotaron rápidamente. Esto deleita porque demuestra que el proceso de integración no es un discurso, sino una realidad que importa, que se anhela y protege.
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Como Fidel, sin ningún cambio
Mantendrá el socialismo pero flexibilizará la economía