Las hojas que sirven para fabricar cruces y rombos para el Domingo de Ramos tardan hasta 13 horas en llegar desde los Yungas. Las artesanías se venden en la calle Max Paredes.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Nicolás Quinteros
En las manos de Cristina Aruquipa Yujra (20), tres hojas delgadas se convierten, en cinco minutos, en una cruz. Hace dos semanas, toda la familia Aruquipa cosechó 3.200 palmas en la comunidad de Molino, perteneciente a Lambate, en Sud Yungas, y tardaron 13 horas en llegar a La Paz en un camión.
“Cada Domingo de Ramos, la gente se lleva estos adornos y los hace bendecir en las iglesias. Para nosotros es la única vez en el año que los podemos vender. No hay otra fecha”, formula Cristina, mientras teje febrilmente.
La celebración católica empezó, según el libro de San Mateo 21, 1-11, cuando Jesús entró a Jerusalén y “la multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada”.
Si bien la mayoría de estas obras de artesanía se van a las casas, otras tienen como destino las huertas. En el área rural andina se cree que colocando estas hojas en las cuatro esquinas de un terreno alejarán a las granizadas que afectan a las cosechas.
La recolección en familia
Para sacar palmas hay que ir al monte. No hay otra, porque este tipo de plantas silvestres de dos y tres metros de altitud están esparcidas y se necesitan al menos 15 personas con machete en mano para obtener más de 3.000 ramos. Por eso, los hermanos Cristian y Cristina Aruquipa, y su padre Francisco Aruquipa Laura, deben trabajar duro. “Hay que lomear para trasladar los amarros hasta la carretera y después recién los cargamos al carro para llevarlos a la ciudad”, describe Francisco desde su natal El Molino, cerca de Lambate.
La recolección y el cargado del material sólo son la primera parte del trabajo. El llevarlos hasta La Paz es toda una odisea y más todavía en febrero y marzo, la época de las lluvias.
Los derrumbes por la crecida de los ríos y el deslizamiento de cerros hacen intransitables los caminos. “Un viaje que debería durar menos de seis horas, lo hacemos ahora en 13. Salimos a las 10 de la mañana y seguro estaremos en nuestro destino a las 11 de la noche en el mejor de los casos”, cuenta el chofer Édgar Ríos Quispe, cuyo principal cargamento son las palmas.
Las poblaciones paceñas de Sorata, Santa Ana, Sacapani, Pasana, El Molino, Korihuati, Loma Linda y Huayrapata son fértiles para este tipo de hojas. Pocas llegan desde Chuquisaca, Cochabamba y Santa Cruz.
Durante el largo viaje, Cristian y Cristina también trenzan y tejen en el camión. Los hermanos parecieran entrar en una competencia de quién lo hace mejor y más rápido. En menos de seis minutos, una cruz y un rombo o rosa están acabados. Las manos de los dos Aruquipa se mueven ágilmente para entrelazar las ramas. Menos tiempo demanda fabricar anillos, aretes y hasta manillas. En el Domingo de Ramos, el costo de las palmas en la calle Max Paredes irá desde un boliviano hasta tres. Las pequeñas obras se pueden encontrar, además, entre las calles Luis Lara y Venancio Burgoa. “Es sencillo hacer ramitos y cruces, sólo es cuestión de práctica y listo. Ya está...”, acaba Cristina y enseña una cruz de 10 centímetros.
Su hermano Cristian finaliza un ramo de 40 centímetros de alto. Ambos trabajos serán bendecidos en la fiesta católica de hoy.
En La Paz, una decena de puestos con ramos y palmas se formarán cerca del templo del Jesús del Gran Poder.
Edwin; “El choco de las palmas”
Un diente con un pequeño corazón de oro incrustado brilla, mientras Edwin Hernández (35) sonríe. “Estoy llevando algunas palmitas, deben ser unas mil, más o menos, para las artesanías de Semana Santa. Nosotros les vendemos y otros los trenzan y tejen”, desliza el ´Choco de las palmas”, como le llaman en la comunidad de Huayrapata, del municipio de Irupana.
La familia Hernández es la única que cosecha palmas en aquel lugar y no le importa viajar 13 horas hasta la sede de gobierno. “Esta es la época de las palmitas y debemos estar 14 días antes de la Semana Santa para que los artesanos tengan tiempo para trenzar y tejer las figuras”.
El resto del año, Edwin, sus padres, tíos y cuñados se dedican a la parte agrícola, pero en marzo las ramas son la fuente de ingresos. Por una carga en el camión pagó cerca de 120 bolivianos y espera sumar 3.000 bolivianos en el mercado paceño. Aunque aclara que, como en todo, la competencia también ha crecido y a veces uno debe regirse a la ley de la oferta y la demanda para no quedarse con las hojas.
¿La tierra está cansada?
Francisco Aruquipa Laura, natural de El Molino, cree que las palmas se están muriendo. Trata de encontrar una respuesta al porqué cada año se reduce el número de estas plantas utilizadas para el rito religioso.
“El monte y la tierra están cansados, debe ser quizás por el ganado que cada vez ingresa más adentro”, masculla. Un informe de la Unión Mundial para la Naturaleza da cuenta de que la tala indiscriminada de la palma de ramos o Ceroxylon parvifrons ha puesto en riesgo su especie en Sudamérica.
“La palma está amenazada por la explotación que se hace de ella”, advierte Prem Jai, investigador asociado del Herbario Nacional de Bolivia. En Colombia comenzó una campaña para evitar la tala de la palma de cera, otra especie en peligro de desaparecer.
Edwin Hernández extrae las hojas en Huayrapata y sugiere reforestar las palmas para tener mejores cosechas en los próximos años. “No queremos que se pierda, pero hay que hacer algo”, lanza el yungueño sentado en la carrocería de un camión junto a campesinos llevando amarros a La Paz.
Familias de al menos siete poblaciones paceñas viven en esta época de la venta de las palmas de ramos y otras más de las artesanías, pero pocos saben del presente y futuro de la planta.
Han pasado otros cinco minutos y Cristina tiene lista una segunda cruz y un rombo, sus dedos parecen máquinas de tejer. El fruto de su esfuerzo será bendecido hoy en las iglesias, dando inicio a la Semana Santa.