El peregrinaje hasta Copacabana data de antes de la llegada de los españoles. El amalgama incaico, cristiano y turístico se percibe hoy en tres enclaves místicos: La roca sagrada, el santuario y el calvario.
Texto: Jairo Marcos Fotos: Miguel Carrasco
Luce gargantilla, anillos de oro y aretes. Con la mano izquierda estrecha el cuerpo de su hijo, mientras en la diestra porta con filigrana la canastilla de la ofrenda y la candela dorada, de la que recibe su gracia. De 426 años y 89 centímetros de altura, su anaquel atesora los vestidos que lucirá hasta el 2047; a razón de tres ajuares por año. No podía ser otra, la figura de la Virgen de Copacabana prepara la entrada de los miles de peregrinos que, cada Semana Santa, visitan esta población al oeste paceño.
“Le entregan de 30 a 200 prendas al año. Sólo viste la más linda y, con el resto, se le cubre durante segundos”, explica el párroco del Santuario de Copacabana, Daniel Rocha Callapa. Un ritual que se repite desde 1770, cuando se empieza a trajear a la Virgen.
Un examen detallado de la imaginería descubre rasgos desapercibidos. Tallada en madera maguey a imagen y semejanza de una escultura española, Candelaria posee rasgos indígenas y rostro moreno. A sus pies, la peana adornada con media luna de plata, el Sol y una constelación de 12 estrellas corroboran el sincretismo religioso. “La mezcla cristiano-inca también se ve en el brocado con pan de oro”, completa Reina Ramos Paza, encargada de enseñar el museo.
El esfuerzo de la peregrinación
Tres o cuatro años luego de su migración al océano, los salmones remontan la corriente para desovar en las mismas aguas dulces donde nacieron. El precio que pagan es elevado, pues el esfuerzo les hace mucho más vulnerables ante los depredadores. Éste es el paralelismo que se dibuja en la cabeza del padre René Vargas Galián, cuando observa el estado en el que llegan quienes desafían los 150 kilómetros que separan La Paz de Copacabana. “Llevo tres años aquí y he quedado maravillado por la devoción. Llegan incluso con bloqueos. El esfuerzo de la gente es incomprensible en sí mismo”.
No es un fenómeno reciente. Tampoco de exclusividad cristiana. El peregrinaje hasta Copacabana, que mueve cerca de 7.000 devotos anuales, según las cifras que maneja el responsable de gestión de Programas y Proyectos del municipio, Hernán Ponce Quinteros, data de antes de los españoles. Sincretismo en estado puro; pasado, presente y futuro se dejan ver hoy en tres enclaves místicos: La roca sagrada, el santuario y el calvario.
La roca sagrada
Explican los manuales de historia que existía un dios al que los nativos conocían como Qopaqhawana. De cuerpo desmembrado, era el patrón bueno del lago y lo idolatraban los aymaras aledaños a la región lacustre.
Con la conquista de los incas en el siglo XIII, Qopaqhawana es sustituido por el Sol y la Luna. “Buscando un nuevo altar para su dios, los incas vieron los rayos de luz posarse sobre la Isla del Sol, considerada desde entonces lugar sagrado. Es el primer centro de peregrinaje de Copacabana”, explica Rocha Callapa.
Una práctica que se mantiene viva desde la Patagonia, con tambos hasta la parte boliviana cada 2.000 metros. “Actualmente, los jóvenes de Argentina, y en especial las chicas que tienen edad para casarse, realizan este peregrinaje. Van inocentemente para conocer ese lugar turístico, pero vuelven enamoradas y comprometidas”, argumenta el padre Rocha Callapa.
Al extremo norte de la Isla del Sol, la roca sagrada es el mayor vestigio de aquellos dioses incas. Es la piedra Titicaca o de los orígenes donde, explican los guías de la isla, el dios Viracocha creó el Sol, la Luna y las estrellas. Frente a la roca rindieron cuentas los aymaras y los quechuas. Y frente a la roca depositan sus ofrendas los devotos extranjeros como corolario a su peregrinar.
El santuario
La llegada de los españoles en 1534 somete los cultos nativos a los cristianos. La deidad Copacabana queda condenada al ostracismo, compartiendo olvido con los dioses Sol y Luna. La aparición del escultor Francisco Tito Yupanqui supuso la excusa perfecta y el espaldarazo definitivo para el relevo de cultos. El padre Daniel Rocha admite que “los sacerdotes se aprovechan del indígena Yupanqui, que hace la imagen voluntariamente”.
Lo que nunca imaginó el artista fue que su obra se convertiría, el 1 de agosto de 1925, en reina coronada de Bolivia. “Es una de las vírgenes más importantes de toda América, junto con la de Guadalupe, en México, porque el escultor fue un descendiente de los incas y por los muchos milagros que concede”, indica Hernán Ponce Quinteros.
Desde aquel 1 de agosto, miles de peregrinos caminan el viernes hasta la basílica para rendir culto y expresar su devoción a la Virgen. Muchos lo hacen sin saber de los símbolos incaicos que muestra la talla.
Pero el templo no es siempre la última parada. En el cerro Kholkepata espera el calvario.
El Vía Crucis
“Primera estación: Jesús es sentenciado a muerte”. Una cruz con esta leyenda grabada recibe a quienes todavía les queda aliento para los últimos 14 esfuerzos. Para un cristiano, el calvario recuerda lo que sufrió Jesús cargando la cruz. Pero este Vía Crucis también encierra en sus entrañas la simbiosis religiosa de los cultos aymara y cristiano. Y es que el cerro era usado por sabios y curanderos andinos, que atendían a la gente del campo y a los peregrinos.
“Hay antecedentes que hablan de un lugar sagrado. Donde actualmente están las mesas de los yatiris, era desde donde se miraba hacia la Isla del Sol. Se dice que es muy probable que en ese lugar haya estado una cabeza del Ídolo Copacabana. Es, por tanto, una waca, un lugar sagrado”, indica Rocha Callapa, que no pone reparos en añadir que “el Vía Crucis lo hicieron tratando de que la gente vaya olvidándose del antiguo lugar sagrado para los aymaras. Pero el sincretismo sigue existiendo”.
La Semana Santa profana
La increíble vista panorámica que ofrece la cima del calvario hace también las veces de anzuelo para los cientos de turistas que, exhaustos por la falta de oxígeno, remontan el cerro Kholkepata para regalarse a los ojos esta satisfacción.
Porque, imposible negarlo, la Semana Santa de Copacabana atrae asimismo a turistas y curiosos que, lejos de los caminos de la fe, recorren estos parajes en busca de belleza, aventura y descanso. “No podemos cerrar los ojos y no ver que algunos vienen porque es un feriado largo. Es motivo de cuestionamiento pastoral, pero son una minoría”, indica René Vargas Galián.
El propio Gobierno Municipal trata de que Copacabana sea en estas fechas un lugar religioso y cultural. “Queremos potenciar el aspecto más espiritual. Que realmente tomemos conciencia de la espiritualidad. Pero no podemos negar la entrada a nadie”, explica Hernán Ponce.
Copacabana ultima los detalles para duplicar su población durante estos días de Semana Santa. Una festividad consagrada en honor a la Virgen María que, en su santuario, extiende la mano a los dioses Qopaqhawana, Sol y Luna; además de hacer una pequeña concesión a los que llegan empujados por profanos sentimientos.