El reciente festejo internacional en honor a las féminas del planeta (8 de marzo) me hace ratificar que a las mujeres que vivimos en este nuevo milenio se nos describe como lo siguiente: ´Ansiosas por enamorarse, abrumadas por conseguir un buen marido, angustiadas por ser buenas madres, inquietas por estudiar algo útil, obstinadas por participar en cosas interesantes, culposas por salir a trabajar, estresadas por exigirse logros profesionales, desesperadas por mantener un aspecto físico saludable y verse jóvenes, flacas, libres de celulitis y sin arrugas´.
En este contexto, recuerdo la controversia y el rating que suscitó la puesta en escena del libro de Gustavo Bolívar ´Sin tetas no hay paraíso´. Y si bien es desde mediados de 1990 que el género de la telenovela se consolidó en Latinoamérica vía los populares ´culebrones´ mexicanos y venezolanos, la utilización de exteriores, de un lenguaje popular y descarnado como fiel reflejo de una ácida realidad que no apologiza antivalores, ha logrado que el género dramático colombiano sea un producto de exportación que logró dar la vuelta al mundo.
En Bolivia, un canal local transmitió la mencionada telenovela inspirada y filmada en la hermosa capital del departamento de Risaralda: Pereira (ciudad estigmatizada como cuna de la prostitución en Colombia). La trama central versa sobre la vida de mujeres que sueñan —sin importar las consecuencias— con ascender socialmente gracias a la belleza artificial y exuberante que se consigue vía el bisturí del cirujano plástico. Abordando la sugerencia de la novela —que da título al presente artículo— resalto que la historia de las ´las chicas prepago en Colombia´ es propicia para aleccionar a la teleaudiencia de una realidad que traspasa los límites geográficos colombianos y que se vive en cualquier rincón del planeta. Además, se puede extraer otras conclusiones, no menos importantes, ya que para la mujer que asiste al siglo XXI, el paraíso no sólo se circunscribe a unas voluptuosas curvas ni a ciertas medidas anatómicas.
En este azul universo plagado de un culto a la belleza estética y a la delgadez, en cierta medida la mujer está rebajada sistemáticamente a ser parte de la estadística y no de la existencia, y nos guste o no... para ciertos sectores bolivianos el parámetro de validación social es la ´Magnífica´.
A su vez, la mujer no puede desprenderse del ámbito del hogar y tiene como doble meta cumplir en lo profesional y en lo doméstico, exigiéndosele el ser bella, buena ama de casa, eficiente profesional y abnegada madre. Y nos guste o no, eso se le pide socialmente en nuestros tiempos.
Si bien existen ciertos progresos en la lucha por paliar desigualdades y conseguir equidad de género, aún los avances son insuficientes ya que seguimos siendo testigos de la preponderancia de un lenguaje sexista en expresiones visuales, verbales y escritas. En la actualidad, persiste la vigencia de la mujer objeto.
Sin embargo, hoy la mujer está dispuesta a consolidar una ciudadanía plena y a reivindicar su derecho indiscutible de intervenir en lo público y en la sociedad, puesto que las épocas donde la mujer era una fiel exponente de la ´reproducción del mandado mariano del sacrificio por el otro´, ya no van más.
*Mariella Pereyra es cientista política.
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