Nuestra relación con la comida en este principio del siglo XXI es una de las mejores demostraciones de las paradojas y contradicciones que vive nuestra sociedad que pretendemos moderna y globalizada. Existen en el mundo enormes bolsas de hambre y malnutrición que disminuyen pero que no acabamos de resolver. Sin embargo, crece —incluso en los países en desarrollo— el número de personas para las que la obesidad es un problema. El porcentaje de humanos viviendo en ciudades crece de forma imparable y nos alejamos de los lugares de producción de alimentos que llegan a nuestros platos siguiendo largas rutas y diversas transformaciones que dan vida a la industria alimentaria. Sin embargo, al mismo tiempo, la imagen del alimento criado con los cánones de una agricultura tradicional idealizada nos guía a menudo al decidir lo que comemos. La demanda global de alimentos en cantidad y en calidad sigue creciendo, y a ella responde una agricultura intensiva a la que además le pedimos que nos provea de otros productos como combustibles. Sin embargo, sabemos que nuestra agricultura es agresiva con el medio ambiente y no deseamos que se ganen terrenos de cultivos sobre terrenos todavía no explotados. Por si todo esto fuera poco, nos enteramos con sorpresa de la aparición de tecnologías como la clonación de animales o las plantas modificadas genéticamente. Cuando hay que tomar decisiones sobre ellas, nuestras contradicciones afloran en todo su esplendor. (...)
A mediados del siglo XIX la filosofía materialista utilizó la frase: “Somos lo que comemos” para transmitir la idea de que somos parte del mundo material. En la actualidad, la misma frase se está utilizando más bien por aquellos que quieren transmitir que en la comida hay algo más que un material necesario para nuestra vida. Para la parte opulenta de nuestro mundo, la función de la comida es otra que la de alimento. La comida es una forma de arte, es parte de nuestro estilo de vida, una forma de comunicarnos entre nosotros y de expresar nuestras convicciones. Y parecemos olvidar que hoy la comida es un producto industrial, un elemento de comercio global, algo que tiene que producirse eficientemente, que está afectado por los equilibrios globales y que lo va a estar más con el aumento de la población y el cambio climático.
La aplicación de nuevas tecnologías a la búsqueda de alimentos existe desde antes de que la historia existiera. En el origen de las sociedades humanas está la identificación de unas especies y variedades que, extendidas por todo el mundo, dieron lugar a la agricultura y la ganadería que conocemos. Ello no se hizo sin conflictos, como nos lo demuestra la lucha entre el agricultor y el cazador que aparece en toda la literatura comenzando por la historia de Caín y Abel. En el siglo XX la aplicación de múltiples tecnologías agronómicas y genéticas ha permitido, no sin desequilibrios, alimentarnos hasta ahora. Para afrontar los retos que tenemos delante de nosotros, no podemos permitirnos dejar de utilizar cualquier tecnología que ayude a asegurar la producción de alimento abundante y saludable. Junto a ellas hemos desarrollado mecanismos sociales y científicos que nos permiten utilizarlas con toda prudencia. Utilizar sabiamente tecnologías y mecanismos de reflexión y control es imprescindible para afrontar la problemática compleja que se avecina.
*Pere Puigdoménech Fragmento de un artículo publicado en El País de Madrid.
Un cúmulo de errores
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Basta de gansadas, por favor
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Fondo de salsa a paradas de gallito
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