A fuerza de estupideces, estamos caminando por la cornisa y estrechando las vías para una salida racional a una crisis que se aleja cada vez más de las expectativas y necesidades reales de la gente, como ocurrió en el pasado inmediato cuando la protesta se hizo furia y echó por la borda todo análisis y posición ideológica. ¿Qué sentido tiene para la gente que protesta por el alza de precios, por ejemplo, que se prohíba exportar aceite y se justifique diciendo que “no se puede permitir que primero se piense en la exportación y no en la población” porque en los primeros dos meses de este año se exportó más que en todo el año pasado?
¿Qué sentido práctico tiene rogar a los productores argentinos que nos mantengan el precio del trigo para mantener el precio del pan y que rechacemos diez mil toneladas que ofreció Estados Unidos como donación “por una cuestión de dignidad”, cuando el pan nuestro de cada día es cada vez más chico y más caro para la gente pobre? ¿Qué sentido tiene que un Superintendente de Telecomunicaciones desempolve un viejo decreto de la dictadura militar y advierta con sancionar “la emisión de informaciones que aun siendo auténticas, puedan dañar o alarmar a la población por la forma u oportunidad de su difusión”, después de que bolivianos lucharon y murieron para echar al dictador?
¿Qué sentido tiene que el Presidente diga que su Viceministro de Deportes renunció “por motivos familiares”, cuando el directo interesado dice, y por escrito para que no haya dudas, que se va porque no tiene “ninguna posibilidad” de trabajar como quisiera “por el mezquino presupuesto y la total falta de autoridad”? Los 2.600 caracteres de esta columna son insuficientes para tantas preguntas que podríamos hacernos. Y no sólo sobre contradicciones del Gobierno, porque la oposición comete gansadas similares o mayores. Por ejemplo esa de la “federación de departamentos autonómicos” o la denuncia sobre una “mega embajada”.
El tema es que la paciencia tiene límite, y a veces muy corto. Igual que la confianza y la credibilidad, sobre todo cuando las acciones no reflejan lo que se dice. Que oficialistas y opositores comprendan de una buena vez que no se puede jugar con la inteligencia de la gente. Porque puede ser crédula, pero no es estúpida. Según el dicho popular, una sola vez se lo capa al toro.
Antes del punto, sería bueno explicarle a ese superintendente que decreto no es ley y que es cierto eso de zapatero a tus zapatos. Retribuiría mejor el favor a quien lo designó.
*Juan León es periodista.
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