Los primeros días de marzo —este mes de los Idus romanos— dejó de existir un gran caballero no sólo del deporte, sino de toda la comunidad boliviana: Mario Martínez Villanueva, y con él se fue el ciudadano que supo prestigiar al país con su comportamiento leal y consecuente, decente y sencillo. Con su partida se reduce el ámbito de las grandes figuras del deporte nacional, pero también del comportamiento señorial, dentro y fuera de los escenarios deportivos. Quienes han tenido el privilegio de compartir con él, podemos afirmar que Mario fue un gran amigo, en las buenas y en las malas; un hombre de principios y de sacrificio.
En el tenis, le tocó compartir con algunas de las más grandes raquetas nacionales. Indudablemente, corría sangre de deportista por sus venas. Su padre, Luis Emilio Martínez Tellería, junto a varias otras figuras legendarias, fue uno de los verdaderos pioneros de este deporte en Bolivia. Martínez padre fue uno de los que no sólo dedicó sus esfuerzos para convertirse en un notable tenista, sino que puso lo mejor de sí para institucionalizar su deporte favorito. Fue uno de los fundadores del actual Club de Tenis La Paz y uno de los que edificaron esa modesta ´media agua´ en algunos campos deshabitados que existían en la avenida Arce, después de haberse sacrificado para fundar el Club en el barrio de San Pedro. Posteriormente, también le tocó participar en los afanes de llevar a la realidad ese notable y emblemático edificio verde, un verdadero símbolo paceño del deporte, en el mismo sitio donde actualmente se levanta el hotel Radisson, más seis canchas siempre pulcramente mantenidas, que existieron en nuestra ciudad por más de dos décadas. Ahí fue donde Mario Martínez, desde muy niño e inducido por su padre, aprendió los secretos del deporte. Su padre estaba satisfecho con los progresos del hijo hasta que se enteró de que Mario había sido lesionado jugando fútbol. ´Casi me mata mi padre´, comentaba Mario, ´y tenía razón porque ello atentaba contra mi futuro en el tenis´.
Mario había logrado colocarse entre las cuatro mejores raquetas nacionales, compartiendo honores con los inolvidables tenistas Zamora, Gorostiaga y Zapata. Luego fue el indiscutible campeón boliviano y uno de los más importantes referentes de la América hispana.
Hablando de la caballerosidad en el deporte, Mario recordaba aquella famosa final de un campeonato internacional en el año 1948, en la que Gastón Zamora, teniendo todavía posibilidades de ganar su partido, declaró hidalgamente que una bola dudosa era válida. Su comentario fue: ´Zamora perdió el campeonato de tenis, pero ganó el campeonato de la caballerosidad. ¡Esa fue una de las lecciones más importantes que recibí en mi vida!´.
Años después, Mario decidió compartir su vida con Mari Guzmán, su leal y sacrificada compañera, a quien enseñó a jugar el deporte de su pasión, logrando que ganara torneos nacionales. Nacieron los hijos y uno de ellos, Mario Martínez Guzmán, se convirtió en el mejor jugador boliviano de tenis de todos los tiempos, figurando en uno de los puestos de privilegio del ranking mundial … ¡Mario, querido, puedes partir orgulloso de lo que tú y los tuyos han hecho por nuestro país!
*Héctor Ormachea Peñaranda es vicepresidente de la Academia de Ciencias Económicas.
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