Hace algunos meses el padre Eduardo Pérez Iribarne tuvo la gentileza de entrevistarme en su importante programa sabatino de Radio Fides, donde, además del invitado, estaban los politólogos “Voltio” Carvajal y Gonzalo Mendieta, ambos, guardando las diferencias de edad, personajes de alto vuelo y de gran conocimiento del país. Fue un programa interesante y agudo —como los que acostumbra realizar el “tata” Pérez— donde muy poco quedó en el tintero, pese a la larga hora y media de audición.
Uno de los temas que abordaron el “tata” Pérez, Carvajal y Mendieta, tuvo que ver con la libertad de prensa o de expresión. Como yo había sido ministro de Informaciones en dos oportunidades —Paz Zamora y Banzer— el asunto era inevitable y, por lo demás, interesante. Lo destacable fue cuando el sacerdote-periodista me dijo a quemarropa, fuera de vueltas: “¿Existe irrestricta libertad de prensa en Bolivia?”. Yo le contesté, sin dudar, que sí. Que existía libertad de prensa. “Tomo nota de lo que usted me dice”, me respondió Eduardo Pérez Iribarne. La verdad es que me quedé un tanto extrañado de su actitud o de sus dudas. Pero no le di más importancia al asunto.
Ahora sé a qué venía la pregunta. Ahora sé que el sacerdote-periodista tenía algunos reparos con eso de la “irrestricta libertad de prensa”. Y si me equivoco, que me perdone. Si hoy el padre Pérez me convocara a una ronda similar y se tratara el tema de la libertad de expresión en Bolivia, claro que mi respuesta no sería la misma que la de hace unos meses. ¿Por qué? Sencillamente porque desde entonces a hoy la situación ha cambiado muchísimo. No sólo por la estupidez cometida por el Superintendente de Telecomunicaciones, que ya es mucho decir, sino porque a los periodistas o los majan a palos y puñetazos en las calles o les apedrean sus fuentes de trabajo los llamados “movimientos sociales”, que no son sino malandrines milicianos pagados por el partido de gobierno.
La barbaridad que anunció la Cadena A de televisión nos dejó perplejos a todos. En ningún gobierno democrático jamás se había lanzado semejante brulote. Y, para colmo de la estulticia, todavía el señor Jorge Nava, superintendente de Comunicaciones, se respalda en un decreto supremo dictatorial del 2 de junio de 1971 (entonces no gobernaba Banzer por si acaso) donde se dice textualmente que se controlarán “aún las informaciones auténticas (que) puedan dañar o alarmar a la población por la forma y oportunidad de su difusión”.
Sobre el mal gobierno que nos está llevando al despeñadero, no se les ocurre otra cosa a los asesores masistas de S.E. que hacerle crujir las tuercas a los medios informativos y amenazarlos con sanciones draconianas. Sobre los desmanes que se producen día a día, resulta que la prensa tiene que guardar silencio para no “alarmar a la población”. Es decir que el gobierno quiere que la prensa sea cómplice silenciosa y permisiva de todos sus desaciertos.
Y claro, los medios tienen sus culpas, seguramente. Porque cuando don Evo Morales, dirigente cocalero como hoy, apenas balbuceaba algunas frases incoherentes y atolondradas, ahí estaba la radio y la televisión, además de los medios escritos, boquiabiertos por este indio genial que había aparecido en el Chapare. Y el sufrido mesías cocalero fue ascendiendo políticamente bajo el alero de la mayoría de los periodistas. Ahora que se sabe de memoria el libreto de Chávez y Castro (¡no lo saquen de ahí por favor!) y que sus pretensiones han crecido geométricamente, la prensa le incomoda. Como a todo poderoso. Le molesta porque los medios se dieron cuenta, tarde, que el geniecillo no era tal, sino un tío de temer, más listo que el hambre.
Me retracto de lo que le dije al “tata” Pérez y a mis amigos “Voltio” y Gonzalo. Porque estoy convencido de que esto no es sino el comienzo de una persecución a la prensa que no va a cesar, y, como cuando los autoritarismos de los años 30 y 40, serán repetidos al mero estilo “goebbeliano”. O al estilo actual de Chávez.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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