Las manifestaciones de la fe cristiana en la Semana Santa atestiguan una raigambre católica incuestionable en una gran parte del pueblo boliviano. Hemos visto los templos llenos de fieles —aunque no tantos como antes—. Las celebraciones litúrgicas han sido anunciadas y relatadas con profusión por toda la prensa nacional. Son indicadores. Pero no testimonian una conducta generalizada, que garantice la coherencia entre la fe y el comportamiento personal y social de muchos bautizados. Es pues necesaria una nueva y vigorosa evangelización que no sólo compete a los obispos, sacerdotes y religiosos sino también a los seglares que deseamos sinceramente ser mejores.
Pero, así como la religiosidad cristiana es un don divino que el pueblo conserva hasta ahora como parte de su identidad, parecería asimismo que la política de bajo nivel es una maldición permanente que no hay forma de cambiarla por otra con mayor grandeza histórica, más profundo sentido de Estado, más voluntad de bien común. Y tiene que ser la Iglesia la que vuelva a su desinteresada iniciativa de intentar un acercamiento sincero de los bandos en conflicto, en bien del país. Los reiterados llamados al diálogo cayeron en el vacío, hasta que el Gobierno se vio ahogado en su propia incapacidad. Pero, cuando menos se esperaba, el pasado viernes 14, el Presidente de la República que siempre eludió las invitaciones de los obispos, decidió visitar al Cardenal, se supone, para concretar los términos de un encuentro entre los adversarios.
La Conferencia Episcopal por su parte, ha insistido en que no hará el papel de “mediadora” sino de “facilitadora”. Se comprende. Porque la “mediación” presupone la toma de partido por uno u otro bando según las circunstancias, lo cual compromete al mediador —en este caso la iglesia— en decisiones políticas que no son de su competencia. Deben ser las partes que disienten entre ellas las que asuman tales decisiones con sentido de bien común. A la Iglesia sólo le corresponde invitar, allanar diferencias e intransigencias para hacer posible unas conversaciones constructivas de quienes no querían ni verse las caras. Parecía que la Semana Santa ablandaría las tensiones. Sin embargo, no sé si ha logrado este efecto. Y pongo algunos ejemplos: las amenazas del Viceministro de Telecomunicaciones contra los medios de comunicación ha vuelto a enfrentar al Gobierno con la prensa. La prohibición de exportar aceites, agravada por las imprudentes amenazas del vicepresidente García Linera, de ordenar la intervención de las FFAA y de la Policía, ha crispado aún más los ánimos de los productores cruceños. Del otro lado, un individuo fuera de onda ha descalificado al secretario general de la Conferencia Episcopal, Mons. Juárez, como interlocutor válido, lo cual no “facilita” sino que complica el diálogo propuesto. Así que los días santos no han atenuado las hondas rivalidades que agobian al país. Ante estas realidades, ¿será aún posible el diálogo? Personalmente tengo mis dudas. Ante todo porque un Gobierno que no puede disimular su poca simpatía por la Iglesia, no declinará fácilmente de sus convicciones autoritarias y excluyentes, y la parte contraria empieza a poner trabas improcedentes.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
Exportar es morir
Fue Gonzalo Sánchez de Lozada quien propuso al país la consigna de “exportar o morir”. Entonces, el país meditó mucho, entendió el mensaje y decidió exportarlo a él.
De historia y sus momentos
Los medios de comunicación relatan diariamente, hecho por hecho, los acontecimientos que configuran la interminable cadena de procesos políticos y sociales. Las crónicas nos permiten seguir los desarrollos de una serie de temas, algunos interminables o sin alteración significativa y otros que pueden acabar con un desenlace que los resuelve y decide de manera extraordinaria.
Pensando con el hígado
Todo indica que Bolivia se aproxima a velocidad de insensatez al fondo de la crisis institucional, estatal y política. También las variables macroeconómicas se están desajustando muy rápidamente. Una de ellas es la inflación, que parece incontrolable.
Si hoy Lucho Espinal estuviera vivo
Ayer, sábado 22 de marzo del 2008, se cumplieron 28 años del asesinato de Luis Espinal, en la madrugada de un sábado, durante el fugaz período democrático de Lidia Gueiler, entre los golpes militares de Natush Busch y de García Meza. Mañana, lunes, se cumplirán también 28 años del asesinato del obispo Óscar Romero miles de kilómetros más al norte, en El Salvador.
El último maldito
Curioso por el entusiasmo que despertó en Onetti, sobre el que escribo un ensayo, la primera novela de Céline, he vuelto a leer —¡después de casi medio siglo!— al último escritor “maldito” que produjo Francia. Como escribió panfletos antisemitas y fue simpatizante de Hitler, muchos se resisten a reconocer el talento de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961).
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