Mitos y verdades son parte de la historia de la Guerra del Pacífico El autor sostiene que en la historia de la guerra que comenzó con la invasión a Antofagasta en 1879 existen varios acontecimientos comprobados, pero lo que varían son las interpretaciones y percepciones de los hechos.
INVASIÓN • Es el barco chileno Lord Cochrane, que junto al Blanco Encalada atacaron Antofagasta, en febrero de 1879.
La historia de la Guerra del Pacífico está llena de hechos plenamente comprobados, como la invasión a Antofagasta el 14 de febrero de 1879, la defensa de Calama, la retirada de Camarones, el Pacto de Tregua, el Tratado de 1904, etcétera. Lo que varía son las interpretaciones y percepciones de esos hechos. Esas interpretaciones tienen, en algunos casos, bases fundamentadas y, en otros, son producto de construcciones históricas-políticas que no tienen fundamento histórico, lo que prueba que la historiografía es objetiva y científica, pero también muy subjetiva y creadora de mitos.
Por ejemplo, el mito entre muchos chilenos que afirman que Bolivia nunca tuvo mar o el mito de muchos peruanos que consideran que entraron a la Guerra del Pacífico por culpa de Bolivia. Son percepciones muy falsas, pero a fuerza de repetirlas se convencen a sí mismas. Estos mitos serían simplemente anecdóticos si no repercutieran en las negociaciones presentes, tanto en la posición chilena de considerar que no hay nada pendiente, como en la posición peruana de cobrar constantemente una supuesta deuda moral.
Como las señaladas, hay otras controversias en la interpretación histórica de los tres países, tanto externa como internamente. Por ejemplo, en Chile, hay quienes interpretan la invasión chilena como una represalia al no cumplimiento del tratado de 1874 y otros a una política planificada por varios años de apropiación de las riquezas del Litoral boliviano y del Tarapacá peruano.
En nuestro país, a poco de terminar la guerra e inclusive durante el desarrollo de la misma, se presentaron dos visiones históricas que reflejan los conflictos políticos y, por lo tanto, profundas controversias en torno a la interpretación de los trágicos sucesos de la guerra.
Una serie de folletos o capítulos de historias generales, o ensayos, insistieron en acusar al presidente Daza y a sus colaboradores de ser los únicos culpables de la derrota. Acusaron al presidente de haber preferido continuar los festejos del Carnaval y avisar posteriormente la invasión; de no tener un plan concreto para recuperar el Litoral y haberse supeditado a los intereses peruanos y así concentrar la mayor parte del ejército en territorio peruano. También se lo acusa de ser el único responsable de la vergonzosa retirada de Camarones. Estas versiones trataron de ser aclaradas por el presidente Daza, pero fue misteriosamente asesinado cuando iba a asumir su defensa.
Otra serie de folletos, con menos éxito de crear imaginarios, plantearon la otra visión, también desde los primeros años de concluida la guerra. Esa visión, enriquecida, como la otra, por posteriores investigaciones, acusa del desastre a parte de la élite minera de la plata relacionada económicamente con empresarios chilenos e ingleses que tenían intereses en el Litoral boliviano y también en el Perú. Según esa visión, ese grupo de empresarios conspiró para que Bolivia abandone la guerra, rompa la alianza con el Perú, resignados a la pérdida de Atacama, pero con la ilusión de obtener Tacna y Arica.
Para conseguir sus objetivos, según esa versión, esos empresarios coadyuvaron a una misión con las bases chilenas para tentar a Daza, utilizando al prestigioso historiador Gabriel René Moreno; conspiraron para que la Quinta División, acantonada en el sur y encargada de invadir Calama, no avance nunca; conspiraron también a la retirada de Camarones; consiguieron el desprestigio de Daza y se apoderaron del Gobierno. Entre los representantes de esa visión hay quienes sostienen que la cabeza de esa conspiración fue el minero Aniceto Arce y otros afirman que el empresario tuvo como aliados a los generales Campero y Camacho, aunque éstos se reivindicaron luego en la Batalla del Alto de la Alianza.
Esas controversias, de fondo y de detalle, revelan, más que dos posiciones perversas, dos posiciones en Bolivia de política internacional y de políticas económicas respecto al aprovechamiento de los recursos naturales. Una primera posición es la liberal, la del libre aprovechamiento de las riquezas con el sueño de crear riqueza y empleo, posición que coincide en la alianza con Chile.
La otra posición, de línea más estatista para el aprovechamiento del salitre y el guano, coincide más con la alianza con el Perú. Esas dos posiciones también han influido en las negociaciones posteriores.
En todo caso, ha surgido la necesidad de construir una tercera visión más objetiva y alejada, en lo posible, de los calores políticos y controversias poco edificantes. En lo que la mayoría de los bolivianos estamos de acuerdo es en la necesidad de recuperar la cualidad marítima, pero, al preguntarse ¿cómo?, surgen nuevamente los encontrados puntos de vista, externos e internos.
“... estamos de acuerdo en recuperar la cualidad marítima, pero, al preguntarse ¿cómo?, surgen los encontrados puntos de vista...”