Los analistas políticos, de alguna manera, comparten la filosofía de Popper que dice: “el futuro es una página en blanco”, en el sentido de que nadie sabe a ciencia cierta qué puede ocurrir mañana en una sociedad como la boliviana, que desde hace tiempo se mueve en un mundo de caos permanente, donde a diario se tira al tacho de basura la débil institucionalidad y el Estado de Derecho. Esto es la “aguda anomia social”.
Los politólogos tratan de darle cierta racionalidad al “comportamiento de la sociedad” a través de influir, con sus opiniones, sobre los hombres que tienen “poder”, buscando reducir la incertidumbre que siempre está presente en el comportamiento de la vida social —y también individual—. Y uno de ellos es insistir en el diálogo, consejo que es bueno si se quiere evitar la guerra y las innecesarias muertes cuando hay conflictos. Pero esto implica que los revolucionarios pierden el rol estelar que tienen para ceder sus puestos a los políticos, a los hombres prácticos; esas personas tan vilipendiadas en Bolivia, tan criticadas y rechazadas, debido a la generalizada percepción de la gente que cree que aquellos que pasaron por funciones de gobierno, durante por lo menos lo que va del último medio siglo, fueron gente que se aprovecharon y se enriquecieron indebidamente. Quizás, por esto, también el país debería recurrir a sus reservas morales, que son sus instituciones y hombres/mujeres “notables”, para que ayuden a buscar coincidencias con el propósito de salir de la grave situación en que nos encontramos.
Los políticos son los únicos que pueden dialogar. Y esto es así porque el buen político entiende lo que una vez dijo Paz Estenssoro: “La política es el arte de lo posible”; planteamiento que, por supuesto, no comprende un revolucionario ni el curita de la teología de la liberación, porque a diferencia del político, que sabe que “la página del futuro está en blanco”, el revolucionario cree que sabe por dónde va la historieta, se siente un predestinado para dirigir a las masas a lo que el destino tiene ya escrito, su reto no es saber qué pasará mañana, él ya sabe: su reto es acelerar este hecho. A esto se llama historicismo, muy propio del marxismo. En verdad, lo que caracteriza a un revolucionario es su fanatismo, que linda en lo que se puede denominar paranoisismo y esquizofrenia.
Para que los políticos puedan sentarse a dialogar se requieren determinadas condiciones inexcusables. La primera es que no sean revolucionarios, porque éstos, por principio, no dialogan; combaten, hacen la revolución, consideran al otro su adversario y, por tanto, su objetivo es la victoria. La segunda es que tengan, de inicio, coincidencias sobre la manera de ver el mundo; no se requiere que sean amigos. La principal coincidencia es considerar inviolables los derechos de todos los miembros de la comunidad política en cuestión, comenzando por el respeto irrestricto a la propiedad privada, aunque como grupo social los propietarios puedan ser una minoría. A partir de estas premisas se pueden alcanzar beneficiosos acuerdos políticos, porque, de principio, se sabe que tales acuerdos arribados nunca irán en contra de los derechos, y por el contrario los afianzarán. Todo acuerdo a que lleguen será en beneficio del interés individual de cada miembro de esa colectividad, que negocia a través de sus representantes —que son los políticos— y no a favor de un determinado grupo social, por más escogido que se sienta por la fábula o la divina providencia, como les gusta sostener a los portavoces de la Teología de la Liberación.
Es que la democracia no es como algunos piensan: “el gobierno de la mayoría para hacer lo que les venga en gana con la minoría”. Democracia no quiere decir que la mayoría, mediante el voto, desconoce los derechos de las minorías. No, democracia es que alguien gobierna “en nombre” de la mayoría, a partir de normas que son compartidas por todos. Por eso se suele decir que democracia es gobierno de la mayoría respetando los derechos de la minoría, lo que es lo mismo decir: respetando la Ley, y si se quiere no caer en lo que John Locke ya dijo en 1690: “Cuando acaba la Ley, comienza la tiranía”. Por esta razón, están equivocados quienes sostienen que la solución política a la terrible crisis en la que vive Bolivia se resuelve poniendo a consideración del voto el bochornoso proyecto de Constitución Política del MAS, porque este proyecto ha introducido algo inadmisible para el siglo XXI, la desigualdad en los derechos. Puede este proyecto imponerse en un referéndum, pero nunca será la base para desarrollar Bolivia en paz y armonía, sino la eterna causa para el conflicto y para afianzar la “contrarrevolución”.
No, democracia es que alguien gobierna “en nombre” de la mayoría, a partir de normas que son compartidas por todos.
*Armando Méndez Morales es economista y ex presidente del Banco Central de Bolivia.
¿Qué pasó?: Cronología del proceso de diálogo
A fines de noviembre de 2007, se aprobó unilateralmente, en un cuartel, el Proyecto de Constitución del Gobierno "en grande", dejando tres muertos y centenares de heridos.
Opciones para el diálogo
Estamos ante un riesgo grave y próximo de división y enfrentamiento en el país con la realización del referéndum en Santa Cruz el día 4 de mayo del presente año para poner en vigencia anticipada el Estatuto Autonómico; medida extrema adoptada como consecuencia de los defectos estructurales de la Constitución del MAS y de la negación de la autonomía departamental que este proyecto de Constitución sólo reconoce en apariencia.
El Presidente y la Iglesia
Aunque S.E. se compare con el papa Benedicto XVI y el gobierno del MAS con el Vaticano, lo cierto es que una y otra cosa nada tienen que ver. Es una ironía más de S.E., que ahora se le ha dado por tomarle el pelo a la gente, lo que significa que está perdiendo temor al "k'ara". Al fin de cuentas es algo positivo para Bolivia.
Reparando una injusticia histórica
Resulta que en Bolivia ya nos hemos acostumbrado a relacionar la fecha del 23 de marzo (combate de Calama) con la Guerra del Pacífico, como si ésa hubiese sido la única acción de armas de aquella contienda.
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Mantendrá el socialismo pero flexibilizará la economía