Los días pasados hice un apresurado camino desde el valle hasta el chaco visitando municipios. Entre todo lo que fue novedad, ajetreo y disfrute, escogí para compartir con ustedes las dos experiencias que vienen a continuación.
Una. El minibús se movía raudo siguiendo la cinta gris de la carretera protegida entre montañas por ambos lados, que parecía casi una plataforma suspendida en el aire. Una podría creer que iba camino a ninguna parte, si no hubiera sido por las numerosas casas que a la orilla de la carretera alcanzan a los viajeros sus patios, parras y pailas incitándolos a quedarse junto al fragante chicharrón de la mañana. Dos vueltas más y de pronto, al frente, el valle: verdor y algarabía de pájaros bajo un sol seco y ardoroso que estrenaba el otoño cochabambino.
Tenía cita con la presidenta del Concejo Municipal, pero tuvo que postergarse porque la autoridad estaba atendiendo a un grupo que exigía respuesta a una petición formulada el año 2006 para la aprobación de una línea de transporte que debía pasar por su zona. No habían tenido respuesta en todo ese tiempo, pese a sucesivos reclamos. En la oportunidad exigían que las autoridades respondieran sí o no, pero que respondieran oficialmente. Reclamo básico por el derecho de petición y el derecho a ser atendidos. Fui testigo de la frenética búsqueda de la documentación de referencia en los archivos físicos y en las computadoras de la oficina municipal.
Como es lógico y legal, aquí no importaba que las autoridades municipales no hubieran estado ejerciendo en la fecha en que se hizo la petición, ya que debía responderse institucionalmente. Destaco tres aspectos de esta situación: primero, que la gente ejercía con claridad y conocimiento de causa un derecho; segundo, que la petición no era para forzar una respuesta positiva a su demanda, sino la atención a la misma y, tercero, que la autoridad no sólo asumió la responsabilidad que le correspondía, sino que estaba consciente de ella. Por lo tanto, se produjo un diálogo democrático e institucional que era reflejo y, al mismo tiempo, alimento de un proceso de empoderamiento y construcción democrática de la ciudadanía y del propio municipio.
Dos. Ciudad de frontera, sol abrasador, toldos en fila inacabable y sopor de estación con temporada baja. En una casona remodelada del Concejo, la presidenta me pidió paciencia mientras atendía, jacarandosa y comprensiva, las quejas de la esposa de uno de los concejales.
—Viaja mucho, sólo se dedica a su trabajo, desde que es concejal ya no tiene tiempo para su propia plantación— decía ella.
—Es su trabajo, él es muy activo y responsable, para eso fue elegido y está desarrollando proyectos importantes con las comunidades— decía la concejala.
Potosinos, como muchos en esa ciudad, la pareja cambió el frío de su región por el agobiante calor chaqueño y la dura labor agrícola y sus mezquinos frutos del altiplano por el esplendor del trópico. La comunidad local, variopinta y multicultural reconoció y premió esa apuesta eligiendo al concejal. La compañera del entusiasta servidor público tuvo que aceptar las explicaciones y volverse a la chacra rumiando el exceso de trabajo.
Con cada uno de esos pequeños actos administrativos y de convivencia, nuestra democracia crece, gracias a esfuerzos que estamos desarrollando desde hace 26 años. Aunque unos tengan mala memoria y otros no lo quieran ver… se mueve.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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