Entre las cosas americanas que renominaron los conquistadores españoles, pocas tan mal bautizadas como la papa, el ananás y el guajolote. A la primera la llamaron patata, por despiste con la batata dulce; a la segunda le pusieron piña, porque su aspecto les recordaba el de la fruta del pino; y al tercero lo inscribieron en la culinaria como pavo.
¿Qué permitió que se confundiera al pavo real, animal ostentoso y egocéntrico, con el humilde guajolote? No lo sé. Aquél despliega un abanico de plumaje multicolor y sedoso, al paso que éste tiene apenas una manotada de plumas bastas; aquél olfatea el aire con un piquito como de señora de la alta sociedad, en tanto que éste exhibe la monstruosa verruga colorada que también mostrará la misma señora, pero dentro de veinte años. El pavo real es producto de la fauna de la India y las canciones de Agustín Lara; el modesto guajolote es invento total de la cocina casera. El primero emite un lamento cursi; el segundo salpica los oídos con un ´fiur fiur´ digno del bobo de la clase. El pavo real se desplaza con elegancia tanguera, y el guajolote lo hace a tropezones. ¿Por qué, pues, fueron a asignar el nombre de pavo al guajolote?
Simplemente porque ambos tienen alas y nacen del huevo. Con semejante argumento, también podrían haber llamado perdiz americana al ñandú o ruiseñor del neomundo a la deslenguada guamacamaya.
Estamos, pues, ante uno de los casos más perniciosos de nominación equivocada que registren los anales de nuestra lengua. Al tomatl, que tiene el mismo origen náhutal que el guajolote, los españoles aceptaron llamarlo tomate, y al cacahuatl lo toleraron como cacahuete. En cambio, a este pobre pájaro le han dado en lenguas varias diversos nombres, todos ellos errados.
En la zoología figura como meleagris gallopavo, lo cual ya lo emparienta con ese odiado primo rico, el presuntuoso pavo real. En inglés se le llama turkey, por confusión absurda con la gallina turca. Los franceses, inexplicablemente, lo registran como una campana: dindon.
A tantas humillaciones, el pavo corresponde con generosidad extraordinaria engendrando numerosas expresiones castellanas. La edad del pavo es, en España, la de la adolescencia. La pava es, en Venezuela, la mala suerte. Una pavada es, en Argentina, una bobada. A la charla de los novios se le llama pelar la pava; al rubor, subírsele a uno el pavo; las muchachas que no bailan, comen pavo; los que las sacan a bailar, despavan; el que pide una colilla reclama la pavita.
Unos pesos son unos pavos, un pavitonto es un idiota y un pavisoso es un necio. Pavonearse es exhibirse orgullosamente; pero debe venir del otro pavo, el lobazo de las plumas tornasoladas, porque el pisco tiene poca mercancía para la vitrina.
Hay otros vocablos de procedencia distinta pero que, por resonancia, parecen nacer en el mismo nido en el que las hembras ponen sus huevos pecosos: pavana, pavés, pavesa, pavor, despavorido, impávido…
Según se ve, la lengua española ha dado poco y recibido mucho del pavo. Por eso hace unos años yo empecé a sentir un horrible complejo frente a él. Y tuve el pálpito de que sólo había una manera de compensar el desdén con que lo tratamos, y esa manera no era otra que preservarlo de la mesa y endiosarlo como se endiosa a otras aves. ¡Valiente homenaje el que le hacemos en la Nochebuena o el Año Nuevo, al sacrificarlo para ponerlo desnudo, relleno y despatarrado encima de un mantel, mientras la pava y los pavitos lloran su ausencia!
Por eso, en mi casa modificamos por completo las costumbres: al pavo lo tenemos en una jaula, divinamente alimentado y consentido, y en cambio el 24 o el 31 preparamos canario relleno. Es verdad que ni el pavo canta como el canario, ni el canario alcanza a alimentar a la familia como lo hacía el pavo. Pero al menos tenemos la dulce sensación de estar haciendo justicia.
Tuve el pálpito de que sólo había una manera de compensar el desdén con que lo tratamos, y esa manera no era otra que preservarlo de la mesa.
*Daniel Samper P. es periodista.
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