La guerra económica que se ha desatado contra el oriente boliviano parece que, al margen del aceite, el arroz, el azúcar y otros productos de la canasta familiar, también pretende sustituir la carne del ganado vacuno por el burro. El aceite comestible se lo puede importar, pero a precios altos. Además de que tenemos aceite en abundancia y barato. El arroz se lo puede sustituir, fácilmente, por la papa, en el occidente. Prohibir la exportación de azúcar es un soberano disparate, porque, como el aceite, no tiene otro fin que arruinar la economía cruceña, fundamentalmente. Pero, dentro de esta especie de dumping, decidirse a comer carne de burro, para no depender del vacuno beniano y cruceño, ya es el desmadre total. Y no es porque la carne de burro sea mala, sino que no estamos seguros de que sea buena. Ahora bien, si más de la mitad de los chorizos y salchichas que se consumen en Bolivia son de carne de perro o gato —salvo los gloriosos Stege, Dillmann y los afamados embutidos chuquisaqueños— no creemos que las entrañas de los jumentos nos vayan a matar.
Una vez que se acaben las raquíticas vacas del altiplano y las llamitas —que no alimentan ni un mes a los paceños— habría que meterles cuchillo a los pollinos (que no son pollos sino borricos) y ver a qué saben. Estoy seguro de que así como el gato por liebre y el perro por cerdo, ya hemos comido caballo o borrico por res. Posiblemente, un guiso de burro pueda tener un buen sabor, dependiendo de quién lo cocine y qué especias tenga. Y una hamburguesa de caballo, con papas fritas, también puede burlar un fino paladar. Además, dejémonos de historias; atávicamente ya hemos comido hasta carne humana. ¡Qué más da un manso, orejón y bien dotado jumento! A la olla y ¡saz! O a la parrilla con unas papas horneadas y sin desperdiciar sus criadillas. Ahora bien, La Razón del martes pasado dice algunas cosas que nos espantan un poquito. Existen algunas diferencias de criterio entre el Instituto Boliviano de Normalización y Calidad (Ibnorca) y el alcalde de La Paz, Juan del Granado.
La Alcaldía sostiene que en La Paz aún no existen los mecanismos de control sanitario para saber si la carne de burro es apta para el consumo humano. Ahí entran esos antipáticos controles fitosanitarios. El burro, por lo demás, no se destaca justamente por su lucidez y eso puede ser contagioso. Ahí lleva razón el Alcalde para cuidar de sus súbditos. Ibnorca piensa que la carne de polillo —de los que montaba Sancho a la zaga de su Señor— es de ´alto valor nutritivo´. Pero que los jumentos, por razones de higiene, tienen que ser inspeccionados antes y después de ser faenados. ¡Todo un fastidio!
Si el burro se impone en occidente, no va a ser por mucho tiempo. No hay tantos pollinos como para alimentar a cientos de miles de personas. Además, como vemos, no es tan sencillo esto de comer burro, porque afirman que su carne ´madura rápido´. Es decir que se pudre con mayor facilidad. Además, los burritos habían tenido estrés, lo que ´perjudica el valor nutritivo´.
Mientras al Gobierno se le pase la iracundia contra el aceite, el arroz, el azúcar y la carne de los llanos, y se le pase la ocurrencia de que los productores cruceños quieren joder la economía nacional con el propósito de tumbar a Evo Morales, venderemos nuestros productos de contrabando y con lo que sobre, que será mucho, nos pegaremos unos atracones de carne de primera, con yuca y una cerveza helada, siempre con el riesgo de que suba el colesterol hasta los cielos, ojalá que no llevándonos con él.
Los bolivianos somos extremistas en nuestras posiciones. Siempre estamos unos contra otros. Para eso no hay otro remedio que esperar que se calienten las sillas en el Arzobispado y las cosas se compondrán. Pero, entre tanto, habrá que ver qué carnes podrán reemplazar a los sabrosos churrascos benianos y a la no menos buena carne de Santa Cruz. Todo es cuestión de ponerse de acuerdo.
*Manfredo Kempff S. es escritor y diplomático.
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