Curioso escenario éste en el que prácticamente todos los bolivianos coincidimos en que lo que necesitamos con urgencia es unidad, sensatez y serenidad, mientras los sectores de poder y las minorías eficientes se empeñan en romper a golpe de martillo el delicado cristal construido por milenios, que ha hecho posible esta entidad que nos cobija bajo el nombre de Bolivia.
En estos dos últimos años, la suma de violaciones a la ley es de tal magnitud, que desde que el Gobierno desconoció el principio de los dos tercios que llevó a su proyecto de Constitución, hasta la decisión de Santa Cruz de hacer un referéndum sobre su proyecto de estatutos que desconoce la segunda parte de la pregunta del primer referéndum autonómico y desconoce la Constitución vigente, la larga lista de irregularidades nos obligaría a desconocer ambos textos. Ninguno puede ser sometido al escrutinio popular porque ninguno cumple con las normas mínimas.
El primer y más grave daño es el del proyecto grande de país, que el MAS y Evo encarnaron en enero del 2006 y que está atravesando una crisis que pone en riesgo no sólo ese proyecto sino nuestro futuro común. A estas alturas no es difícil saber que el Gobierno ha perdido la brújula, con el agravante de que lo económico surgió como elemento no previsto en este contexto. Inflación con la consecuente alza de precios, exceso de liquidez en el mercado, problemas de abastecimiento y una sensación de intranquilidad en los votantes masistas que podría convertirse en descontento si esta situación no se revierte, deficiente gestión y desastroso manejo de la política energética, completan un panorama más que desalentador, peor aún por el hecho de que este Gobierno enarbolaba la bandera de la “revolución democrática y cultural”.
Pero, dado que el daño hecho es ya irreversible, hay que avanzar sobre lo posible más allá de lo deseable.
Sobre esta trama tan frágil y precaria, apoyada, sin embargo, en la fuerza de un voto que aún se debe recordar, una mayoría parlamentaria y en la Asamblea y una alta capacidad de convocatoria en las calles, es que debemos leer el país en esta hora aciaga.
Primera constatación, el cambio tiene dos puntas y el inmovilismo tiene dos puntas.
Evo y el MAS son el cambio porque han dado un giro de tuerca irreversible al reconocimiento del mundo indígena iniciado en 1952; ese giro tiene que ver con la idea real de la inclusión que el mismo Evo representa y el hecho de que el brazo indígena de nuestra tradición (con todo lo que implica) no puede ser olvidado ni excluido cuando concebimos un nuevo pacto social (lo que por supuesto no tiene mucho que ver con el desaguisado de la Constitución masista que está en el tapete hoy). Ese es uno de los problemas, ese salto cualitativo debe reformularse porque su filosofía básica es correcta, siempre y cuando se entienda que la utopía arcaica debe desterrarse y que el voluntarismo comunitarista debe aterrizar en la realidad. Pero también Evo y el MAS son el inmovilismo porque persisten en negar de facto la idea de autonomías, debilitarlas con subterfugios harto groseros y, sobre todo, porque siguen anclados en la idea de un superestado que no sólo no podrá lograrse, sino que de hecho se ha desmoronado. El Gobierno es hoy un gobierno sin Estado, su recomposición debe aceptar la revolución autonómica de la participación popular frente a nueve espacios territoriales con respuestas de administración, ejecución y concepción, diversas, pero válidas. Evo y el MAS confunden la idea de unidad con la idea de hegemonía autoritaria, imposible en la Bolivia diversa de hoy a la que los cambios de 1993 le dieron un impulso en una dirección irreversible (que ni su propio creador acabó por entender).
Las regiones y la oposición son el cambio porque han decidido ir sin posible retorno a la construcción de un nuevo, creativo y fructífero Estado de poderes repartidos y coordinados, de espacios territoriales autónomos, capaces de avanzar con sus propias lógicas y con sus propios desafíos, comprometidos con la idea de que el concepto de Nación boliviana no está en discusión. Más que eso, que sin ese Estado nacional boliviano, todo el andamiaje del fortalecimiento del poder departamental cae por su base y carece de sentido. Pero también las regiones y la oposición son inmovilistas, porque pretenden desconocer la importancia legítima de su interlocutor y no comprenden que su defensa republicana y liberal en la concepción de su Carta Magna (desmesurada hasta ser una Constitución paralela), es compatible con la inserción de una realidad no occidental válida y necesaria para el futuro del país.
Si es tan evidente que esa palabra que sonaba cada día más abstracta de “revolución” es real. Si es evidente que estamos ante la posibilidad de un paso adelante y no del Apocalipsis. ¿Por qué extraña e incomprensible razón escogemos el Apocalipsis o la posibilidad de que se produzca? Por una vez, las partes pueden producir un todo consistente y promisorio, pero una vez más deciden descuartizarse, negarse y abalanzarse la una sobre la otra.
En su esencia, Gobierno, regiones y oposición tienen elementos de gran fuerza y de gran sentido histórico, pero eso no quiere decir que de lo que se trata es de armar un “saco de aparapita”, ni un ensamble. Los textos en disputa no se pueden ensamblar, pero sí son el punto de partida para un Pacto Social que recoja lo mejor de ambos pensamientos, y eso es complejo y difícil. Lo notable es que el nuevo Estado ya se está construyendo, aún en medio de las amenazas y del fuego, lo que se requiere es su reconocimiento formal que permita la reconstrucción de un Estado de estas nuevas características, que de hecho funciona. Lo que es incuestionable es que primero viene el todo y después las partes. El Pacto Social debe nacer para toda esta Nación y su territorio y de él debe nacer el Pacto entre los departamentos que lo conforman y no al revés.
¿Están tan locos los poderosos que no pueden recoger el clamor popular de la sensatez, el diálogo y la paz para lograrlo?
*Carlos Mesa G. es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
El retorno de Cuba
Dios ha querido, por sus siempre insondables razones, que Fidel Castro siga viviendo cuando han comenzado las reformas políticas y económicas que permitirán la participación del sector privado en la producción de alimentos en Cuba.
Se agrava el caos
De nuevo, no puedo eludir el manoseado asunto del diálogo Gobierno-prefectos. Las cosas están yendo tan mal que cada vez se aleja más la probabilidad de una solución consensuada, que podría calificarse de civilizada.
Óleos, non sanctos
Finalmente, Don Evo y Alvarito dieron un zarpazo contra el neoliberalismo, el libre mercado y la ley de la oferta y la demanda. Tengo que confesar que en lo personal la medida me ha tranquilizado, porque ya comenzaba yo a dudar de mis convicciones, y de mi capacidad de lectura.
¡Joven! Haga fila
En cierta ocasión, un artista exhibía una hermosa escultura de un elefante tallado en piedra. Una persona maravillada con la obra de arte se le acercó y preguntó cómo había logrado un elefante tan perfecto. El escultor miró su obra y respondió: "agarré una piedra de mármol y le saqué todo lo que no era elefante".
Economía al verrés
En mis 39 años de vida profesional, nunca he visto un gobierno —en Bolivia o en el extranjero— que tome tantas medidas en contra de la producción o del empleo, como las que está tomando el actual Gobierno.
Yo soy la Voz y la Verdad
El problema con el Estado no pasa sólo porque interviene en la economía desarticulando todo el sistema de precios y desequilibrando el mercado. Su mayor peligro reside en el sometimiento del ser humano. Sucede cuando le señala con su dedo flamígero lo que tiene que hacer. Hincha su pecho para decirle con su mirada paternalista que él representa la moral.
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Como Fidel, sin ningún cambio
Mantendrá el socialismo pero flexibilizará la economía