Las 11 salas del repositorio de Copacabana dan para guardar mantos utilizados por la imagen desde 1800 y los que empleará hasta el 2047.
Texto: Jairo Marcos • Fotos: Miguel Carrasco
¿Qué tienen en común tres floreros en delicada porcelana asiática, una némora (candelabro con figuras de origen judío) y parte de un pez sierra? Aparentemente nada, pero todos ellos comparten morada en el museo del santuario de la Virgen de Copacabana. Las coincidencias quedan entonces develadas en torno a la Patrona de Bolivia. De mayor y menor valor, son piezas obsequiadas por los devotos.
Construida a 3.841 metros sobre el nivel del mar, entre los cerros Calvario y Kesani (Niño Calvario), Copacabana desemboca en el Titicaca. A la sombra del lago y bajo la figura de la Virgen, en una comisura de la Basílica de Nuestra Señora, aguarda silencioso y paciente el museo. No hay datos, pero el suyo es un poder de convocatoria mucho menor que el de sus coetáneos. Sólo unos pocos visitantes, quienes reservan unos minutos de su tiempo de esparcimiento o peregrinación, pueden agraciarse con su visita.
El templo que sirve de cáscara de nuez a la exposición es un edificio de estilo morisco, construido en 1550 y reconstruido en los años 1610 y 1651. Bajo la orden de los franciscanos, entre 1910 y 1913, se levanta el actual camarín de la Virgen. Sus bajos serían el primer destino improvisado del museo.
Varias modificaciones después, es ahora en el lateral izquierdo de la nave, siguiendo la posición de quien ingresa por la puerta principal de la basílica, donde aguarda paciente la pequeña colección, que consta de once salas.
Un retrato que adivina el ánimo
Parece tener vida. Cuando le observas y te devuelve la mirada es porque disfrutas de un momento de felicidad; por el contrario, si encuentras sus ojos cerrados, significa que te abruma la aflicción. El rostro de Jesús en el manto sagrado es sin duda una de las piezas más valiosas y sorprendentes del museo. Pintado en 1714, persigue siempre con la mirada a cuantos curiosos se le acercan. Y les da su veredicto sobre su estado de ánimo. No terminan ahí las paradojas, que completa el padre René Vargas Galián: ´Lo curioso es que lo hizo una mujer, cuando en ese tiempo las mujeres no se atrevían siquiera a firmar´.
También en la tercera sala se encuentra otra de las perlas de la galería, el Cristo en marfil de elefante. Desoyendo a la tradición, esta figura, modelada con riguroso detalle en tres piezas —de cabeza a pies y los dos brazos—, ´mira hacia el cielo, cuando lo normal es que lo hiciera hacia los hombres. Son muy pocos´, señala la encargada de explicar la exposición a los visitantes, Reina Ramos Apaza.
En la muestra se pueden hallar cerámicas asiáticas, fotografías de la coronación de la Virgen, pinturas que siguen el dictado de las escuelas cuzqueña y potosina, floreros varios, una custodia enchapada en oro del siglo XVII, representaciones de los milagros de la Virgen en láminas de plata, casullas y dalmáticas, billetes nacionales y extranjeros que dejaron los devotos, caparazones de tortuga obsequiados por los trinitarios… Once salas dan para mucho. Incluso para guardar los mantos utilizados por la Virgen desde 1800. Y los que empleará hasta 2047. A razón de tres por año, la mayoría forrados con hilos de oro.
Quien tiene la oportunidad de visitar el museo de la Virgen queda sorprendido, sobre todo, por la antigüedad de los objetos, así como por su belleza y variedad.
También llama la atención su reducido tamaño y desordenada lógica, algo de lo que son conscientes los franciscanos: ´Está todo mezclado y por eso estamos ampliando. Lo expondremos con un orden cronológico, para contar cómo ha llegado la imagen a Copacabana. Ahora es provisional; no con el sentido de enseñar, sino de mostrar. Pero ha sido un buen trabajo porque se conservan muchas cosas antiguas. Para junio esperamos tenerlo reubicado y reordenado´, manifiesta Daniel Rocha.
Invitar a visitar un pequeño museo religioso semiescondido en un cobijo de la basílica, con las aguas del Titicaca y la Virgen como testigos, parece predicar en el desierto. Aún más, el entorno natural único y los innumerables parajes arqueológicos preincaicos e incaicos invitan a lo contrario. Pero, por todo lo descrito, sólo resta soltar el recurrente ´merece la pena´. Pasen, vean y juzguen ustedes mismos.
APERTURA
El Museo del Santuario de la Virgen de Copacabana abre sus puertas toda la semana, excepto el lunes. El horario de apertura es de mañana y tarde, con un pequeño receso para el almuerzo. La entrada cuesta cinco bolivianos, con descuentos del 50 por ciento para grupos de, por lo menos, 10 personas. Copacabana está a 150 kilómetros de La Paz; cerca de tres horas y media de viaje en buses y minibuses que salen diariamente desde el Cementerio, General por 12 y 15 bolivianos, respectivamente.