No es nada original afirmar que Bolivia está pasando por uno de los momentos más peligrosos de su historia. Ni durante la Guerra del Pacífico, ni durante la campaña del Chaco, ni durante la Revolución de 1952, el país estuvo a punto de hacerse trizas como hoy. La intolerancia del poder central y su ceguera para comprender la realidad nacional ha provocado una reacción similar en las regiones orientales y del sur. El problema se agrava más porque no sólo hay un enfrentamiento entre regiones, sino porque ahora el tema es de mentalidad, donde no interesa el color de la piel. Indistintamente se piensa como indígena, como mestizo o como blancón. Un indio puede deplorar las acciones del MAS, porque se siente perjudicado y hasta estafado; como algunos blancuchos pueden estar del lado de Evo Morales —de hecho están en el Gobierno— pero por zurdos frustrados o por oportunistas.
Desde esta perspectiva, resulta que el país no está sólo dividido en dos partes, sino en diez. Se ha convertido en una nación tribal, donde cada quien quiere tener sus propias leyes, su propia economía, sus propios conductores y hasta, si cabe, sus propias creencias religiosas. El caudillo, hoy, es Evo Morales, pero en Bolivia aparecen caudillos de la noche a la mañana, así que nadie está seguro en el poder. Lo difícil es que las republiquetas existentes se vayan a poner de acuerdo alguna vez por la vía del diálogo.
´Es que nadie cree en nadie´, ha dicho el cardenal Julio Terrazas el domingo. Y esa es una gran verdad. Nadie quiere creer en nadie sino en sí mismo. Que no a los globalizadores, ni a la democracia pactada (no hay democracia sin pactos que no sea el unipartidismo autocrático), que no al socialismo udepista, que no al movi-adenismo-mirismo, que no a Tuto, y que tampoco al retrógrado indigenismo en boga, que le está yendo como la mona, y que con una derrota electoral no vuelve a levantar cabeza más.
A este paso, como dijo el Cardenal, se están cerrando las puertas a la vida y se las está abriendo a la muerte. ´La paz hay que construirla entre todos´, sin armas, ha afirmado, y es evidente que sea así. Si vamos a ser sinceros, aunque parezca una locura, no existen ánimos de dialogar. Se veta para el diálogo al Arzobispo de El Alto, que es un santo varón y hombre de coraje, y con eso la Iglesia tendrá que pensar dos veces antes de meterse en el berenjenal. No cabe duda de que el Cardenal es la persona idónea para moderar los ánimos antes que truenen las balas. Pero eso puede ser posible si existen ganas de pactar y no de adoptar políticas económicas absurdas, mezquinas, desde el Gobierno, que van a empobrecer aún más al país y a levantar rencores irreconciliables.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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