Conocí a mi mujer cuando se disponía a correr la Doble Copacabana en un Dodge Polara, acompañada por su prima. Con su padre logramos disuadirla del intento. Dada su pericia en el volante, desde entonces me convertí en un feliz copiloto, sin complejos ni revueltas, hasta que se inventaron las modernas tecnologías de comunicación y llegaron implementos de uso femenino diseñados por grandes costureros, que transformaron mi función de acompañante en una actividad de alto riesgo y tensión.
Hasta ese momento, nuestra relación de pareja pasaba en las movilidades por días de simpatías compartidas y buen humor a raudales, que me permitieron dejar patitiesa a una antropóloga norteamericana que hacía una investigación acerca del machismo entre los latinos. Sin desconocer su fuerte presencia en nuestra cultura y sociedad, sobre todo en las conductas manifiestas, intenté explicarle su paulatina atenuación en las prácticas de los hombres y mujeres jóvenes. Insatisfecha con mi declaración, me hizo la pregunta crucial: ¿Le presta usted, alguna vez, el auto a su mujer? Mi respuesta escueta y concluyente, siempre, puso fin al diálogo; se fue pensando seguramente que se trataba de un testigo atípico, alejado del molde previsto.
Recorrimos caminos y ciudades, mi mujer de conductora y yo de copiloto satisfecho. De vez en cuando alguna discusión sobre qué ruta seguir en un cruce de caminos mal señalado. Nada grave. La relación se mantenía firme, no exigía compromisos complicados, tampoco habilidades de cuidado, un poco de atención, que no reñía con la libertad de soñar despierto. El tono nostálgico señala que ya no es la de antes. Con la llegada de los bolsones de diseño a la moda, en reemplazo de la cartera elegante y sobria, especialmente en cuanto a su capacidad de recibir objetos, y del celular que se desliza por todas partes hasta hacerse inencontrable, cambió todo.
La culpa cae —hay que decirlo— en los bolsones nuevos con sus múltiples compartimentos, bolsillos donde encuentran no acomodo, sino lugar los indispensables productos de belleza femenina y un sinfín de objetos chicos y grandes, entre ellos el celular; monederos pequeños, medios, grandes; anteojos para diversos usos; remedios; libretas de distinto formato; pañuelos. Un verdadero cajón de sastre.
De pronto, mi puesto de acompañante se vio turbado por voces con inflexiones de urgencia: Contesta al celular, yo no puedo, manejo. Está en el compartimento de la derecha ¿Visto desde cuál lado? La búsqueda en contadas ocasiones termina con éxito. Ve quién llamó. Sigo todos los pasos para encontrar el número y la pantalla aficha ´sin servicio´. Seguida de una mirada cargada de reproche de mi mujer. Qué culpa tengo de atravesar una zona donde el servicio se corta. Dame la dirección, está en la libreta. No esa, la mediana. Mis lentes de sol. ¿Dónde diablos se metieron?
Y ni qué decir de las rutas establecidas en el computador. Todo simple, salvo el letrero de la calle en la cual debíamos doblar a la derecha, ilegible a 20 metros de distancia, con una larga fila de autos apresurados por detrás.
Cuántos sobresaltos, tensiones, incomprensiones. Mi puesto ya no es el de antes. Los grandes ensayistas contemporáneos llaman la atención sobre los temores e incertidumbres de los hombres por las grandes amenazas que los acechan: el choque de civilizaciones, tan mentado por S.P. Huntington o los riesgos, no inexistentes, de un cataclismo nuclear de U. Beck. Pocos se interesan por las angustias cotidianas, del entorno que creíamos manejar.
Mi feliz posición de acompañante me pone en apuros que exigen desarrollar cualidades para las cuales reclamo el calificativo de heroicas, sin ninguna exageración. Se ha distanciado de las rutinas cotidianas, de su previsibilidad. Pide una disposición a asumir las aleas de pedidos imprevistos, de exigencias fuera de cualquier presagio en general asociadas a los actos de heroísmo. ¿Cómo hallar el objeto perdido en un coche que corre a 100 kilómetros por hora en una ruta llena de baches, o contestar la llamada de la pedicura para confirmar por tercera vez la cita del miércoles a las cuatro, en un celular oculto entre los pliegues y repliegues de un bolso? Hay un heroísmo doméstico ignorado por los filósofos y el común de los mortales. No es fácil vivir parte de las jornadas diarias con tal carga.
Mi encuestadora americana tendría hoy otra visión de la situación. Probablemente sugeriría que me entreguen el coche. Muy tarde. Prefiero las apremiantes inquietudes de acompañante a las del conductor.
Mi feliz posición de acompañante me pone en apuros que exigen desarrollar cualidades para las cuales reclamo el calificativo de heroicas.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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