´El pueblo boliviano, de composición plural, desde la profundidad de la historia, inspirado en las luchas del pasado, en la sublevación indígena anticolonial, en la independencia, en las luchas populares de liberación, en las marchas indígenas, sociales y sindicales, en las guerras del agua y de octubre, en las luchas por la tierra y territorio, y con la memoria de nuestros mártires, construimos un nuevo Estado´. Esa alambicada prosa encabeza el preámbulo del texto de la nueva Constitución Política del Estado. Posiblemente sea el único trozo que no fue modificado ni reescrito en su fuga apresurada de Sucre, su paso aventurero por Oruro y, luego, su aterrizaje en la Lotería Nacional. Si uno juega a las metáforas puede decir que es un lugar interesante —el de la Lotería— para concluir —en concordancia y estilo, chanfle— con la redacción de un documento cuyo destino está sujeto al azar. Ya sé, caros lectores, que es incongruente hablar de azar y destino en un mismo trecho, pero ustedes saben que yo y los boleros… entonces, prosigamos. Volvamos a la declaración seudopoética del preámbulo para deambular por sus meandros en busca del tiempo perdido. Y entre las pequeñas cosas que el texto borró de la historia está la revolución nacionalista, la insurrección popular, el 9 de abril del 52, esa gesta que según la preambulada no merece ningún motivo de recordación de sus cincuenta y tantos años de aniversario.
Es que estamos en proceso de refundación del país, dicen los que se hacen a los que saben. Y por eso se trata de revisar el pasado; es necesario reescribirlo como mirando al futuro, es decir, justificando las cosas actuales. Así el asunto, resulta que la revuelta popular de abril de 1952 y las medidas revolucionarias de redistribución de tierra (reforma agraria), fortalecimiento del
Estado (nacionalización) y ampliación de ciudadanía (voto universal) no tienen cabida en la reinterpretación oficialista de la historia (Ej., plurinacional, dizqué, desde ahora), quizás porque expresan la parte plebeya de la protesta popular que tanto escuece a los fundamentalistas de toda laya; porque es la cara nacional-popular que suena a mestizo, a mezcla, a historia, con minúscula. Es que estamos en proceso de reescritura de la Historia —con mayúscula— y nadie se apiada de la veracidad porque si no para qué se inventó la teleología al revés. Porque la crítica a la noción occidental de ´progreso´ se sustenta en que pretenciosamente prefigura lo que vendrá porque el futuro está contenido en el origen y su autodesenvolvimiento. Lo demás son detalles. En cambio, como parte del cambio, el preámbulo reescribe el pasado mirando desde el futuro, que es lo que justifica esta nueva percepción de los procesos y de los acontecimientos. A partir de esa certeza se trata de dar vuelta atrás la cabeza y ver qué tan lejos. Porque estamos en onda posneoliberal, posmoderna, poscolonial, lo que quiere decir simplemente que el pasado ya no existe, ese pasado al menos, aquel que no es evocado por el preámbulo pese a que, simultáneamente, se esgrime el nacionalismo con cierta dosis de patrioterismo de tufo decimonónico. Pero es la ´razón de estado´ la que mueve esos hilos y ojalá el ´nuevo Estado´ que pregona el preámbulo no se sustente en el olvido, sino en la memoria. Caso contrario, deambularemos cantando junto al extrañable Joaquín Sabina: ¿quién me ha robado el mes de abril?
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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