No sé si fue la lluvia pertinaz que se agazapó silenciosa y empezó a caer en la noche, haciendo que mi subconsciente empiece a enhebrar frases tristonas sobre el sino de mis paisanos, porque llueve en el valle y toda esa agua termina templando anegaciones en los llanos benianos. Quizá fue que ese día me había conmovido el Coro y Orquesta de San Ignacio de Moxos, en selección inspiradamente llamada Tras las huellas de la Loma Santa, que me llenó de orgullo ya que el mejor ensamble de Barroco Misional es beniano. O tal vez tuvo que ver el hambre de mi tierra natal, que mi amigo Carlos Navia Ribera abrió al enviarme tal gema musical junto a libros sobre la gestión del territorio indígena Sirionó, una monografía sobre la comunidad Naranjito de Guarayos de Moxos, sus propias reflexiones sobre la cuestión indígena en el Beni y la recopilación de la obra poética de mi tío Ambrosio García Rivera.
Me sobrevino entonces un insomnio inmisericorde de mi cansancio, una vigilia fecunda al aprovecharla para entreverar recuerdos, experiencias y lecturas sobre un Beni que es tesoro de humedales y lagunas; donde la nación de pueblos que es —como la calificara mi tío poeta— se entreteje con una trama abigarrada de resabios indígenas que persisten a través del tiempo a pesar de la expoliación y el abuso.
Tiempo de inundación, triste también, pensando en Consuelo Roca Arteaga, madre movima de mi amada riberalteña de padre trinitario, cuya demencia senil me priva de hurgarle la boca para que me cuente anécdotas de viejos tiempos. Como la del viaje en canoa de una familia, que hizo pascana en playa blanca a la hora de la oración. La mañana siguiente desayunaban cuando avistaron a los bárbaros, como llamaban a las bandas de irreductibles. Llenada de prisa la canoa de bártulos y críos, ya enfilaba a remo fuerte en la corriente del río, cuando salió del monte una dama, rezagada por buscar intimidad para sus necesidades, clamando auxilio mientras la apresaban. Más que la maldición que dicen vertió sobre el patronímico del esposo que la abandonó a tan triste suerte, gusto del corolario de que la cautiva volvió a su pueblo años más tarde, con prole de barbaritos que delataban la sangre india mezclada con la alsaciana de la secuestrada. Es faceta del Beni, no tan común como la del mestizaje de blanco o carayana en vientre de mujer india.
Poco conocida por la Bolivia andinocéntrica es la civilización del gran Paitití, que domara el ciclo anual recurrente de mojado y de seco, de inundación en tierras pobres de greda impermeable y sequía en bajiales donde proliferan flora y fauna tropicales. Sencilla como el indígena beniano fue tal hazaña. Fácil de replicar hoy con monstruos modernos de movimiento de tierras, ese construir lomeríos fertilizados con taropé, prolífico jacinto de agua que se cosechaba, picaba y degradaba a tierra negra de abono orgánico. Adyacentes a las plataformas cultivadas de altura, los canales donde se cavaba la tierra, en avenidas y calles del transporte más barato del mundo: por agua. Domeñaban el ciclo anual de inundaciones que hoy fustiga a pueblos y llanuras, obteniendo además mayor índice de rendimiento en la relación tierra-hombre, que en nuestro tiempo sería más lucrativa por el hambre mundial de productos agrícolas orgánicos.
Menos conocida todavía, salvo por eruditos y musicólogos, es la simbiosis fecunda propiciada por las Misiones Jesuíticas. La imagino como llama divina, que con el soplo vivificador de la nostalgia de curas europeos, prendiera fuego a la leña del talento musical indígena que hoy los encumbra. Escuchar al Coro y Orquesta de San Ignacio de Moxos es tomar conciencia de que el Barroco Misional es hoguera vivificante del bienestar vocacional de benianos humildes. Lo será también del progreso por el turismo de pueblos indígenas misioneros, desde Chiquitos hasta Moxos. Falta aplicar la receta en otros antiguos pueblos misioneros, que mejor es una gente progresista por ser siervos de la música, que vegetar explotados siendo siervos de hombres.
Yo tengo un sueño, decía Martin Luther King, dicho que incita mi propia ensoñación sobre el Beni. Porque el milenarismo en busca de la Loma Santa, que hizo que los indígenas benianos abandonaran masivamente los pueblos huyendo de la explotación de sus brazos y vientres, unida a su reivindicación actual a través de la música misional y del turismo selectivo que propicia, pudiera ser clave para el desarrollo regional y un ejemplo para Bolivia.
En el manejo y conservación de la naturaleza está el destino del Beni. Urge complementar destrezas ancestrales en la agricultura orgánica. Generar empleo en la protección de la biodiversidad en sus reservas naturales. En sus 16 pueblos indígenas hay vocaciones de guardabosques, guías de turismo y científicos —¿por qué no?—, de un espléndido patrimonio natural. Cuando el sol brille, que brille para todos, y el turismo ecológico incentivará el progreso en predios de querendones de preservar la naturaleza, sin importar su color. ¿Acaso Carlos Navia Ribera y sus allegados no han probado que actividades extractivas en la selva pueden ser más lucrativas que tumbar monte?
Es clave para la supervivencia de la cultura beniana en proceso de parición de una identidad propia, que es mestiza y se la quiere avasallar con nuevos colonialismos internos. El Beni puede ser ejemplo para una Bolivia plagada de fundamentalistas vindicativos, que pregonan resentimientos que los torna en esquizofrénicos culturales andinos, siempre involutivos en cháchara de épocas de oro precolombinas que no fueron tales. Que advocan un pueril negar de la historia que amalgamó, aunque fuera con violencia injusta, la sangre y los destinos de nativos y europeos, en la hermosa cualidad variopinta de América Latina.
*Winston Estremadoiro es antropólogo.
Abril en el olvido
"El pueblo boliviano, de composición plural, desde la profundidad de la historia, inspirado en las luchas del pasado, en la sublevación indígena anticolonial, en la independencia, en las luchas populares de liberación, en las marchas indígenas, sociales y sindicales, en las guerras del agua y de octubre, en las luchas por la tierra y territorio, y con la memoria de nuestros mártires, construimos un nuevo Estado".
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De los dichos a los hechos…
Las afirmaciones que aparecen en la renuncia del ahora ex portavoz de la Presidencia confirman, más que la crisis interna del Gobierno, que en Bolivia como en cualquier parte y en cualquier época es cierto eso de que "cuando la estulticia es muy grande, seguro que hay un plan", como decía hace muchos años un editorial de "Temas en la Crisis", escrito por José Luis Cueto.
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