Las horas se contraen de tal manera, que el viaje desde La Paz a la reserva natural Apa-Apa, en Sud Yungas, parece cosa de minutos. Pero no es un viaje cualquiera; las wawas van a bordo.
Texto: Jairo Marcos • Fotos: David Guzmán
Giro de 90 grados sobre el flanco izquierdo, con ape- nas diez metros de maniobra. Podrían ser más, porque la terrible polvareda no permite precisar los límites de la calzada. Pero el desvío es pronunciado. Manfred Reyes Elías (34) hace rugir los 4.500 caballos de su máquina. En la parte trasera del vehículo, un instinto natural obliga a jalar fuerte los agarraderos. Volantazo. Y la aspereza del ambiente se cuela por los respiraderos. No hay tiempo. El siguiente viraje ya acecha desafiante.
La anterior curva duró menos de lo que tarda el párrafo anterior en escribirse. Los segundos duran lo que duran, pero vividos sobre el potente Land Cruiser que maneja Manfred Reyes, las horas se contraen de tal manera, que el viaje desde La Paz a la reserva natural Apa-Apa, en Sud Yungas, parece cosa de minutos. ´¿Ya estamos?´, inquiere el fotógrafo al regreso. Del tiempo sólo sabemos que es sucesivo, además de implacable. ´Ni vuelve ni tropieza´, dijo Quevedo. Pero en viajes como éste, en autos como éste y bajo la batuta de pilotos como éste, tiene más de sentimiento que de distancia.
Con la familia a bordo
El encendido de motores estaba previsto para las 6.00 horas desde la plaza Villarroel, en Miraflores (La Paz). ´Por favor, lleguen puntuales, pues habrá bastante tráfico´, rezaba el correo electrónico que recibieron días antes todos los miembros del Club Adrenalina 4x4. Pero el sueño de las wawas manda. Y los ocho todoterrenos no zarparon hasta pasadas las siete de la mañana. Resulta que no es un viaje cualquiera. Junto a Manfred Reyes, Roberto Robles, José Solares, Erwin Larrea y compañía viajan sus esposas, sus hijos y otros familiares. Adrenalina pura y dura, pero compartida.
´Hacemos, por lo menos, una actividad mensual. Equilibramos los viajes familiares con los SPH (sólo para hombres), para que todos estén tranquilos´, explica Roberto Robles Chulver (47), con una muda sonrisa dibujada en la comisura de los labios. El club que preside recién ha cumplido cinco años de vida, ya que comenzó su andadura el 4 de abril de 2003. Chicaloma, Miguillas, Corpa, la península de Taraco, Barros de Viacha, el cerro Mururata, Chirca, Tahuapalca, la Muela del Diablo, Santiago de Collana, Huatajata, el nevado Mururata… una extensa letanía de parajes ha caído a sus ruedas.
7.45 horas, primera tranca. Los nervios por dejar la carretera a un lado y tomar contacto con el camino pueden respirarse. Los conductores están rabiosos por enfrentarse a su hábitat natural. Los niños, todavía con las últimas legañas asomando por sus pestañas, permanecen callados.
9.35 horas. En Puente Villa, un vistoso salto de agua regala la vista en forma de cascada. La catarata pareciera que adorna el vestido de la montaña, maquillada con ribetes de roca que sustentan su verticalidad. ´Es el Velo de la Novia´, le explican a uno de los chicos. Abróchense los cinturones. A partir de aquí, empieza lo (más) serio.
´Caravana, caravana, bus amarillo a contra ruta´. Walkie talkie en mano (del copiloto), la punta está obligada a avisar de los peligros. A distancia, la serpiente multicolor persigue ufana al primer auto. Hasta la cola, responsable de que ninguna oveja descarríe. Son una gran familia y todos cuidan de que sus hermanos del camino lleguen sin contratiempo alguno.
10.07, Sakahuaya. 10.13, Santa Rosa de Lima. 11.15, Santuario Chirca. 11.48, Chulumani, a 1.745 metros de altitud sobre el nivel del mar y hora del almuerzo. 13.01, reserva ecológica Apa-Apa. Fin de la expedición. Los modernos mecanismos instalados en el interior de las carrocerías (GPS, reloj y computadora incluidos) recordaron a cada metro que el tiempo no tiene nada que ver con el sempiterno suceder de guarismos.
Las digitalizadas máquinas viven desprovistas de un espíritu que les permita discernir que ocho insignificantes décimas de segundo son una nimiedad a un lado, pero un ingente subidón de adrenalina con el trazado de la curva en el otro. La despierta cara de las wawas, sus redondos ojos abiertos de par en par y el gesto de sus bocas reflejaba mucho mejor el compás de la carretera sentida como fin último del viaje.
La acampada y el descanso
Con los autos en segundo plano, toca relajarse. Es el turno de alistar las carpas, de extender los sacos de dormir, las colchonetas y los aislantes. Son tres días de acampada. El humo sigue vigente, pero en versión parrilla. El chorizo, la morcilla, la carne de res y las costillas, junto con la llajua y los panecitos cobran su importancia al tiempo que, poco a poco, desaparecen del fuego y los niños las acompañan con ketchup y mayonesa.
´Con trago, el 4x4 es muy peligroso porque se vuelve 8x8´, ´dedico horas a buscar mapas y preparar la ruta´, ´una jornada estuve manejando tanto tiempo que, cuando dejé el auto, todavía sentía las piedras en mi cabeza´. Entre bocado y bocado, los pilotos no olvidan su sino y charlan de la suspensión, del winche, del snorkel y de curvas imposibles.
La adrenalina es a estos adictos al camino lo que la trufa a la gastronomía. Sólo unas virutas de frenesí, de frenazo seco, y su rostro adquiere unos aromas arrebatadores, una felicidad inexplicable. Esta vez, compartida en familia.
En rutas así, el camino tiene más de sentimiento que de distancia.
Volantazo, y la aspereza del ambiente se cuela por los respiraderos.