Al este de México, 70 jóvenes indígenas aprenden por tradición la danza de los voladores, un rito de fertilidad dedicado al dios Sol que se practica a más de 30 metros del suelo.
Texto: Con datos de EFE • Fotos: EFE
Son niños totonacas. Tienen diez años nomás. Y vuelan. O casi: Aupados por sus padres, suben a un mástil de hasta 33 metros de altura y, con la única seguridad física de una gruesa cuerda amarrada a los tobillos, descienden dando vueltas y más vueltas en un planear armonioso. Son 70 jóvenes indígenas que, al este de México y por tradición, aprenden la danza de los voladores, un rito de fertilidad dedicado al dios Sol.
Estos aprendices de pájaro asisten a la Escuela de Voladores de Papantla, en el Estado oriental de Veracruz (México), donde adquieren el compromiso de convivir con las alturas durante, al menos, doce años. Lo hacen divididos entre los que, más prudentes, empiezan a lanzarse desde el listón de 17 metros y los que se atreven con el de 33 metros.
Y ésta es sólo una de las múltiples iniciativas del Centro de Artes Indígenas; un proyecto que comparten los promotores del festival Cumbre Tajín y el Consejo Supremo Totonaco, el órgano de decisión de esta comunidad, creado hace dos años con la finalidad de rescatar las costumbres y recuperar el orgullo perdido de este pueblo mexicano.
Junto a la Escuela de Voladores, la oferta más vistosa, el Centro de Artes Indígenas organiza talleres de alfarería, lecciones para trabajar el tejido de algodón, clases sobre medicina tradicional y seminarios que acercan el cultivo de la vainilla a sus atentos oyentes. En esta misma línea, los totonacas aprenden ahora su lengua autóctona así como a bordar sus trajes más representativos.
Otra de las iniciativas del Centro de Artes Indígenas es un curso de video y artes cinematográficas. El proyecto se encuentra en una fase avanzada y cuenta ya con ocho cortometrajes, que relatan la vida y el quehacer cotidianos del pueblo totonaca.
Con el objetivo de difundir su cultura y mientras los chicos siguen planeando, el centro ha logrado publicar un diccionario bilingüe totonaca-español, un libro de canciones y poemas, un compendio de gastronomía y un manual de normas de escritura en la lengua autóctona.
En definitiva, una enseñanza multidisciplinar y diversa, que preserva siempre las formas tradicionales de laborar con los productos de la madre naturaleza. “Estamos siendo testigos del renacer de una cultura”, afirma recordando la situación en que se vivía hace décadas el experto indigenista y director de Cumbre Tajín, Salomón Balbaz, que trabaja codo a codo con los totonaca desde hace varios años.
Un pueblo amante de la paz
Los totonaca, palabra que soporta el milenario significado de “tres corazones”, son un pueblo formado por 400.000 habitantes repartidos entre los Estados de Veracruz y el vecino de Puebla, en la médula de México.
A ellos se les distingue por su carácter pacífico así como por sus habilidades artísticas, adquiridas —según expresan sus miembros— gracias a sus dioses creadores. El líder supremo de esta comunidad, Juan Simbrón, remarca muy convencido que “no son un pueblo guerrero”, y que las únicas armas de sus habitantes son, han sido y serán “la cultura, el conocimiento y el espíritu”.
Salomón Balbaz recuerda que estos indígenas pudieron conservar mejor sus tradiciones durante el período de la Conquista (que data del año 1519), porque los españoles se dirigieron en un primer momento hacia la antigua población de Tenochtitlan (hoy Ciudad de México) y no invadieron la región del Totonacapan hasta dos siglos y medio después de arribar en el país azteca.
Tradición y modernidad
Para no perder el tren del progreso y quedarse irremediablemente anclados en el más pretérito de los pasados, los responsables del Centro de Artes Indígenas enseñan lengua inglesa a sus imberbes alumnos. La gramática, la sintaxis y la morfología son así compañeros de clase de las instrucciones de vuelo.
Aparte de los idiomas, si de hablar de modernidad se trata, no podían echarse en falta las nuevas tecnologías de las telecomunicaciones y la informática, para las que se ha reservado un aula con acceso. Un resquicio para disfrutar del futuro. Una sala donde los chicos continúan sus estudios y preparan su posterior ingreso y salto a la universidad.
En esta misma línea, Salomón Balbaz apunta la importancia de ofrecer una educación integral a los pequeños, por lo que confiesa que su sueño es que algún día uno de sus alumnos se licencie como arquitecto. Claro, no se refiere a uno cualquiera, sino a un arquitecto que también sepa elevar sus pies del suelo y pueda mantenerse en las alturas, como manda la tradición (y ya son muchos años) del pueblo totonaca.
De burla a seña de identidad
Este experto indigenista contrapone la ilusión con la que los totonaca practican ahora sus tradiciones con la vergüenza que sentían hace tan sólo 15 años al mostrar sus atuendos y hablar en su lengua. Sucedía en la ciudad de Papantla, cuyos habitantes los discriminaban y rechazaban por sus costumbres y pasado.
Paradójico, lo que empezó siendo una seña de identidad se convirtió con los años en un motivo de burla. Pero regresa en estos tiempos por donde solía, como carácter y rasgo identificatorio del pueblo totonaca.
De carácter pacífico, presentan habilidades artísticas adquiridas gracias a sus dioses creadores.