El nueve de abril amaneció con la noticia, propagada por radio Illimani, de que la ‘revolución había triunfado sin el derramamiento de una sola gota de sangre’. (…) pero esa mañana las cosas cambiaron. (…) Al principio se escuchaban pocas balas, pero conforme avanzaba la tarde, se combatía abiertamente. (Marcela Siles de Gerke, Visiones sobre la Revolución).
´(…) luego de que fuera asaltado el arsenal militar de la plaza Antofagasta, me tocó repartir los fusiles (…). En la mirada de cada hombre que recibía su arma y partía corriendo había una mezcla de miedo, ansiedad y decisión´. (Lydia Gueiler Tejada. Mi pasión de Lidereza).
Tenía pensado escribir sobre la institucionalidad, ese terreno de nadie, esa idea que a veces parece convertirse sólo en una consigna, tan general, que lo mismo sirve para prometer la democracia y civilización que nunca alcanzamos, como para mostrar que los anhelos de instituciones sólidas y eficientes son cuentos, como espejitos que nos venden desde el norte para domesticar nuestros anhelos de revolución. Pero, vi la fecha y no pude resistir ese guiño, como una provocación cronológica.
A los de mi generación, los hijos de la Revolución Nacional, nos consumen memorias de una gesta heroica que fue traicionada por sus líderes, dejando a los verdaderos protagonistas fuera del juego, una vez más, como siempre en nuestra historia nacional.
Junto con la memoria de la traición se cocina la memoria del fracaso. Durante años, los cronistas de la Revolución nos repitieron que ésta nos dio Voto Universal, Nacionalización de las Minas y Reforma Agraria; la santa trilogía de la justicia social. Era algo que no se discutía, que no había por qué poner en duda. Lo creían moros y cristianos.
Sin embargo, ya en la década de los 70, el tiempo, con su crueldad inveterada, comenzó a horadar el credo. Hasta el grado de que hace unos días escuché, con ´estos oídos que se han de comer los gusanos´, de labios de una dirigente campesina: —´La culpa la tiene la Reforma Agraria. Que nos dejó el surcofundio. La población crece, pero la tierra no, y con las familias que crecían se iba repartiendo la tierra. Ahora ya no queda qué repartir, y seguimos siendo pobres´.
Mi frustración no es por lo que una persona poco informada, convencida por una interpretación falaz de la historia pueda decir en un momento dado. Es porque pareciera que sólo somos capaces de avanzar destruyendo lo anterior, aunque sea, como fue la Revolución Nacional, un capítulo de nuestra historia del cual tendríamos que estar orgullosos. Y esto no quita que debemos ser todo lo críticos que podamos respecto a sus fracasos y traiciones. Y no estoy hablando de verdad, que finalmente puede ser una creencia, una cuestión de fe. Estoy hablando de un mínimo respeto a nuestra autoestima y a lo que hemos sido capaces de hacer. Si al menos no nos reconocemos esto, entonces no reconoceremos lo que ahora mismo estamos haciendo, con sus luces y sombras y… ¿de dónde sacaremos fuerzas para hacer lo que viene por delante?
La secuencia histórica que amarra la Revolución de Abril con la dificultosa construcción democrática en que estamos empeñados desde hace 26 años, la emergencia sostenida de las identidades y agendas campesino-indígenas, la descentralización, la victoria electoral que hizo presidente a Evo Morales y el aún inconcluso proceso de la Asamblea Constituyente es nuestra fragua histórica. Nos pertenece. Nadie nos la puede robar.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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