Haces teatro? Pues olvídate de todo”, le había dicho Daniele Finzi Pasca al joven boliviano Luis García Tornel, en los breves minutos antes de que subiese el telón y se echara a andar el Ícaro del teatro Sunil.
García Tornel —que fue al preestreno del Fitaz como un espectador más— lo hizo y supo lo que significa dejarse llevar, no actuar en el sentido de fingir, sino representar, narrar una idea y encarnar los sentimientos. En el mismo sentido, desde las butacas, el público percibió eso que el actor de la Suiza italiana llama “un masaje para el alma”.
Finzi es un actor de esos que transitan entre la comedia y la tragedia como dimensiones que van juntas en la vida y que, por tanto, están sobre el escenario. Es un clown que calza zapatos enormes, que se golpea con los objetos que le rodean, que arranca carcajadas de la gente y que, de la manera más natural, cuando está dentro de uno, es capaz de sacudir la conciencia y mostrar las barreras que nos atrapan.
Finzi convierte a un espectador en su partenaire. Le pide que sea el enfermo paralítico y compañero de “celda” —un hospital en el que penan dos almas— al que, como recién llegado, hay que convencer primero y acompañar después en un vuelo hacia la libertad.
La situación resulta divertidísima pero, en virtud de la dramaturgia y, sobre todo, del actor, lo que se graba en el recuerdo del espectador, lo que le conmueve, es esa lucha por salir del encierro, ese compañerismo, esa puerta que finalmente el actor abre al otro —público incluido— para levantar vuelo.
Se ríe, a carcajadas; pero lo que se recuerda, lo que conmueve, es esa lucha para que el otro sea libre.