Aún están por verse los efectos diplomáticos que tendrán, para los países andinos, los acontecimientos de marzo en la frontera colombo-ecuatoriana. Si bien parecía que la situación en la región volvería paulatinamente a la normalidad después de las disculpas y el mea culpa de Colombia en la Cumbre de Río, las aguas no están del todo calmadas al confirmarse otra muerte producto de la incursión colombiana en territorio ecuatoriano.
Los primeros días de marzo serán recordados por mucho tiempo por los colombianos, al haberse prácticamente quedado sin vecinos andinos amigables y con parte de su frontera con Venezuela militarizada. El presidente Uribe tuvo que abundar en explicaciones para justificar el accionar de su país, lo que originó tal escalada de posiciones y ofensas verbales, sólo comparable con el clima que antecedió a la Guerra del Cenepa, en 1995 entre Ecuador y Perú, originada en una disputa territorial en la Cordillera del Cóndor.
Más allá de que tanto Venezuela o Ecuador aleguen que Colombia violó el principio de soberanía territorial, se debería considerar la encrucijada de hierro que tuvo que afrontar el Estado colombiano al estar frente a una oportunidad de oro, de dar un golpe definitivo a una guerrilla que se desplaza por la frontera ecuatoriana como si estuviera en la misma Colombia.
Es que el problema no es sólo de una guerrilla díscola que causa inconvenientes en un país que no es el suyo, y que la incursión de fuerzas extranjeras se explique y solucione con una llamada de Bogotá a Quito, tal como aconteció en un principio. Las incidencias se posicionan en un enfrentamiento ideológico donde las FARC son una pieza más en el juego de ajedrez global que ha planteado EEUU en su lucha antiterrorista, y la calificación de ´grupo terrorista´ a las FARC ha posibilitado financiamiento sin precedentes con renovadas versiones del plan Colombia. En el otro extremo está Chávez, que ha pedido que se reconozca a las FARC como fuerza beligerante, calificándolas de ´bolivarianas´ y provocando aún más el distanciamiento con La Casa de Nariño.
Si bien el conflicto andino se puede explicar desde una visión global, donde las FARC podrían ser sólo un escollo a vencer para posicionar a Washington en la región y consolidar su visión unilateral del mundo, no es menos cierto que la Casa Blanca no tuvo ningún protagonismo en la resolución del problema, en el Grupo de Río. Los incendios lo apagaron como pudieron los mismos latinoamericanos con la mediación de la OEA.
Motivo de reflexión aparte merece el papel de una Comunidad Andina carente de elementos básicos para enfrentar este tipo de conflictos que, en una convergencia diferente y con mecanismos de alerta temprana, desde la integración, se podrían haber evitado o por lo menos reducido. Esto no sucedió y se demostró otra vez que la región andina es una de las más turbulentas del planeta.
*Juan Carlos Dueñas M. es abogado constitucionalista.
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