Tengo una nieta de cuatro años llamada Sofía, que suele alegrar a todos con su carácter jovial y simpático. De vez en cuando, sin embargo, se enfrenta a objetos que no consigue dominar, y entonces pierde la paciencia y se convierte en una pequeña fiera. Hace poco se atascó de manera irremediable la cerradura de la maleta en que guarda sus lápices de colores, y Sofía se enfrentó a ella como en un round de lucha libre: intentó forzarla con las manos, sin ningún éxito; luego la sacudió a patadas; y, cada vez más irritada, la golpeó con una escoba y saltó encima de ella. Pero la maleta no quiso abrirse. Entonces, para abandonar la guerra con un mínimo de dignidad, Sofía le escupió y se largó a jugar con la Barbie.
(Esta Sofía es la misma que, hace unos meses, cuando el profesor, por molestarla, indicó frente a todos sus compañeritos que no iría a su fiesta de cumpleaños, dejó el pupitre, se acercó al maestro y le dijo en voz baja con tono de reproche: ´No seas hijueputica, Polo´. Pero es, también, la que llama a mi perra ´cosita de amor´ y le da unos besos en el hocico que un día le van a causar una infección. A la perra).
Creo que Sofía va a sufrir mucho en la vida por sus frecuentes combates contra las cosas, pero sufrirá menos que quienes viven en lucha perpetua contra sus semejantes. Por eso, no vacilo en proponerla como ejemplo de una filosofía digna de ser imitada: pelee con las cosas, no con las personas. Yo mismo he optado por descargar en los objetos eso que las chicas de moda llaman ´energía negativa´, y que antes denominábamos neuras.
Sospecho que nadie, ni siquiera el Santo Padre o Nelson Mandela, puede decir que jamás entró en conflicto con un objeto. El que nunca haya tirado la primera piedra, debió de ser porque se le rompió la cauchera. Quien menos, ha dado un golpe al cajón rebelde para que acabara de cerrar. Quien más, le ha prendido candela a la casa cuando olvidó adentro las llaves del portón. Muchos han aplastado a martillazos el carburador que tosía, y casi todos hemos tirado por la ventana un bolígrafo sin tinta o roto en pedazos un disco rayado.
Acepto que pocas cosas resultan más ridículas que la pelea de un ser humano contra una cosa inerte. En mi larga vida de periodista he visto compañeros desesperados que rompían contra el piso una máquina de escribir, y secretarias fuera de sí que un buen día lanzaban el conmutador a la caneca. A todos ellos los comprendo. Mi consejo en esos casos es que conviene superar la ridiculez acudiendo al exceso. En vez de pegarle bofetadas a la máquina de escribir, descolgar el hacha de incendios y destrozar el aparato con ferocidad. En vez de echar el teléfono a la caneca, arrojarlo al inodoro y soltar, aunque se inunden las cañerías del edificio.
Pero también soy consciente de que a menudo los enfrentamientos con las cosas terminan en victoria rotunda del ser humano. Más de una vez presencié cómo una buena patada en la espinilla de un aparato dispensador de gaseosas obligaba a la máquina a soltar la botella o devolver la moneda. También creo en la ley de la compensación. Si un teléfono público se traga la última moneda que tenía un ciudadano para una llamada urgente, el usuario adquiere el derecho inalienable de arrancarlo con furia de la pared y abrirle las entrañas con una maza hasta recuperar su moneda.
Es cierto que la tecnología hace cada vez más inútil la lucha. Antes había radios que sólo funcionaban a punta de cachetadas. Ahora es imposible pegarle a un software. Ni siquiera someterlo a una terapia de destornillador, porque se trata de un fantasma. El único remedio para los programas de computador es hundir control+alt+suprimir. Y si no se arregla así, escupir la pantalla e irse a jugar con la Barbie.
Por eso, no vacilo en proponerla como ejemplo de una filosofía digna de ser imitada: pelee con las cosas, no con las personas.
*Daniel Samper P. es periodista.
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