Martin Giner, dramaturgo argentino, lanza una bomba: el ser humano será mejor si deja de serlo. Hay que sacarle los órganos: cerebro, corazón... Entonces, un nazi será más adorable y sensible que una madre de familia con su hijo.
Calavera Teatro actúa la obra que, bajo la dirección de Giner, recurre al humor negro para plantear una huida de la guerra, de la muerte, del odio —obras humanas— que resultará inútil de todas formas.
Gabriel Carreras, Pablo Latapie y Miguel Méndez apelan a unas marionetas que les permiten entonces no sólo narrar, sino y sobre todo proyectar esa su deshumanización.
Todo estaría bien si no fuese por lo vital: el equilibrio actoral. Un Carreras haciendo de mujer —convincente hasta el engaño— se excede. Dice el texto, pero a fuerza de explotar lo divertido, arriesga el sentido de esta Disección que debía golpear pero distrae.
LILIANA CARRILLO V., periodista.
La risa que conmueve
Un anatomista, su madre y un cadáver huyen de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta ahí el argumento superficial de Disección; abajo, una historia de poder, sentimientos y muerte, equilibrada por el humor (inteligente antes que negro) y una actuación estupenda.
Un escenario casi desnudo se transforma en sótano o campo de guerra, donde los personajes (exagerados en su rol de estereotipos pero verosímiles y conmovedores) cargan marionetas. Los muñecos son sus alter egos en simbiosis precisa, ¿o es que cada marioneta tenía a su cargo un actor?
Entre risa y risa, salen horrores de guerra, traumas y soledad que inhumanizan. Eso... y el regalo del buen teatro.