Hablar de esclavitud en Bolivia es, en el mejor de los casos, un mal manejo del lenguaje. Esa situación sólo es posible si la misma es no sólo tolerada o apañada por el Estado, sino reconocida por éste. La esclavitud sólo es posible si la propiedad de una persona sobre la otra es reconocida y por tanto protegida por el Estado. Lo que puede suceder es que gente inescrupulosa esté reteniendo en sus propiedades a campesinos que trabajan para ellos por una remuneración tan miserable que es casi inexistente; esta retención puede ser que se haga por la fuerza, o a través del chantaje, en base a una deuda del trabajador.
Si un trabajador es retenido contra su voluntad en alguna hacienda, si no puede irse porque le debe al patrón, en realidad estamos ante una situación que nada tiene que ver con la esclavitud. Estamos ante el secuestro de un ciudadano, y ahí el Estado tiene que actuar. El terrateniente que hubiera retenido contra su voluntad a los trabajadores es un vulgar secuestrador y tiene que ir a dar a la cárcel, obviamente, luego del juicio pertinente. Por supuesto que las deudas que el empleado tuviera con el patrón no son ningún justificativo para este último, sino, en el mejor de los casos, podrían pasar a ser una variante en el delito, porque implicaría extorsión.
Hasta ahí, me hierve la sangre de sólo pensar en terratenientes abusivos y prepotentes, y sólo me podría alegrar el verlos pudrirse en la cárcel. Pero obviamente es posible que en algunos casos, o en general, las cosas sean un tanto distintas, que la gente no esté de ninguna manera retenida pero que se queda en esas haciendas porque, pese a la misérrima paga, prefiere eso a la incertidumbre del mundo exterior. Tal vez, se trata de gente que es esclava de sí misma, de sus miedos, de su falta de coraje para buscar nuevos horizontes. Si es así, estamos ante casos de explotación, típicos de las zonas de extrema pobreza, y ahí sólo se puede culpar a la miseria. El verdadero antídoto es crear riqueza, darle valor agregado al producto agrícola, fomentar una agroindustria que genere miles de empleos; en otras palabras, fomentar, por ejemplo, la industria del aceite, ¿irónico, no?
Que las tierras deben ser saneadas, no quepa la menor duda, pero eso no tiene nada que ver con un tema de la mal llamada esclavitud, que en nuestra economía jurídica sería en realidad un secuestro.
Ahora bien, llamar secuestradores (o esclavistas) a quienes no lo son, y eventualmente sólo para quitarles sus tierras, es parte de esa danza eufemística, tan poco honesta en algunos casos y totalmente criminal en otros, a la que nos tiene acostumbrados el gobierno del MAS; y en buen castellano se llama difamación.
*Agustín Echalar es periodista independiente.
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El presidente Evo Morales se pasa la vida quejándose del maltrato que recibe del periodismo boliviano. Podría consolarse pensando que, en cambio, tiene de su lado a la prensa del resto del mundo.
Contra el mal humor, sonría
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Ojito con el IPC
El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha decidido realizar el cambio de año base del Índice de Precios al Consumidor (IPC) que mide la inflación. En el ambiente florentino que impera en Bolivia, donde la desconfianza es la moneda común y la conspiración está debajo de cada piedra, esta decisión gubernamental genera múltiples sospechas.
Las UFV y la inflación
Las autoridades financieras y monetarias, de manera poco responsable, han anunciado públicamente que la ciudadanía debería cambiar sus depósitos en dólares norteamericanos, para convertirlos en Unidades de Fomento a la Vivienda (UFV), debido a que el Gobierno continuará con su política de “fortalecimiento” del boliviano.
La comunidad mestiza
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Textualismo constitucional
La creación del Tribunal Constitucional fue uno de los avances más significativos de la historia democrática del país. Permitió reactivar la jurisdicción constitucional y alentar una pedagogía orientada a preservar el Estado de Derecho y garantizar los derechos fundamentales.