El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha decidido realizar el cambio de año base del Índice de Precios al Consumidor (IPC) que mide la inflación. En el ambiente florentino que impera en Bolivia, donde la desconfianza es la moneda común y la conspiración está debajo de cada piedra, esta decisión gubernamental genera múltiples sospechas. Dado que la tasa de inflación está en alta, el Gobierno busca manipular los datos para mostrar cifras más bajas, sostienen los más desconfiados. Hace unos meses, en la Argentina hicieron lo mismo y hubo denuncias de que se cocinaron los datos (ésta es la jerga que los economistas utilizan cuando hablan de manipulación de la información). No hay duda de que nuestro IPC necesita de una actualización: el anterior año base era de 1991 y sólo cubría cuatro ciudades: La Paz, Cochabamba, Santa Cruz y El Alto. Sin embargo, tal vez el momento político no es el más adecuado. Pero, como por algún lado se debe comenzar, veamos, de manera muy simple, cómo se construye un IPC.
Lo primero que se hace es una encuesta de hogares. En efecto, entre noviembre del 2003 y noviembre del 2004, el INE visitó 9.770 familias en nueve ciudades (La Paz, Sucre, Cochabamba, Oruro, Potosí, Santa Cruz, Tarija, Trinidad y Cobija) y les preguntó cuáles eran los productos y servicios que consumían en un mes. A partir de ello, se estableció una canasta tipo de 362 bienes y servicios; la del año 1991 tenía 332. A seguir, se recolectaron los precios al consumidor de la referida canasta para cada ciudad y se construyó una serie de precios con base al año 2007. El siguiente paso es elegir los 19.380 mercados y otros establecimientos de venta donde todas las semanas la gente del INE preguntara el precio de estos 362 bienes y servicios para que tengamos un nuevo IPC, que en teoría debería medir mejor y con más precisión el fenómeno de la inflación. Hasta aquí, nadie podría estar en desacuerdo con el cambio de año y ampliación de cobertura del IPC.
Cabe recordar que un país sin un sistema estadístico serio y confiable está condenado a los laberintos de la ignorancia, por eso es tan importante que nuestros centros de producción de datos sean independientes de los vaivenes políticos, porque cuando nuestros políticos —en su mayoría pre-pitagóricos en matemáticas— se meten a manipular datos, están cometiendo un crimen que puede estar privando a nuestros niños de salud o educación, o bajando el salario de una persona si se tiene en mente el IPC, por ejemplo. En este sentido, el cambio de base del IPC es una oportunidad que tiene el INE para mostrar que continúa realizando un trabajo serio y transparente. Que el cambio al fósforo no ha llegado a la institución. Para eso, debería iniciar una campaña de información y promover debates con la sociedad civil sobre la nueva metodología de cálculo de la inflación, mostrar y justificar por qué algunos nuevos productos entrarán y otros saldrán del IPC. ¿Cómo se recalculó el peso o ponderación de cada producto y servicio en la nueva canasta? En fin, se requiere una explicación profunda sobre cómo se medirá la inflación, a partir de que se implemente la nueva base. No hay que olvidar que sobre los datos siempre hay mucha desconfianza, no sólo de los políticos. Por ejemplo Mark Twain, que se deleitó criticando a las estadísticas. El literato norteamericano en alguna oportunidad dijo que había tres tipos de inverdades (¿qué elegante, verdad?): mentiras, mentiras disfrazadas y estadísticas. Si Twain pensaba así, imagínese lo que se le ocurre a uno de nuestros políticos.
También las malas lenguas dicen que los datos estadísticos son como los bikinis: ambos muestran bastante, pero ocultan lo esencial. Debo defender tanto a las estadísticas como a los bikinis. Por una parte, como economista, soy un usuario intensivo de datos e informaciones cuantificables de todo tipo. Muchos de los análisis que Ud., amable lector, leyó en esta columna tenían respaldo empírico. Por otra, como admirador de la raza humana, debo admitir, con cierto rubor, que admiro la estética del bikini, no por lo que oculta sino por lo que revela a los ojos de la imaginación; además, permite realizar el ejercicio preferido de los economistas, que es hacer supuestos sobre casi todo. Supongamos que la economía está cerrada, que los precios se mantienen constantes y, obviamente, supongamos que el bikini está en mis manos.
En fin, los datos estadísticos en general y el IPC en particular nos brindan mucha materia prima para elaborar mejores programas y proyectos públicos para el beneficio de la gente, y nos permite corregir viejos problemas: En realidad, las informaciones estadísticas son como las tangas hilo dental, muestran lo suficiente como para fomentar la imaginación de quien requiera revolucionar las políticas públicas. Así que, cuidado que al INE se le ocurra poner con bikini wiphala gigantesco, de esos que van hasta el sobaco, a la inflación. Al final del día siempre se conocerá el contenido. Así que ojito, al bikini y al IPC.
*Gonzalo Chávez es economista.
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