Nada que pueda parecerse a un espejo negro, nada que sea un cuenco sin ojos. Sólo algo que, como el agua, nos ayude a vivir. Si hemos decidido entregarnos al delirio y razonar sin razones y nos hemos atrincherado como fieras en aquello que nos sujeta a las barras de la locura colectiva, es que simplemente hemos decidido negarnos a nosotros mismos. Negarnos como sociedad, negar nuestro futuro.
Ninguna idea, ninguna fuerza, ni física ni espiritual, permite justificar este quiebre al que dos aguzadas lanzas quieren conducirnos.
Tenemos derecho a la razón, tenemos derecho al sentido común, tenemos derecho a exigir como ciudadanos la libertad, la libertad de elegir. La libertad porque somos iguales, la libertad porque somos parte de una comunidad.
No hay otro camino posible que compartir este destino plural, porque nos sentimos juntos, porque comulgamos en la acepción profunda de la palabra comunión, una unión común que en la metáfora es un cuerpo dentro de otro cuerpo, un cuerpo transformado en el otro, que en la realidad es la decisión compartida de caminar lado a lado hacia un mismo horizonte previamente pactado, porque desde tiempos inmemoriales de la historia, lo tuvimos en nuestros ancestros como el referente que justifica esa decisión colectiva.
Las partes y el todo. Es aquí donde nace el entuerto aparentemente imposible de resolver. Ocurre cuando una cosa se confunde con la otra, cuando en realidad son conceptos inescindibles. Las partes hacen el todo, no hay todo sin partes, no hay partes que puedan flotar en el agua sin disgregarse, si previamente no hay un todo que las una, que les dé sentido, que les dé dirección, que sea la barca construida para poder navegar hacia un puerto seguro.
No se puede hacer comunidad, no se puede vivir en comunidad, si ésta no tiene uno y muchos sentidos. Los sentidos, el sentido, son valores esenciales de comunidad humana, antes que y por encima de cualquier otra consideración. Valores humanos, valores de humanidad, valores de humanismo. No es posible el humanismo que no es otra cosa que compartir un mismo espacio con principios próximos, con la idea de que nada de lo humano nos es ajeno, si no aceptamos como básico e imprescindible el hecho de que no hay una sola cosa que haga que parta de la idea de que alguien está por encima del otro, o al revés. La igualdad no es un principio liberal, es un principio humano; la igualdad trasciende, supera, genera empatía, genera reconocimiento, o mutuo conocimiento. No pueden plantearse a partir de esta premisa ni color, ni olor, ni sabor, ni ideas, ni creencias, ni opciones, ni tendencias, como limitantes o como estructuras diferentes que dan categorías diferentes. Sólo puede, sólo debe ser un referente el ser humano.
Si esta lógica, que es perfecta porque la heredamos de la América profunda de los Andes y los llanos y de la Europa y el Oriente Medio del Mediterráneo, como podíamos haberla heredado del Oriente Lejano, o del corazón de África, no nos hace comprender que no hay tiempos fragmentados, ni afirmaciones ni negaciones, sino simplemente la comprensión de lo transcurrido y su circunstancia, no podremos vislumbrar la construcción del espacio compartido. Eso antes y primero que nada. Después la pertenencia, que tiene que ver con el territorio y la construcción de una historia común aquí en este espacio, una historia que es transversal y que se refleja en la multiplicación, superposición, entrabamiento, choque y fusión de culturas.
Lo mestizo es en ese contexto una respuesta, no como valor en sí mismo, sino como realidad tangible. Mestiza el alma, mestizo el cuerpo, mestiza la lengua, mestiza la voz, mestiza la música, mestiza la fe, mestiza la sociedad. No es una categoría de piel, ni una categoría de pueblo en tanto identidad casi tribal, es una categoría en la medida en que sólo puede seguirse la línea de la construcción de sociedad a partir de la mezcla en la que el acero de Toledo y el caballo árabe galoparon lado a lado con las monumentales piedras de los templos indios. Todas las sangres, diría el Arguedas peruano. Todas las sangres son esta sangre que somos hoy, más allá del miedo y el dolor y el odio y los rencores, más allá del amor y la nostalgia y la ternura de unas manos y otras manos que hicieron lo que hicieron, que no fue sólo hundirnos en el barro, sino también moldearlo y crear a partir de su sustancia.
Mestizo para afirmar la diversidad, no para negarla; mestizo para saber que una treintena de lenguas no son hoy la misma cantidad, ni la misma densidad de lenguas que nacieron antes de Castilla. Ya no es de Castilla esta lengua, son todas y una. Ya no es de la Casa de Contratación de Sevilla este continente, ya no es de un Emperador ni de otro, ya no es de una Corona ni de una Mascaipacha, es de todos los hombres y mujeres que habitamos este suelo, hace mil años y hace quinientos y hace cien y ayer.
Negar lo mestizo nos ha conducido a este trizamiento innecesario, como si afirmar la diferencia nos impidiera afirmar la coincidencia, como si reconocer al otro fuera negar al otro, como si reivindicar unas culturas fuera negar otras culturas. Como si ésta fuera una cuestión de revancha y de venganza.
Con esa lógica hemos destruido instituciones, hemos excluido el diálogo y hemos decidido que el juego se hace sobre la idea de matar o morir, del todo o nada, de las últimas consecuencias que nunca son las últimas consecuencias, pero que demoran hasta la agonía la resolución de una ecuación, que por una vez en la historia debió (y debe) ser resuelta definitivamente. El pasado como lección no como una piedra en la espalda, el presente como oportunidad no como la madeja endemoniada enredada hasta lo imposible, el futuro como proyección no como superstición.
Mestizo por humanista, mestizo por todos los colores y todos los ecos. Mestizo es la comprensión de por qué estamos aquí y cuál es el sentido de estar juntos. Mestizo es entender Bolivia como una comunidad, sólo eso.
*Carlos D. Mesa G. es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
Un gobierno afortunado
El presidente Evo Morales se pasa la vida quejándose del maltrato que recibe del periodismo boliviano. Podría consolarse pensando que, en cambio, tiene de su lado a la prensa del resto del mundo.
Contra el mal humor, sonría
Yo estoy de mal humor, usted también. ¿Por qué tanta bilis colectiva? Pongo algunos ejemplos. Uno tiene que viajar con urgencia y cualquier grupo protestatario semisalvaje le bloquea la carretera. Miles de personas quedan tiradas en la cuneta de los caminos.
Esclavitud y cosas peores
Hablar de esclavitud en Bolivia es, en el mejor de los casos, un mal manejo del lenguaje. Esa situación sólo es posible si la misma es no sólo tolerada o apañada por el Estado, sino reconocida por éste. La esclavitud sólo es posible si la propiedad de una persona sobre la otra es reconocida y por tanto protegida por el Estado.
Ojito con el IPC
El Instituto Nacional de Estadística (INE) ha decidido realizar el cambio de año base del Índice de Precios al Consumidor (IPC) que mide la inflación. En el ambiente florentino que impera en Bolivia, donde la desconfianza es la moneda común y la conspiración está debajo de cada piedra, esta decisión gubernamental genera múltiples sospechas.
Las UFV y la inflación
Las autoridades financieras y monetarias, de manera poco responsable, han anunciado públicamente que la ciudadanía debería cambiar sus depósitos en dólares norteamericanos, para convertirlos en Unidades de Fomento a la Vivienda (UFV), debido a que el Gobierno continuará con su política de “fortalecimiento” del boliviano.
Textualismo constitucional
La creación del Tribunal Constitucional fue uno de los avances más significativos de la historia democrática del país. Permitió reactivar la jurisdicción constitucional y alentar una pedagogía orientada a preservar el Estado de Derecho y garantizar los derechos fundamentales.