Osea, hay que hablar del teatro contemporáneo. O sea, de los jóvenes teatristas que tienen cosas que decir, sólo que están en la búsqueda de las formas para hacerlo en medio de muchos prejuicios sobre lo que “debe ser” el teatro y que ellos intuyen ya no les sirve. Su teatro no es lindo, no es coherente en el sentido de lo lineal, de la historia contada con puntadas que no se notan. Pero es su teatro. Como es su forma de vestir y de hablar.
Eduardo Calla, que se lanzó al ruedo de lo contemporáneo siendo apenas un bachiller, sabe lo que es esta búsqueda con tantos espejismos en el camino, de los tropiezos y desencuentros con el público, aquel que debe comprar el producto y al que hay que convencer con el alto riesgo de prostituir lo que se hace.
Smell. Yo no soy ese tipo de gente es un paso más en el camino de Calla y el elenco de Escena 163, que él dirige, en esa búsqueda de ecos en la que el teatro es protagonista.
Escena 163 —esta vez con cinco actores, algunos de trayectoria completamente distinta a la de Calla— no pretende agotar una historia, sino fragmentar una que no va a terminar de ser contada. El espectador tendrá que hacer la costura, si quiere. Lo que Calla no hará es dar respuestas. Sólo estructura —y ésta es su habilidad—, preocupaciones de su quehacer y su vida para, en el juego de las conexiones, dejar al espectador ligar la situación de unos aspirantes a teatristas con la de unos estrambóticos (para la sociedad adulta) adolescentes.
Patricia García exhibe su calidad de actriz. Hablando apenas, contenida, transmite tremenda energía, tal como pasa con Denisse Arancibia. Al director se le fue algo de las manos el papel de Jorge Jamarlli, actor con mucho carisma, pero esta vez sin matices a fuerza de ser el más desbordante. Por lo demás, aporta la experiencia de Bernardo Arancibia y Rodrigo Reyes.