Mujeres y hombres artesanos quechuas bordaron un libro de 50 páginas con vivencias y tradiciones de la cultura mollo en La Paz.
Texto: Jorge Quispe • Fotos: Miguel Carrasco
Bailar en la plaza del brazo de su esposo es el gran sueño de Úrsula Apanqui Quispe (27). “Me gustaría casarme así”. Por eso se ofreció inmediatamente a bordar esa sección para el libro de 50 páginas de bayeta roja que hablan de la cultura mollo.
Una boda, la fiesta del Tata Santiago, un recetario de plantas medicinales y juegos para niños, entre otros, fueron costurados y son la memoria de las comunidades quechua de la provincia Muñecas, de La Paz. “Nunca vi ni oí hablar de un texto así. Es único”, lanza el padre Max Schiller, detenido por militares en 1980, un pasaje incluido en el tomo traducido al alemán, francés, italiano, inglés y español.
De suiza a mujer mollo
María Teresa Zimmermann (67) nació en Visperterminen, Wallis, Suiza, sin embargo se siente una mollo más. Viste una almilla (blusa de lana de oveja), una ch\'umpi (faja), una pulsa (monedero en la cintura, una pantilla (pollera) de color violeta y unas abarcas.
Habla quechua, un idioma que aprendió y le acercó a la población a la que ayuda como voluntaria desde el 2000, cuando decidió quedarse en Bolivia. Transmite con sus palabras confianza, amor y dulzura por el prójimo, valores que fortalecieron las grandes metas: educación, salud y productividad para mejorar el nivel de vida de los lugareños.
En su país, las mujeres también tejen, pero en Tarisquía, Mollo, Mollopampa, Ticamuri, Huayrapata, Karuni, Titicachi, Luquisani, Uripampa y Upani nacen para ello. Así, la artesanía de buena calidad es hoy la puerta al progreso y así lo entendió María Teresa, por eso lanzó la idea de bordar un libro. “Yo no quería hacer un documento escrito que se quede olvidado en una oficina, buscaba algo que naciera de sus manos y perviva como un testimonio de vida”.
Un día compró tela de bayeta y la entregó a una comunaria para que bordara algo sobre la población de Titicachi. Así empezó la elaboración del texto página a página. Entre el 2003 y el 2005, mujeres y hombres tejieron y bordaron el manual: “De sus manos y sus vidas”, un material donde las historias del campo están reflejadas en escenas, un documento para despertar el orgullo y el valor de la identidad propia de esa región.
María Teresa muestra el compendio rojo de 30 centímetros de largo y 20 de ancho. Ahora fue impreso en papel reciclable y deja la iniciativa a las mujeres y a otras comunidades que quieran mostrar sus tradiciones, costumbres, historias, juegos y danzas.
¡Gracias al Tata Santiago!
Cuando Rufina Surco Lipa tenía 16 años contrajo una enfermedad que nadie se atrevía a curar por miedo a contagiarse. “A mi mamá, a mi hermanita y a mí nos salieron unos granos en todo el cuerpo”, recuerda hoy a sus 27 años. La única solución, les dijeron, era ir en peregrinación el 25 de julio hasta la localidad de Kamata para pedir ayuda a la imagen del Apóstol Santiago. Caminaron un día y medio desde Ticamuri hasta el templo y, una vez ahí, rezaron. “El Tata Santiago nos hizo el milagro y nos curó, por eso cuando preguntaron qué página puedo hacer les dije sin dudar: ‘La fiesta del Tata Santiago’”.
Rufina enseña con orgullo la hoja de bayeta donde seis jinetes en burros y caballos se dirigen a la iglesia para saludar al santo, mientras en la parte inferior danzan chunchos y auqui auquis.
“Niños, jóvenes y mayores corren en caballos y asnos, a los que adornan con flores y luego les hacen bailar para ir de comunidad en comunidad gritando: ¡Wiwa Santia, Wiwa Santia!”, explica. La imagen se completa con un granero de maíz que al centro tiene una cruz para protegerla. El grano es vital en la cultura mollo.
Rufina sólo pudo ir hasta Kamata un año, de los tres que corresponden, por eso quiere llevar el libro impreso para mostrarle al Tata Santiago, ella siempre le estará agradecida por los favores que recibió cuando tenía 16 años.
El trabajo tardó un mes. “Los adornitos de los caballos y asnos fueron lo más difícil. Nunca dibujé, todo salió de mi cabeza”.
Cada juego tiene su tiempo
No se puede jugar en una misma temporada al trompo, a la rueda y a las bolitas. “Todo tiene su momento”, suelta Leandro Mamani Laura (35). Inspirado en su niñez, Leandro diseñó una plana con siete entretenimientos. “Nuestros juegos todo el año” en quechua se dice: “Wata junt’a”, y ése es el título de su obra. Los ojos le brillan a Leandro, es como si volviera a ser niño, “en febrero jugamos con los globos por el Carnaval, luego en abril buscamos huevos de perdiz para adornar la cruz protectora”.
Luego de una pausa, señala con el dedo índice la planta de la papa y el maíz bordados. “Los adornamos con flores. Nos enseñaron que la Pachamama tiene que estar linda”. Eso pasa en mayo. Con las vacaciones llega el juego de las bolitas de cristal, mientras las mujeres pastean ovejas y comienzan a tejer, para dar paso luego a uno de los más esperados. “La rueda, que es lo más lindo, porque la podemos llevar a la escuela y jugar allí”.
Antes de que acaben las clases, el trompo baila. En el pasado era exclusividad de los varones, sin embargo ahora a nadie extraña ver a algunas niñas con el juguete.
El año se cierra con las t’anta wawas. “Las chiquitas cargan sus wawitas y nosotros llevamos nuestros caballitos y llamitas”. A Leandro le costó bordar los huevos de colores y la cruz protectora. Tardó tres semanas en el diseño, pero la sonrisa está intacta como aquel día en el que ante 17 mujeres le tocó presentar su obra. Él es docente del Centro Humanístico y Agropecuario (Cetha) en Titicachi y alguna vez juega con niños, no le preocupa la influencia de la televisión, porque apenas cinco del centenar de pobladores tienen el aparato, por eso cree que con los juegos tradicionales, los pequeños crecerán más libres y sanos.
Úrsula quiere casarse
Faltando un mes para la boda, los suegros preparan la chicha para la fiesta. A Úrsula Apanqui Quispe le emociona hablar del matrimonio. Aún no tiene novio, pero le gustaría casarse. Quizá por eso le hizo caso al corazón cuando le tocó exponer el tema que iba a bordar.
Úrsula tejió todos los detalles, desde el momento en que el grano de maíz es desgranado, hasta el proceso de preparación de la bebida, pasando por los dos padrinos, uno de civil y otro de religión, los arcos con plátanos, naranjas y panes, el baile del Sara Sara en el que participan todos los jóvenes de la comunidad, hasta la presencia del Kallamachu, la banda autóctona que ameniza la celebración.
“Me gustaría casarme así”, suelta con aire risueño. Se ve bailando en la plaza, mientras sus amigos también danzan agitando banderas blancas, azules y amarillas.
Dejará que el amor toque su corazón pero, mientras tanto, seguirá bordando. “Con esto nos ayudamos todas las mujeres”.
Al igual que Rufina, Úrsula apeló sólo a sus recuerdos para bordar las figuras. “Los novios y los bailarines fueron lo más complicado. En la elaboración de los padrinos nomás he tardado dos días”.
Otros apelaron a un diccionario para bordar un avión, artefacto que nunca habían visto. Todo sirvió para este testimonio de vida.
El libro de la cultura mollo enseña a curar con las plantas medicinales como el romero, bueno para el dolor de muelas; ilustra sobre las danzas originarias de Muñecas y recuerda aquel momento en que el padre Max y la voluntaria y enfermera Maruja Zimmerli fueron detenidos por los militares en 1980 al creer que tenían una radio desde donde alentaban a la rebelión contra el golpista Luis García Meza. Nunca existió la radio y ambos fueron liberados.
Tradiciones, vivencias, el progreso materializado con el Cetha y el colegio de Titicachi, la presencia de la fe religiosa, la alegría de los niños y hasta el sueño de casarse de Úrsula fueron bordados por 19 mujeres y siete varones de la cultura mollo. Ahora, la bayeta roja se hizo un libro abierto para conocer a esta región quechua.
El tomo bordado y la edición impresa serán presentados el jueves 24 de abril en el Museo Nacional de Etnografía (Musef). Los mollo quieren mostrarse como los mejores artesanos del país.
BRÚJULA
Salidas. Para llegar al municipio de Chuma y a sus comunidades quechuas salen flotas de El Tejar los lunes, martes, jueves y viernes. El pasaje está a 25 bolivianos y el viaje por carretera dura entre 10 y 12 horas.
El retorno. Salen colectivos a La Paz desde Chuma y Ayata, los martes, miércoles, sábados y domingos.
LOS MOLLO
Grupos quechuas se instalaron en los valles interandinos al norte de La Paz, cabeceras de la Cordillera Real y cerca del Illampu, más de 6.000 años a.C. Entre el 1.000 y 1.200 d.C. Debilitado el estado tiwanakota surgieron los señoríos, entre ellos, la cultura Mollo, una sociedad soberana y de gran capacidad productiva. Hacia 1470 llegaron los incas. Pese a ello, su artesanía pervive.