Las bandas aguardan en una plaza, los mariachis llenan una cuadra, los vallegrandinos arman grupos en minutos... la fiesta está en las aceras.
Texto: Miguel Vargas Saldías • Fotos: Miguel Carrasco
Fernando, conocedor de la movida nocturna cruceña, lleva su coche a la plaza Boris Banzer, mejor conocida como la del Avión Pirata. 21.00. El organizador de fiestas detiene su auto, abre la ventanilla e inmediatamente es atacado por un ejército de músicos armados con tarjetas personales.
“¿Banda, señor?”, se empujan los instrumentistas, dejando salir apenas a Fernando, algo confundido con el enjambre que se ha formado a su alrededor. Elige una de las tarjetas y, antes de dar la última palabra, pide al grupo que demuestre lo último de su repertorio. Acto seguido, la agrupación “El camba es bueno” empieza a tocar.
Bandas, mariachis y grupos de músicos vallegrandinos tienen las avenidas Uruguay y Cañoto como punto de referencia en Santa Cruz. De 8.30 a 00.00, horas más horas menos, los músicos esperan en las calles a que aparezca un interesado que —como quien compra hamburguesas en un drive-in— contrate sus servicios.
Bandas debajo del avión
La banda se llama “El camba es bueno”. Tito Rioja (43), músico desde hace 30 años, fue el que eligió el nombre. “Empecé tocando platillo, bombo, tambor, trompeta y ahora tengo un grupito de ocho músicos. Con ellos; los viernes, sábados y domingos son días de ganancia. La gente viene, hace una pasadita y se queda con nosotros”.
Si no son pocos. La Sociedad de Música Santa Cecilia y el Sindicato 22 de Noviembre agrupan a más de 50 bandas que trabajan en las calles de Santa Cruz, cobrando entre 120 y 150 dólares por hora. Eso poco le importa a Fernando, quien debe asegurar el contrato.
“Taquiraris, chovenas, saya, tinku... tocamos lo que quiera, depende de dónde es la persona. Si es de Beni, pide chovenas o la música de Santa Ana del Yacuma. Si es de Santa Cruz, seguro quiere taquiraris o cumbias. Si es de La Paz, cuecas o morenadas”, le ofrece Rioja.
Con el repertorio de unas 300 canciones que van del bolero a la diablada y del vals al brincao, los éxitos son Tamarindo seco, Amalaya, las cumbias de moda, las villeras y las sambas brasileñas.
Fernando no tendrá problemas en asegurar el contrato. No es Carnaval ni Día de la Madre ni agosto, las fechas que se tiene más demanda. Para la entrada del 16 de julio, los paceños necesitan muchos músicos y los grupos de la plaza deben unirse para congregar masas de 20 a 30 integrantes.
“Vamos a todo lugar: Montero, Yapacaní, San Ramón, Cotoca, Santa Rosa...”. A Tito le gusta viajar, parte del trabajo que no le gusta tanto a su esposa o a sus seis hijos, aunque tres de ellos le acompañan con platillo, bombo y tambor. “Les he enseñado a los pelados. De ellos depende si estudian una profesión. La música es para ayudarse, no para quedarse toda la vida”.
Y de que ayuda, ayuda. En una semana, con cinco contratos, hace entre 500 y 1.500 bolivianos. En Carnaval, el mejor momento del calendario musical, su banda cobra entre 5.000 y 6.000 dólares.
“Tenemos clientes de todo, hay gente buena y también borrachos que nos dicen: ‘¡Toquen, carajo!’. Hay que ahuyentarlos, seguirles la corriente y sobrellevarlos. Ya nos hemos acostumbrado”.
Fernando cierra el trato, Tito sonríe pícaro. “La música es linda, alegra el alma... y cuando uno está chupadito, más alegra”.
Hora de cargar instrumentos en el coche. A un trombón de distancia están los 78 años del sucrense Eusebio Mamani Pallares. “Aprendí a tocar a los 12 y llegué a Santa Cruz en 1964. He animado varias comparsas, como a los Cachafaces, Cachivaches, Holgazanes... hasta se los hice taquiraris. Así que yo ya soy como camba”.
La noche tiene efectos nocivos sobre los huesos de Eusebio. “A veces llegamos mucho más allá de la madrugada. Mi abuelos son agricultores y yo aprendí aquí a ser albañil, pintor, carpintero... Ahora sólo me dedico a la música. Tengo mi mujer, mis hijos son casados y no quieren que trabaje, quieren que me conforme, pero la alegría es la que manda; cuando escucho la música me llena y sigo porque me gusta. Yo sé que me está consumiendo la edad, no es fácil, tenemos mucha competencia... Pero, ¿sabe? hay una cumbia que me gusta mucho compartir”. Y entonces, su trombón toma la palabra.
Mariachis a la carta
Fernando ahora conduce hasta la avenida Uruguay 772. Con una pequeña cabina en la entrada para ganar unos pesos extra, está la oficina del Mariachi Loco. Fernando encuentra allí a Ely Valentín García (47), representante y director del grupo. “En junio cumplimos 10 años de vida. El Mariachi Loco surgió porque había mucha demanda y decidí formar mi propio grupo. El nombre salió de la canción, me pareció el más picaresco. Actualmente tenemos ocho miembros”, explica.
El local atiende de 9.00 a 00.00. Allí se puede reservar una serenata de 12 canciones por 100 dólares cualquier día del año, excepto el Día de la Madre, que por el mismo precio tiene sólo seis temas. “Nuestro repertorio es muy variado. Tenemos canciones que no son mejicanas, pero que igual interpretamos”, explica el cerebro delante de las dos trompetas, acordeón, guitarrón, dos vihuelas y dos guitarras. “Ahora tocamos sin violín, no hay violinistas como en La Paz”.
Ely siempre está en la búsqueda de talentos frescos. “Se los va escuchando y se los llama cuando está fallando uno. Todo da vueltas. A mí me gustaba antes ser cantante, hoy me gusta tocar la trompeta”.
Son cerca de 15 mariachis los de la avenida Uruguay y en la Cañoto se pueden hallar media docena. Esto permite que en un fin de semana, con entre cinco y seis serenatas, cada integrante al menos pueda reunir sus 50 dólares.
García dota de trajes a sus músicos, quienes aportan con su instrumento, la camisa blanca y las botas de similar color. Los sombreros de fibra se traen de La Paz. “Así tocamos, por ejemplo, para la colonia mexicana el 15 de diciembre, eso me llena de orgullo”.
Uno pasos más allá, en el número 676, Fernando pilla al Mariachi 2000 en ensayo. Acordeón y contrabajo empiezan a tocar Si nos dejan, bajo la batuta de Felman Vilchez. El grupo cuenta 17 años.
Negro, blanco, guindo, celeste y plomo. Fernando puede elegir el color de traje que más le guste por una serenata de 100 dólares. Señora Bonita, El rey y Mujeres divinas son los temas más pedidos. “Nuestro programa cambia según el ambiente, sea cumpleaños, bautizo... Para año nuevo preparamos un paquete de ocho a 10 horas de música continua”, explica Vilchez.
Su secreto para haber tocado con el grupo Bronco y en certámenes de belleza es que animan el canto y el baile para que la alegría llene la fiesta. Pero hoy, el objetivo es preparar una canción romántica que toque el alma... Y, acordeón y contrabajo, toman la palabra.
De Vallegrande con amor
En la avenida Cañoto, Fernando va encontrando a los “cumpitas”, que es como se conoce afectuosamente a los vallegrandinos. Una larga hilera de músicos permite ubicar a Cristóbal Cotrina (31) e Ignacio Figueroa (33), ambos con la guitarra en el hombro.
Fernando pregunta por los precios, e instantáneamente, reclutando entre los músicos que lo rodean, se forma un cuarteto. “Son grupos de cuatro a seis integrantes. Tocamos guitarra, bajo, trompeta, acordeón, guitarrilla y hasta charango. Nos acomodamos según la ocasión y dedicamos kaluyos, taquiraris e infaltables tonadas vallegrandinas”, expresa Cristóbal antes de cerrar trato.
Desde las 3.00, Cristóbal e Ignacio esperan a los potenciales clientes. “Siempre estamos, aunque no salimos cuando llueve”, ríe Ignacio.
Por escuchar una serenata compuesta por Amalaya, Cholita Marina, La Ovejerita o La Negra, los músicos ganan 250 bolivianos. Juntando billetes, pueden logra desde 50 dólares hasta 150 en Carnaval. El lado malo de estos festejos, los borrachos. “A veces la gente te trata muy mal”, se queja Ignacio.
Se hace tarde y Fernando necesita escuchar una canción vallegrandina de prueba. Y a la cuenta de tres; los instrumentos de Ignacio, Cristóbal, Reynaldo Rojas e Iver Morales toman la palabra.
Una serenata de mariachis tiene 12 canciones y tiene un costo de 100 dólares. Hay paquetes de Año Nuevo.