El filósofo Heráclito de Efeso, que vivió y pensó entre el 544 y el 484 antes de Cristo, decía que “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” para ejemplificar el incontrastable hecho de que en la naturaleza “todo cambia, nada permanece”. Esa simple constatación expuesta hace milenios parece que todavía no es comprendida a cabalidad por quienes le atribuyen al cambio una virtud intrínseca que, en realidad, no tiene.
Es muy común, sobre todo en el ejercicio cotidiano de la política, que los protagonistas de la misma compitan por ser los “verdaderos” portadores del cambio y enarbolen dicho estandarte como si aquello les revistiera automáticamente de la “razón política” que justifique sus credos ideológicos y sus acciones concretas.
El aspirante a representar al Partido Demócrata en la competencia de noviembre próximo por la Casa Blanca, Barack Hussein Obama, por ejemplo, ha llegado al extremo de ofertar a sus conciudadanos la simple y llana consigna del cambio… sin adjetivos ni complementos. El candidato, que podría convertirse en el primer negro que llegue a la Presidencia de los Estados Unidos de América, se presenta como “The change” (el cambio) y por lo visto está recibiendo una avalancha cada vez mayor de adhesiones del público.
En nuestro país, los actuales gobernantes no se cansan de proclamar a los cuatro vientos que son los representantes genuinos del cambio y prácticamente no hay dignatario, funcionario o militante que no se refiera a esta circunstancia histórica como al “proceso de cambio”. Los que se oponen al régimen son calificados como “resistentes al cambio”, o como suele utilizarse en la jerga política, “reaccionarios”.
O sea que somos objeto de una tremenda confusión conceptual; me explico: dado que lo único que verdaderamente no se puede evitar en la vida (y la política es parte de la misma, y no al revés, aunque algunos no lo crean así) es el cambio, resulta incomprensible que se crea que el cambio es algo por lo que se puede optar o no; y peor aún, que el cambio sea intrínsecamente bueno.
La verdad es que, como dice la canción, “cambia, todo cambia”, a veces para bien y a veces para mal… el cambio es inevitable, de lo que se trata es de que tratemos de cambiar para mejorar, para avanzar, para prosperar y no para volver a comenzar de cero, al más puro y perverso estilo del mito del eterno retorno de Sísifo.
Por consiguiente promover el cambio, además de innecesario (ya lo dijimos: nada ni nadie lo puede soslayar), no es inexcusablemente virtuoso ni nos asegura que las transformaciones que se produzcan vayan a redundar en algún beneficio. En verdad, es el cambio positivo, vale decir una dirección teleológica en función del bien colectivo, lo que vale la pena causar… de ninguna manera el cambio por el cambio es suficiente valor.
De modo que pongamos las cosas en su lugar: la querella en la que se debate hoy la sociedad boliviana para superar su crisis de Estado no es entre los que quieren el cambio y los que no lo admiten, sino entre quienes proponen cambiar en dirección de utopías arcaicas y los que buscan que el cambio tenga el signo histórico de la modernidad.
*Ricardo Paz B. es sociólogo y constitucionalista.
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