Tomo prestado el título de una obra del gran teólogo suizo Hans Urs Von Balthasar, El Complejo Antiromano, en la que identificaba el surgimiento de una corriente por la que sectores incrustados en la Iglesia Católica, y alentados desde afuera, se ocuparon, y aún lo hacen, de atacar al centro de la Iglesia que es Roma.
Con las obvias diferencias propias de las realidades de las que hablamos, ha surgido algo así como un complejo antipaceño, otrora el centro de la bolivianidad, fundado sobre la falsificación de la historia y en miradas poco ilustradas sobre La Paz y sus alrededores.
Una de esas falsedades consiste en la insistencia de que las oligarquías de La Paz gobernaron al país y que, por tanto, a ella se debe su fracaso. En verdad, la mayoría de los presidentes no fueron paceños, incluso después del traslado de los poderes. (Agrego rápidamente, soy de los que piensan que la sede de gobierno debe irse pronto de La Paz, mejor si a Santa Cruz).
Habrá que decir que no sólo La Paz sino Bolivia ha fracasado en un modelo de centralismo impuesto, para no irnos a la colonia, en sus más recientes líneas por un gran tarijeño como fue Víctor Paz Estenssoro y su MNR. Trató de construir un Estado amplio y fuerte, sobre una burguesía nacional que nunca llegó a desarrollarse, por muchas causas. Una, fundamental, son los golpes de Estado que le siguieron: el de Barrientos (cochabambino); el de Ovando Candia (pandino) a Luis Adolfo Siles Salinas (paceño); y el de Juan José Torres, cochabambino, a Ovando.
Vino Banzer en un golpe que después de sofocar los intentos de replicar el fracasado modelo de la URSS por parte de la izquierda radical de siempre, pensó que estaba llamado a quedarse para siempre.
Si alguna oligarquía tuvo sede en La Paz en las últimas décadas fue sin duda aquella a la que alimentó Banzer y un gabinete en el que por primera vez fueron muchos los ministros orientales. En su gobierno se amasaron fortunas en el occidente producto de la minería mediana que había burlado, con el guiño del general, a la nacionalización del 52, mientras que al oriente fluían los créditos estatales que alimentaron el nacimiento de una nueva. Empresas de ambos lados recibieron también concesiones de obras contra créditos externos.
Y está claro que la élite minera establecida en La Paz vino de todas partes y que la actual del oriente reúne a una gran cantidad de collas.
Hay que insistir en esto: las oligarquías, desligadas de cualquier juicio moral y chauvinismo, surgen como epifenómenos de todas las sociedades y tienden a entramarse en nacionales.
Habrá que añadir que lo que hoy vive La Paz es en gran medida el efecto de una reforma agraria que quedó truncada por la inestabilidad política ya reseñada y que la pobreza en que se sumió progresivamente el agro paceño derivó en el fenómeno político más impactante de las últimas décadas: El Alto.
El Alto es la otra cara de la moneda de una reforma agraria agonizante. Sus hijos son los dueños hoy de esa urbe campesina. No sería posible el MAS sin esa realidad, y es imposible entender la gravedad de la crisis boliviana si no se entiende que ese fenómeno no es paceño, sino el resultado de un proceso histórico surgido de los desiertos del Chaco, que impulsó la revolución nacional con más entusiasmo y buenas intenciones que con proyecciones serias.
La explosión de El Alto llegó precisamente en los 80, tras el fracaso del capitalismo de Estado, de la Comibol, también de Banzer, cuando se desplomaron los precios de los minerales. Sería imposible entender la agresividad del sindicalismo de El Alto si no se tuviera en cuenta a la llegada de miles de mineros relocalizados.
La Paz no sólo se debate en el desvelo de perder mercados para las exportaciones de sus empresas manufactureras establecidas en El Alto, sino que se mueve en el escaso oxígeno que le permite respirar un sindicalismo que cree que los paceños no tienen derecho a expresarse libremente y una visión externa que quiere hacer ver a la ciudad como una sociedad de fracasados y ponchos rojos.
Ese ánimo a veces esconde el deseo de ver fracturado al país, pese a que está claro que si no es la solidaridad lo que debe mantenernos unidos, debería ser la complementariedad económica. Y desde esa perspectiva es probable que la solución final no sean las autonomías, sino la federación.
Los paceños de la ciudad no son un grupo de desquiciados que busca su suicidio. Es gente que, como cualquiera, quiere trabajar en paz, mejor si es en su emprendimiento propio, aunque sea micro. El Estado no es su coto de caza, éste pertenece al gobernante de turno.
La Paz del siglo 18 y 19 fue la Santa Cruz de ahora. Atrajo a bolivianos de todas las latitudes merced a su bonanza económica, y tiene entre sus hijos a descendientes de migrantes de todas las regiones. La Paz es ahora inviable, como sería cualquier sede de un gobierno que atrajera un cerco de hambre e insurgencia a su periferia. Su industria, provisiones e incluso su propia seguridad, penden del humor de los sindicalistas de El Alto.
Algunos ataques a La Paz proceden de una falacia que identifica a la ciudad con el MAS, y al mismo tiempo se habla de los cobardes paceños de la clase media que no hacen nada para defender sus derechos.
La historia, sospecho que en no mucho más tiempo, dirá todo lo que hoy mismo se hace, incluso con heroísmo, en esta ciudad para defender la libertad.
La Paz es inviable, como sería cualquier sede de un gobierno que atrajera un cerco de hambre e insurgencia a su periferia.
*Álvaro Zuazo es periodista y filósofo.
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