La visita de Benedicto XVI a Estados Unidos no es una más de las tantas que realizan los papas cada año. Se trata del líder del catolicismo en un viaje al país más poderoso del mundo que, además, tiene de presidente al hombre más influyente de todos, George W. Bush. Lo que ambos acordasen, puede causar un impacto determinante para millones de personas.
El sucesor de San Pedro viajó por primera vez a EEUU y su estadía coincidió con su cumpleaños número 81, que celebró junto a 9.000 personas, una de las mayores multitudes reunidas en un acto oficial en el jardín de la residencia presidencial. En rigor, el verdadero festejo consistió en un almuerzo entre el Obispo de Roma y una decena de cardenales, de los 17 que tiene EEUU.
Según un comunicado de la Casa Blanca, ambas personalidades se encuentran preocupadas por la situación en Irak. Además, manifestaron su "rechazo total al terrorismo así como la manipulación de la religión para justificar actos inmorales o violentos contra inocentes".
El Papa le pidió a Bush usar "la diplomacia paciente para resolver los conflictos" respetando los derechos humanos y "una política de inmigración coordinada" con América Latina.
La gran mayoría de los inmigrantes en EEUU son de origen latino y católicos. Por otra parte, un cuarto de los estadounidenses (70 millones) son católicos.
Bush, a su vez, destacó que "en un mundo en el que algunos ya no creen que podamos distinguir lo verdadero de lo falso, necesitamos su mensaje (del Papa) para rechazar esta dictadura del relativismo y abrazar una cultura de la justicia y la verdad".
El Papa completará en Nueva York su visita de seis días a EEUU. Allí pronunciará mañana un discurso ante las Naciones Unidas y visitará el lugar de los atentados de septiembre del 2001.