Cuál es el límite de esta afrenta simbólica, que, de tanto enseñar los dientes, en vez de furia, se muestra burla? El drama de la historia, degenerada en comedia, tal como Marx retrata en su ácida descripción del bonapartismo. ¿Será que ambos bandos que se disputan el poder no tienen otra cosa que los globos de ensayo y el cálculo infinitesimalmente coyuntural para darnos un circo de mal gusto?
Creo que el lector ya estará cansado de intentar entender qué quiere decir el Gobierno cuando ingresa a la provincia Cordillera, so pretexto de liberar a comunidades guaraníes que viven bajo régimen ´esclavo´ o de servidumbre, para luego retirarse y negociar la ilegalidad de la situación en la que viven estos pobladores. No se comprende tanta debilidad, con un hecho que amerita la presencia del Estado para hacer cumplir la ley y el respeto de los derechos humanos.
Y frente a ello, claro está, la defensa a mansalva de los intereses de aquellos terratenientes que viven de la sobreexplotación de la gente; ¿dónde habrá quedado, entonces, aquel ofrecimiento en esa marcha multitudinaria del Comité Cívico cruceño y su ´gobernador´, que poco y más se animaban a ofrecer, luego del 4 de mayo, un Estado de Bienestar con empresarios pagando impuestos y aumentando los salarios a sus trabajadores? De eso, sólo queda la relativización de la palabra esclavitud, buscando la chicana barata que intente ocultar un promontorio de basura debajo de una alfombra. De esa modernidad impostada, pasan tan rápido a la justificación de la barbarie.
Mucho drama, el del trabajo servil, y dosis pronunciadas de obscena comedia, la de la política. En esta lucha por un feudo de poder, todos potencialmente somos carne de cañón o instrumentos para doblar el brazo del contrincante. Lo fueron los guaraníes y ya no sé cuántos más. Lo peor de todo es que cuando el gobierno de Evo Morales intenta incendiar la política en contra de los intereses de los más fuertes, sus eventuales contrincantes se atrincheran y negocian hasta conseguir lo que quieren: el sector de hidrocarburos es el ejemplo más visible. Pero, cuando utiliza a los más débiles en sus amenazas, es muy frecuente el abandono: no recuerdo pena alguna en contra de las hordas fascistas golpeadoras de la juventud cruceñista y dudo mucho que el solitario Alejandro Almaraz pueda cumplir lo que fue a ofrecer a Cordillera.
Algo anda mal entonces en esto de hacer política con la gente, y esta forma es mucho más descarnada que el ofrecimiento de los acostumbrados programas paliativos, pues en su crudeza se corre el riesgo de empujar a la gente a una lucha en la que va a estar sola.
*Gustavo Luna es comunicador. Trabaja en el CEDLA.
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